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Los otros 'campos' de refugiados

A salvo de los talibanes en un convento italiano

150 refugiados que llegaron a Europa por la ruta de los Balcanes viven en El Nazareno, un convento que sirvió de hospital de campaña a los heridos de las dos guerras mundiales

Jan Muhammad,de 22 años y ex soldado del ejército de Afganistán, llegó a Gorizia a principios de año tras un viaje que duró tres meses.
Jan Muhammad,de 22 años y ex soldado del ejército de Afganistán, llegó a Gorizia a principios de año tras un viaje que duró tres meses.R.M.M.
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El azulejo de la virgen de la puerta principal contrasta con el interior del convento. No se escuchan plegarias ni cantos celestiales. La música árabe retumba en los altavoces de los móviles de un grupo de refugiados que apoyan sus brazos sobre la barandilla de un balcón cubierto por alfombras multicolores. A lo lejos se divisa un paisaje de pinos y el río Isonzo. La Jungla, como llaman a esos bosquejos, se convirtió durante meses en el hogar improvisado de más de un centenar de refugiados que llegaban exhaustos a Europa a través de la ruta de los Balcanes. Uno de ellos perdió la vida mientras lavaba la ropa en el río, arrastrado por la corriente. Hoy, gracias a una treintena de monjas, las paredes del convento italiano El Nazareno, refugio hace justo un siglo de los heridos de la I Guerra Mundial, se han convertido en guarida de 150 refugiados que han llegado a Italia huyendo de los conflictos de Oriente Medio.

“La idea era venderlo. La única exigencia al comprador era que le diera un uso que reportase un bien para la sociedad. Un centro de formación, una escuela…Pero se nos presentó la oportunidad de cederlo gratuitamente a Cáritas para acoger a los refugiados. Al principio no estábamos muy entusiasmadas, yo incluida, pero tomamos esta decisión ante la oleada de personas que estaban llegando”, explica Sor Bruna Camilotto, de las Hermanas de la Providencia, congregación religiosa propietaria del convento El Nazareno, situado en Gorizia, ciudad fronteriza con Eslovenia y conocida por ser la última de Europa en derribar un muro político. Esta monja confiesa que las palabras del Papa Francisco en Lampedusa cuando se estaba llevando a cabo la cesión en 2013 vinieron a confirmar que se había escogido el camino correcto: “Los conventos no deben servir a la Iglesia para transformarlos en alojamientos y ganar dinero”. “Nos sentimos reflejadas con estas palabras del Papa”, sostiene Camilotto, que en 2013 era la superiora de la congregación en Gorizia. El Nazareno fue cedido a Cáritas, pero es una cooperativa social, Mosaico Central, dedicada a la integración de inmigrantes en las provincias de Udine y Gorizia, la que se encarga de gestionar el espacio.

Son las cuatro de la tarde y la cocina está recién fregada. Pegado en la puerta, un cuadrante informa de los horarios de limpieza. Todos son hombres. La mayoría tiene entre 18 y 25 años. Aunque no saben con certeza su edad. Masoud Latifi, intermediador cultural del Mosaico Central, baja tres taburetes mientras espera a Jan Muhammad, que ha subido a la habitación para cambiarse de ropa. Jan viste camiseta y pantalón de camuflaje, recordando sus no tan viejos tiempos como soldado del ejército de Afganistán. A principios de año, este joven de 22 años y casado, salió de Baghlan, provincia norteña del país, para embarcarse en un viaje de tres meses camino a Europa. “Si vuelvo, los talibanes me matarán. Trabajo para el ejército y por tanto estoy colaborando con el Gobierno. Los talibanes nos tienen declarada la guerra”, relata. Su periplo hasta llegar a Gorizia incluyó un largo viaje en autobús hasta Bulgaria y noches al raso. “Sí. Muchos días dormía en el bosque, con lluvia, barro y frío. Ahora estoy aquí y solo deseo encontrar un trabajo de lo que sea. Un día espero poder traerme a los míos”, explica Mohammad, que endurece el gesto cuando recuerda las conversaciones telefónicas con su familia: “Cada viernes puedo hablar un rato con mi madre”.

Este ex soldado comparte habitación con otros tres compatriotas. En cada una hay cuatro camas y un armario central donde guardan un poco de ropa, mantas y papel higiénico. La sala de espera y la enfermería de la primera planta recuerdan que durante décadas El Nazareno fue el hospital de la ciudad. “Se fundó en 1908 con el objetivo de albergar a todas las jóvenes de Gorizia que deseaban ser monjas. Pero en 1914, con el estallido de la I Guerra Mundial, se convirtió en un hospital de campaña para auxiliar a los heridos. Las monjas los atendían. También cumplió esta función durante la II Guerra Mundial. Y luego, en 1931, pasó a ser la escuela profesional de enfermeros.

El 70% de las 100.000 plazas de acogida disponibles en Italia están incluidas dentro de las llamadas estructuras extraordinarias, según MSF

El Nazareno se mantuvo como el hospital de la ciudad hasta 1958. Pero siempre han vivido monjas en él y personas de la congregación. Hace casi tres años aún quedaban treinta, y algunas ya eran ancianas. Cáritas nos preguntó si estábamos dispuestas a cederlo para ayudar a los refugiados. Y así lo hicimos. En grupos, fueron abandonando el convento para servir en otras comunidades. En unos meses nos llevamos algunos muebles y preparamos la acogida. No nos detuvimos a pensar si eran musulmanes. No pusimos condiciones al respecto. Ayudar a los refugiados, nuestros hermanos, es una forma de abrir una ventana al futuro”, sostiene Camilotto, quien por aquel entonces era la superiora de la congregación en Gorizia.

