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Donde aprender cuesta 56 kilos de arroz

Un documental narra cómo se acabó con la exclusión que suponía la recolecta de arroz a cambio de ir al colegio en una aldea de Madagascar

Algunos de los niños de la aldea de Soavinarivo, en Madagascar.
Algunos de los niños de la aldea de Soavinarivo, en Madagascar.Marco Huertas
Isabel Valdés

Sobre una lona que cubre el suelo terroso humean unos cuantos platos metálicos llenos de arroz. Ravaka reparte las cucharillas antes de que todo el mundo termine de desperezarse mientras aviva el fuego sobre el que hierve otra olla panzuda. Hasta septiembre del pasado año, así era cualquiera de las madrugadas de esta niña de 12 años en la pequeña aldea de Soavinarivo, en Madagascar. Se levantaba a las seis para preparar el desayuno de todos los miembros de su familia y la comida que después se llevaban para la jornada en el campo. Tenía 12 años y hacía meses que había dejado la escuela para acompañar a sus padres y hermanos a los arrozales. Allí, ir al colegio tenía un precio: 56 kilos de arroz.

Para que en esa aldea de 950 habitantes la educación no costase un año de cosecha para entregar en un saco al profesor, hubo de por medio un viaje de casi 13.000 kilómetros. Desde las comunidades incas de Perú, a 3.300 metros de altura, hasta el interior de Madagascar, el país con una de las rentas per cápita más bajas del mundo. El nombre de todo ese periplo es Willka, y 56 es el nombre del documental que lo narra. Se proyectó el pasado 3 de marzo en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU y acumula 15 premios y 47 nominaciones internacionales.

Carlos Gómez, un profesor de primaria, se marchó como voluntario a Perú en el verano de 2014. “Una experiencia con 60 niñas y niños que, sin duda, significó el inicio de un proyecto de vida”, comenta el valenciano cada vez que le preguntan. Allí empezó Willka, con algunas notas sobre su diario de viaje, en el revés de folios usados; el borrador de una historia que condensaba la indignación que sentía por la estructura actual del mundo. Y que, a la vuelta del país andino, se convirtió en una novela con una larga lista de objetivos: que fuese atractiva para los niños, que explicara la desigualdad, que desmontara estereotipos, que motivase a la reflexión... y que, además, pudiese concretarse en acciones que propusiesen soluciones, y empujasen al compromiso y la corresponsabilidad.

El director, Marco Huertas, con una de las niñas de la aldea, durante el rodaje.
El director, Marco Huertas, con una de las niñas de la aldea, durante el rodaje. Marco Huertas

El proyecto creció y se convirtió en Willka, una novela para construir una escuela (Assisi Producciones, 2014). Entonces se añadió un objetivo más: vender la mayor cantidad de ejemplares posibles para poder levantar ese colegio. Fue una de las obras más vendidas de la Feria del Libro de Valencia de 2014 y los beneficios de aquella primera edición se destinaron al proyecto. “Las ventas de las ediciones en castellano y valenciano, algunas donaciones y lo que se sacó de algunas charlas y ponencias llegó casi a los 40.000 euros. Cualquier otro, probablemente, no hubiera hecho esto, pero Carlos sí, lo hizo junto a Vallivana Álvarez, coguionista y coproductora del documental”, espeta Marco Huertas, el director.

Recuerda que Gómez quería un lugar pequeño para poder controlar el proyecto, que fuese lo más transparente posible, decidieron que la escuela fuera comunitaria y laica porque era la mejor forma de integrar a toda la población sin problemas. En enero de 2015, lo que seis meses antes eran unos cuantos apuntes, se había convertido en un libro y en la construcción no solo de una escuela para 200 niños, sino de letrinas, diez pozos para la aldea, un comedor donde los niños pudieran recibir una comida al día y una casa de acogida con capacidad para 15 chicos de las aldeas aledañas. Se reunieron entonces: “Carlos decidió que era importante contarlo y se guardó una parte del presupuesto”. Y Huertas congregó a su equipo habitual, Bonzo, formado por Cesc Nogueras, el director de fotografía y Al Pagoda, creador de la banda sonora. Nogueras y él tenían 16 días para grabar durante la construcción de la escuela.

De pie, a la izquierda, Carlos Gómez, a su lado, Cesc Nogueras y justo delante, Vallivana Álvarez, durante el rodaje del documental.
De pie, a la izquierda, Carlos Gómez, a su lado, Cesc Nogueras y justo delante, Vallivana Álvarez, durante el rodaje del documental.Marco Huertas

“Cero presupuesto más allá de lo indispensable: transporte, seguros y dietas. Pasamos allí medio mes en agosto de 2015 con dos indicaciones muy claras, la historia tenían que contarla los propios habitantes de la aldea y no se podía cambiar ni ficcionalizar ni una de las cosas que dijeran los niños”, explica Huertas. Asegura que aquella experiencia fue la más enriquecedora de su vida por el cambio que produjo en lo que él entiende por necesidad: “Tenían serios problemas de pulgas y vivían en unas condiciones muy duras. Sin agua potable ni electricidad, a veces sin poder comer. Y con una salubridad más que precaria”.

