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Un bar de borrachos

A Fernando Trueba le gusta España, pero no se suele conmover con La Roja. Tampoco es tan raro ni tan escandaloso

Fernando Trueba en Zaragoza el pasado 28 de noviembre. EFE

Este lunes, en plena fiebre del boicot a La reina de España, Fernando Trueba vino a la Universidad de Zaragoza para charlar con la prensa y el público. Qué curioso: los periodistas le preguntaron por el asunto pero ni uno solo de los espectadores, encantados con él, lo hizo. Pensé que la gente "normal" aprecia la contribución de Trueba a la cultura española al tiempo que asume con naturalidad su desdén por el nacionalismo. A él le gusta España, pero no se suele conmover con La Roja. Tampoco es tan raro ni tan escandaloso.

Es posible, cómo no, que entre los asistentes al coloquio permaneciera agazapado alguno de los que solo insultan protegidos por Internet, ese chollo para malvados y cobardes. La Inquisición, aquel bochorno, potenciaba las denuncias anónimas a sospechosos de herejía. Permaneció vigente más de 350 años y eso no puede salir gratis. De algún lado tendrá que venir la pasión por hacer daño detrás del anonimato.

El alboroto y el delirio que brotan de las redes sociales provocan espejismos: a menudo hacen creer que a todo dios le conciernen cosas que, realmente, le importan a cuatro gatos, muy furiosos, eso sí. En el caso de Trueba, la furia ha sido desatada por inquisidores que no toleran que alguien piense por su cuenta y que no tienen ni idea de cómo funciona eso de las subvenciones, un puro pretexto para derramar su hiel. A Jordi Évole se le ocurrió apoyar a Trueba y le llovieron las hostias.

Santiago Segurola lo clavó cuando dijo que se alejó de Twitter porque no le hacen gracia los bares de borrachos. Quizá nuestro problema es que vivimos demasiado pendientes de los borrachos.