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4. El diseño

En busca del confort acústico

Cómo suena el cierre metálico de una tienda en el centro de Madrid.

Las paredes del lobby del hotel Artiem de Madrid están forradas de musgo liofilizado y paneles de madera para absorber el sonido. Hay doseles sobre las mesas del desayuno y las patas de madera de las sillas no suenan al ser arrastradas. Para evitar el ruido de la cámara de refrescos, han sacado los motores y, haciendo un agujero en el suelo, los han colgado del techo del garaje. Desde allí su zumbido no molesta a los clientes. “Para diferenciarnos, una de las cosas que ofrecemos es silencio”, explica Willy Díaz, director del hotel. En las 371 opiniones de TripAdvisor sobre el alojamiento, muchos clientes mencionan la “buena insonorización”.

El Artiem será el primer hotel en lucir la Certificación de Calidad Acústica, sello creado el año pasado por el Instituto Tecnológico Hotelero y Audiotec, una empresa de ingeniería acústica a las afueras de Valladolid dirigida por Ana Espinel. “El problema del ruido ha empezado a tomarse en serio hace 10 años, y porque ya no aguantamos más”, dice. “La buena noticia es que las soluciones de diseño acústico se perciben al día siguiente de tomar medidas”.

Lo que llaman “el laboratorio” en Audiotec se parece más bien a una ruidosa obra. “Las probetas son estos portamuros”, dice un técnico señalando unos marcos dentro de los que se construyen paredes, suelos, puertas o ventanas con distintos materiales aislantes. Esos cerramientos se someten luego a pruebas. Para ver cuánto aísla una pared, se coloca a un lado un altavoz dodecaédrico que emite ruido rosa a 100 dB (un estruendo semejante a una turbina de avión) y se mide lo que llega al otro lado. Para los suelos tienen una máquina que taconea.

La empresa también mide el ambiente de bares o restaurantes, realiza mapas de sonoros para ayuntamientos y analiza el sonido emitido por maquinaria industrial, electrodomésticos o ascensores. Se dedican a solucionar problemas, más que a diseñar, básicamente porque los fabricantes no lo hacen de oficio. “Pero esto está cambiando, porque la gente es más exigente”, dice Espinel. “Antes a los fabricantes de ventanas se les pedía que no pasase el agua y el frío, pero ahora el cliente también les pide silencio y ellos buscan certificar su producto. Pasa lo mismo a la hora de comprar una casa”. Desde hace ocho años la empresa certifica acústicamente edificios enteros de viviendas. Y repiten un mantra: un buen acondicionamiento acústico solo sube un 0,33% el precio de construcción. Sin embargo, arreglar algo mal hecho sale mucho más caro.

“El problema no es solo insonorizar, sino sonorizar”, apunta el catedrático Francesc Daumal. “Imagínate una catedral gótica con techo y paredes absorbentes… No tendría sentido. No hay que pensar solo en que no suenen, sino en cómo suenan los edificios”. A sus alumnos de arquitectura les hace jugar con la poética del ruido pidiéndoles por ejemplo que diseñen una silla, una maleta o un pavimento para que suenen ligeros, o rápidos, o graciosos.

Una jardinera aspira las hojas en un parque de Sevilla.

Cuando uno empieza a fijarse, hay millones de cosas que suenan sin ton ni son o que añaden una cantidad insólita de ruido al paisaje. Zapatos que rechinan, maletas que traquetean, ordenadores que zumban, persianas chillonas, estruendosos electrodomésticos, cajones chirriantes… El problema, coinciden los especialistas, es que como oyentes poco educados, no exigimos un buen diseño acústico. Pero nos irritamos igual.

“Cuando alguien compra un coche el ruido que hace está en el puesto 40 de las prioridades, muy por debajo del color, la potencia o la tapicería", explica Nacho Riesco, experto en i+D de Audiotec. "Pero, al año de usarlo, el ruido es una de las cinco cosas que más valoras o te irritan… Y el marketing empieza a darse cuenta de que el sonido importa”.

En el centro de i+D+i que Nissan tiene en Barcelona hay un departamento específico de acústica. En una enorme cámara anecoica en la que cabe un vehículo, un equipo de ingenieros investiga cómo minimizar el ruido en el interior del habitáculo para hacer la conducción más placentera. Pero también afinan el sonido del motor o el que hacen las puertas o el maletero al cerrarse. “El sonido es un elemento de confort; pero también significa calidad”, explican desde la marca. Y además es parte del diseño de la emoción que despierta un modelo: “Diferenciando el sonido puedes imaginarte las líneas del vehículo”.

Un coche eléctrico apenas hace ruido circulando. Sin ruido de motor, solo se escucha el sonido de las ruedas sobre el pavimento. Tras él, un vehículo de gasolina.

En el sector, la pregunta del millón es si debe hacer ruido un coche eléctrico, y en tal caso, qué ruido debe hacer. El debate ha llegado a la legislación, ya que tanto Estados Unidos como la Unión Europea están diseñando leyes que, para evitar atropellamientos, obliguen a los vehículos eléctricos a sonar cuando vayan a baja velocidad (a mayor velocidad, la fricción con el pavimento y el viento serían suficientes). El eléctrico Nissan Leaf incluye por ejemplo un botón con el que el conductor avisa a los peatones de su presencia con unos discretos pitidos semejantes a los de los camiones o las grúas cuando va marcha atrás.

Pero, más allá de la seguridad, las empresas se lo plantean como una ocasión para crear marca. ¿A qué suena el coche del futuro? ¿A motor de combustión, a nave espacial, a espada láser? ¿Debería haber un ruido estándar que identifiquemos como “coche”? ¿O tendría que escoger cada marca o incluso cada conductor su sonido como hacemos con el tono del móvil? Hay quien niega la mayor: ¿No sería más sensato aprovechar la ocasión para acabar con la mayor fuente de ruido de la ciudad contemporánea?