Algunos trabajadores que participaron en la construcción de la escuela en Soavinarivo, en un fotograma del documental.
Algunos trabajadores que participaron en la construcción de la escuela en Soavinarivo, en un fotograma del documental.

Gómez llegó hasta Soavinarivo un mes antes que ellos para supervisar los pozos y ubicarse un poco: “Nos contó antes de ir que nadie de esa aldea aparecía en los censos del estado malgache, si nacían como si morían, daba igual. Así que también se puso a la tarea de confeccionar un censo, entrevistando a cada familia, casa por casa”. Después, eligieron a tres niños para contar la historia, junto a una traductora a tiempo completo que ahora es la directora de la escuela.

Victorine, Menja y Ravaka

Son las voces de Victorine, Menja y Ravaka las que guían la historia, producida por Assisi. A través de sus madrugones y sus pies encallecidos cuentan su realidad, la misma que la de los otros 452 niños de entre cinco y 15 años que viven en Soavinarivo, donde la escolarización llegaba al 56% antes de que se construyera la escuela, la tasa de abandono era altísima debido al precio que tenían que pagar y el analfabetismo rondaba el 87%. En esa población del interior de Madagascar lo más importante es la supervivencia, y el aprendizaje es secundario para los adultos, aunque no para los más pequeños.

Victorine en un fotograma de '56'.
Victorine en un fotograma de '56'.

Victorine tiene ocho años y vive con su abuela desde que su madre se marchó —antes de que ella pueda recordarla— y su padre formó otra familia. Se levantaba cada día a las siete y, junto a su abuela Sozy, caminaban durante varios kilómetros hasta llegar a los arrozales: "Detrás de la montaña grande, donde hay muchas piedras".

Menja en un fotograma de '56'.
Menja en un fotograma de '56'.

Menja despertaba una hora antes, junto a los otros 12 miembros de su familia, todos en una misma habitación. Se marchaba con ellos al campo y después se metía en el bosque en busca de leña para poder venderla. Tiene 11 años y sabe que cada día desayunará y comerá arroz, mandioca o maíz. "A veces para cenar hay arroz con judías, otras veces no hay nada, y mis hermanos y yo tenemos hambre".

Ravaka en un fotograma de '56'.
Ravaka en un fotograma de '56'.

Ravaka, la niña de 12 años que prepara el desayuno para toda la familia, cuenta que con cebú tardan alrededor de una hora hasta llegar al campo de arroz. "Si vamos andando un poco menos". Ella también sabe que 56 kilos de arroz eran mucho arroz, y por eso dejó la escuela: "Para que mi hermana pueda estudiar. Aunque a mí me gustaría, porque quiero ser médico".

Los tres narran cuánto hay que bregar la tierra para que nazca el arroz; cuántos kilómetros hay que caminar para conseguir el agua para beber y cocinar; cuántas vueltas a la escuela les obliga a dar, de rodillas, el profesor cuando no copian la lección de la pizarra antes de que él contase hasta tres; cómo veces les golpea con la regla en la mano para castigarlos; y cuánto les gustaría estudiar para ser profesores, o médicos, y no para marcharse, sino para hacer de su aldea un lugar más amable.

Todos los niños del mundo deberían tener una escuela y la oportunidad de estudiar. Me gustaría que fuese bonita, que me ayude a pensar, que nos haga libres.
200 niños asisten ya a la escuela, repartidos en cinco aulas de 40 niños cada una. En la imagen, una de las primeras clases, el pasado 2015.
200 niños asisten ya a la escuela, repartidos en cinco aulas de 40 niños cada una. En la imagen, una de las primeras clases, el pasado 2015.

Pero todo aquello ya es pasado. El día que inauguraron el colegio, los niños de la aldea corrieron en tromba hacia él, levantando las piedras y el polvo tras de sí. Y desde entonces, el arroz es para ellos.

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Sobre la firma

Isabel Valdés
Corresponsal de género de EL PAÍS, antes pasó por Sanidad en Madrid, donde cubrió la pandemia. Está especializada en feminismo y violencia sexual y escribió 'Violadas o muertas', sobre el caso de La Manada y el movimiento feminista. Es licenciada en Periodismo por la Complutense y Máster de Periodismo UAM-EL PAÍS. Su segundo apellido es Aragonés.

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