‘Joy’

No sé si admiro al personaje interpretado por Jennifer Lawrence, pero tengo claro, como Sabina, que las chicas ya no quieren ser princesas

Primero fue Marilyn. Con ella, las mujeres dejaron atrás la mojigatería para sentirse sexualmente seguras. A continuación, Audrey Hepburn impuso estilo: basta de pedazos de carne, ahora se lleva tener gusto. En los setenta, bajo la batuta de Woody Allen, Diane Keaton puso de moda ser inteligente y hablar de Lacan. Las estrellas del cine no han sido productos para consumo varonil, sino encarnaciones de los anhelos de sus espectadoras.

Como no podía ser menos, también han evolucionado los modelos de mujer de sus personajes: en los años cincuenta, los escritorios de los detectives de serie negra andaban saturados de rubias que fumaban en boquilla mientras solicitaban la protección de un hombre. En cambio, para el año 2000, Julia Roberts ya encarnaba a Erin Brockovich, protectora de derechos del consumidor. Mientras un ejecutivo le miraba el escote, Erin le entregaba la citación de una demanda por 250 millones de dólares.

Hoy nos llega Jennifer Lawrence, la que se tropieza y se cae en las galas, porque siempre sube a recoger un Oscar o un Globo de Oro, y de vez en cuando admite haber fumado un porro antes. Su último galardón le ha llegado por Joy. La prensa considera la película “un cuento de hadas” sobre la empresaria que “cumple sus sueños”, lo que no deja de ser curioso: Joy nos enseña que las familias son parásitas pero se aplacan si les das dinero. Que chantajear mafiosos es admirable. Que los empresarios son guapos como Bradley Cooper... y los trabajadores roban.

No sé si admiro a Joy, pero tengo claro, como Sabina, que las chicas ya no quieren ser princesas.