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González a los catalanes

Los votantes deben evaluar las graves consecuencias de la vía rupturista

A un mes de las elecciones en Cataluña del 27-S, Felipe González dirige hoy desde nuestro periódico una carta abierta a los ciudadanos de esa comunidad. No escribe González como dirigente de un partido, ni puede hablar en nombre de los millones de catalanes y españoles que le votaron en seis elecciones generales consecutivas. Pero tampoco lo hace como un particular que expone opiniones personales, sino como un actor comprometido durante décadas con la causa del progreso de España y que fue durante casi 14 años el presidente del Gobierno.

Las elecciones del 27-S son o pueden llegar a ser, según sus resultados, decisivas para el futuro de millones de ciudadanos. El Gobierno de la Generalitat ha decidido lanzar un desafío a la opinión pública catalana, española e internacional. Sería irresponsable y cobarde mirar para otro lado, y mucho peor aún responder con amenazas, sarcasmos o simples descalificaciones. Es preciso tomárselo en serio y plantear con sencillez, claridad y sentido de la responsabilidad las consecuencias de un voto que puede abrir paso a la declaración unilateral de independencia. La convocatoria del plebiscito que Artur Mas pretende ha logrado ya fracturar a la sociedad catalana y a esta con el resto de España, lo que puede tener efectos muy desafortunados.

El gesto de González recuerda, salvando las distancias, al de Gordon Brown, ex primer ministro de Reino Unido, en vísperas del referéndum escocés. Alarmado por la falta de tino de la campaña por el no a la independencia, Brown, sin duda el político británico de mayor prestigio y proyección fuera de su país, salió de su retiro para decirles a los escoceses, con datos y argumentos, que les iría mucho mejor dentro que fuera de Reino Unido; y para ofrecerles, en nombre de los partidos opuestos a la secesión, que si votaban contra la ruptura se aprobarían reformas institucionales de reforzamiento de su autonomía.

El expresidente español les dice a los catalanes que si “desconectan” de España en lo que sería una grosera violación de la legalidad democrática y un verdadero retroceso histórico, no solo estarán peor sino enfrentados entre sí y con el resto de los españoles, tal vez durante muchas décadas. Ese enfrentamiento lo sería también con Europa, que no toleraría de ninguna manera la partición ilegal de uno de sus Estados, con Iberoamérica y también con una parte sustancial de las democracias avanzadas de todo el mundo, donde los avances tecnológicos y los movimientos progresistas coinciden justamente en la voluntad de derribar fronteras, no de crear otras nuevas.

Ojalá que este mensaje que González expresa con vehemencia y contundencia argumental no caiga en saco roto y sirva para que quienes pueden con su voto evitar esa ruptura, lo hagan. Y para que se rompa el silencio acomodaticio y culpable de muchos responsables de la vida empresarial y cultural de Cataluña.

 

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