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Hijos de papá

Cada vez más padres se implican por devoción u obligación —el paro ha convertido a muchos en amos de casa forzosos— en el cuidado del nido

El profesor Robert Kelly y su familia en una rueda de prensa. EFE

Además de regalarnos unas risas, el vídeo del profesor Kelly interrumpido por sus niños durante una intervención sobre geopolítica en la BBC, ha destapado una primicia. Los señores, incluso los más superencorbatados y superexpertos en lo suyo, también son padres. La posterior aparición de Kelly con sus ¿adorables? cachorros saltando en su regazo acabó de confirmar la noticia. Los papás, además de poner su semillita, también crían a la prole. Kelly no lo sabe, pero ahí había un nuevo padre saliendo del armario. Ahora casi puedo visualizar a la eminencia dándole crema en el culito al pequeño y haciéndole las coletas a la mayor, tarea que, vista la hiperactividad de ambos, no debe de ser fácil. Lo mejor es que, quizá, no solo sean fantasías mías.

Parece que algo se mueve intramuros. Que los padres cada vez se mojan más en la crianza. Durante lustros he visto a jefes, e indios, alargar la jornada para no llegar a bañar a sus críos. Lo decían así de clarito, inflando el pecho de macho ibérico. Hoy, no pocos se apuran tanto o más que ellas para darles la cena, o, si no lo hacen, no lo dicen. Ya no queda bonito. Cada vez más padres se implican por devoción u obligación —el paro ha convertido a muchos en amos de casa forzosos— en el cuidado del nido. Cada vez más no se resignan a verles solo el fin de semana y piden con genuino interés por ellos la custodia compartida. Cada vez más padres presumen de serlo en su bio de Twitter y hay hasta alguno que consuela a su hija de mal de amores preparándole pizza en un anuncio. Todo muy moderno, muy cuqui, muy interesante. El cambiapañales de los bares sigue estando, no obstante, en el aseo de mujeres.

Démosles tiempo, de acuerdo. Para ellos, tampoco debe de ser sencillo. Muchos no lo han visto en casa. No tienen referentes. A muchos, sus padres no les cambiaron ni un triste pañal y sus madres se lo dieron todo hecho. Queda camino. El nuevo padre se impondrá, si llega, cuando el permiso de paternidad sea obligatorio y equivalente y no una dádiva para ayudar a nadie a nada. Cuando cueste igual contratar a un hombre que a una mujer en edad fértil. Cuando un jefe interrumpa una cumbre para llevar a su hijo al médico sin que nadie levante una ceja. Tampoco se trata de ser iguales en todo. Pocas cosas hay más cursis que la bobada esa del “estamos embarazados”. No, embarazadas están ellas, perdonen. Tampoco me los imagino en un grupo de Whatsapp repartiéndose tareas para preparar el último disfraz del cole. Igual que hay tantas maternidades como madres, hay tantas paternidades como padres. Se trata de alcanzar la corresponsabilidad real dentro y fuera de casa. Y, ya puestos, convengamos en que igual de sexista es regalarles a ellos un taladro que a ellas una plancha.

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