En las paredes aún quedan las marcas de los últimos muebles y cuadros religiosos que decoraban el interior. El largo pasillo del segundo piso desemboca en una puerta que un voluntario del Mosaico Central aconseja mantener cerrada: “Mejor no abrimos. Este es su espacio para rezar. Han montado una pequeña mezquita”.

Del container al convento

En el convento se estudia italiano, se asumen tareas propias de mantenimiento y se obtiene asesoramiento legal para obtener el estatus de refugiado. De esta labor se ocupa la cooperativa social Mosaico Central, para la que Camilotto solo tiene palabras de agradecimiento. “De media suelen estar unos diez meses. Aunque hay alguno que lleva dos años. Primero se solicita el permesso de soggiorno (residencia) electrónico y se les incluye en un programa de acogida. Pero si no lo consiguen, tienen que abandonar el centro en unos 30 días. Desarrollamos actividades de integración lúdico-recreativas como partidos de fútbol y otros deportes, y la enseñanza de la lengua italiana. Nosotros estamos presentes aquí durante el día, pero son ellos quienes se organizan para convivir. En su mayoría son pakistaníes y afganos que no pueden volver a sus países porque allí su vida corre serio peligro”, explica Francesco Isoldi, el responsable del Mosaico Central en El Nazareno.

Médicos sin Fronteras dio la voz de alarma el pasado diciembre e instaló en el barrio de San Giuseppe 25 contenedores industriales repletos de literas. “Cuando queda un hueco libre, abandonan el container y vienen aquí”, precisa Isoldi. En un informe publicado a mediados de este año, donde se reflejó que cerca de 200 personas llegadas de Oriente Medio dormía a la intemperie en Gorizia, Médicos Sin Fronteras indicó que el 70% de las 100.000 plazas de acogida disponibles en Italia están incluidas dentro de las “estructuras extraordinarias”, edificios que han sido abiertos por la situación de emergencia. En un principio, el convento contaba con 90 plazas. En los últimos meses se ha acondicionado para 150. Sor Bruna Camilotto, que ahora sirve en la región de Lombardía, reflexiona sobre una realidad que les afecta de forma directa: “¿Cómo y cuándo nos devolverán el convento? No lo sabemos. ¿Cuánto durará esta emergencia? Por el momento no parece cesar”.

El problema es que no todos quieren aprender el italiano. Prefieren marcharse a otros países” Masoud Latifi, intermediador cultural

“Prefieren marcharse a otros países”

Masoud Latifi traduce las palabras de Jan Mohammad. Él también ha estado sentado en ese taburete. Sabe lo que significa abandonar Afganistán con lo puesto. Tras diez años sin pisar Kabul, Latifi recuerda cuando recibió la llamada de su madre. “Estaba en casa de mi hermana. Mi madre me dijo: ‘Debes marcharte Masoud. Te están buscando’. Aún no he vuelto”. En esta década ha vivido en Irán, Grecia, Turquía y ahora en Italia, donde ayuda a los que, como él, un día salieron corriendo huyendo de la amenaza de la insurgencia talibán. “Mi padre pertenece a un partido político y se solían reunir a escondidas en mi casa. Se hablaba del futuro de los jóvenes y de la lucha por los derechos de la mujer. Les pedí por favor que me dejaran entrar en el partido, que quería ayudar a mi pueblo, pero me dijeron que era muy joven. Un amigo de mi padre me dijo que hasta no cumpliese la mayoría de edad no podía participar en política, pero esta persona me involucró de otra manera. Me dio un trabajo de cartero. Llevaba libros a los institutos para profesores que también simpatizaban con el partido. Cuando tienes 15 o 16 años todavía puedes cambiar la mentalidad de la gente y que empiece a pensar de otra forma. Para eso queríamos los libros. Teníamos un código interno de entrega. Esta contraseña solía ser ashady (libertad)”, explica.

Un mal día, uno de estos cayó en las manos incorrectas. “El libro decía que el Islam era la religión del sexo. Un señor fue a denunciarme y se presentaron en mi casa”, recuerda. Este joven de 26 años lo ha vivido en sus propias carnes y está dispuesto a ayudar a sus paisanos, pero se muestra crítico y les pide un esfuerzo por integrarse. Él es la otra cara de la moneda, el espejo donde algunos de ellos quieren reflejarse. Tiene una familia, casa y vida estable en Italia. “Cuando llegué a este país me puse a estudiar italiano. Cada tarde venía a Gorizia a estudiar de cinco de la tarde hasta las nueve. Fue duro, pero en tres meses ya podía defenderme. Pero mi caso solo es el 20% de los que llegan. Ese es el problema. Una tarde puedo decir que empezamos el día siguiente a aprender italiano y se apuntan 60, pero por la mañana se presentan cinco. Italia te da los papeles, pero muchos no quieren vivir aquí y no aprenden la lengua. Prefieren ir a otros países donde hay más ayudas como Alemania o Noruega, o ir trabajar en negro a Londres, porque conocen a alguien allí. Así no se puede avanzar. Hay que implicarse más”, sostiene. Masoud está a punto de despedirse cuando saca su móvil y habla con cariño de su mujer, con la que se ha casado recientemente y comparte casa en Gorizia. Enseña la fotografía de un bebé vestido con atuendos propios de su país: “Se llama Emran Leonardo, es mi hijo”, sonríe.

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