LA CUARTA PÁGINA

La ‘cocina inteligente’

La preparación de alimentos no puede someterse a la lógica debilitadora de la eficiencia de la tecnología. No ve a los ‘chefs’ como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados obligados a obedecer

TOMÁS ONDARRA

No tendrán ustedes una máquina que les ponga la comida en la boca y que la empuje hacia la garganta?”, fue la memorable pregunta que el líder soviético Nikita Jruschov le hizo a Richard Nixon en el Debate de cocina de 1959, hoy de dudosa fama.

Mientras tales máquinas alimentadoras siguen teniendo pendiente la invasión (no digamos la conquista) de nuestros hogares, no ha cesado el empeño por conseguir hacer más inteligentes a nuestras cocinas. Las tecnologías de hoy día, sin embargo, pueden hacer mucho más. Algunas ofrecen no ya simples accesorios pasivos destinados a la experiencia culinaria, sino diminutos y sofisticados sensores que “entienden” —si esa es la palabra adecuada— lo que está pasando en nuestras cocinas e intentan pilotarnos, a nosotros sus amos, en la dirección correcta. Y si la intervención de Jruschov pretendía poner de relieve las limitaciones de los consumidores, los actuales intentos de construir una cocina inteligente ponen de relieve las de los frikis culinarios.

Un artículo publicado en la prestigiosa revista británica The New Scientist ha llamado la atención sobre varias de esas iniciativas. Nos presenta a Jinna Lei, científica informática de la Universidad de Washington que ha construido un sistema que utiliza varias cámaras de vídeo instaladas en la cocina para controlar al cocinero. Esas cámaras son realmente listas: pueden reconocer la profundidad y la forma de los objetos ante su vista y distinguir, digamos, entre manzanas y tazas. Lei está estudiando añadir también una cámara térmica especial que identificaría las manos del usuario por el calor corporal.

¿Para qué todo ese esfuerzo? Pues para que los chefs puedan ser advertidos en el caso de que se hayan desviado de la receta elegida. “Por ejemplo, si el sistema detecta que se vierte azúcar en un recipiente que contiene huevos, y la receta no requiere azúcar, el sistema podrá registrar la anomalía”, nos dice Lei entusiasmada. Lamentablemente, ese empeño por convertir a la cocina moderna en un templo del taylorismo no es algo que nos sorprenda. Los frikis, ya ven, odian cometer errores y adoran ceñirse a los algoritmos. El que la cocina prospere a base de ensayo y error, o que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones culinarias se desecha como algo caprichoso e irrelevante. Para muchos de esos bienintencionados innovadores no importa el contexto de la práctica que tratan de mejorar, no mientras se pueda aumentar la eficiencia. En consecuencia, a los chefs no se les ve dotados de un virtuosismo autónomo o como a talentosos artesanos, sino como a robots esclavizados que nunca deben desafiar las órdenes de sus sistemas operativos.

Considera irrelevante que el desviarse de las recetas ortodoxas esté en el origen de las innovaciones

Otro proyecto mencionado en The New Scientist es todavía más degradante. Un grupo de investigadores informáticos de la Kyoto Sangyo University de Japón está intentando casar la lógica de la cocina con la lógica de la “realidad aumentada”, ese elegante término empleado para poblar nuestro entorno cotidiano con tecnologías inteligentes (piénsese en los códigos de Quick Response que pueden ser escaneados con un smartphone para abrir su información adicional, o en los inminentes Google Glasses, unos lentes que pueden mejorar tu campo visual con nuevas corrientes de datos).

Con ese fin, los investigadores japoneses han instalado cámaras y proyectores en el techo de la cocina para poder proyectar instrucciones directamente sobre el ingrediente. Así, si se va a cortar un pescado, el sistema proyectará un cuchillo virtual y marcará el punto del cuerpo del pescado al que debe ir.

Pero ¿qué hay exactamente de “aumentado” en esa realidad? Podría estar tecnológicamente aumentada pero también parece intelectualmente disminuida; en el mejor de los casos, nos deja con una “realidad disminuida aumentada”. Algunos frikis se niegan a reconocer que los desafíos y los obstáculos realzan más que menoscaban la condición humana. Hacer que cocinar sea más fácil no significa necesariamente aumentarla; más bien lo contrario. Someterla completamente a la lógica debilitadora de la eficiencia es privar a los humanos de la capacidad de lograr la maestría en esa actividad, es hacer imposible el progreso humano y empobrece nuestras vidas.

Puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros

No se trata de hacer una defensa esnobista del elitista arte culinario. En un mundo en el que solo unos pocos escogidos pudieran dominar los secretos del oficio, esas cocinas aumentadas probablemente serían bienvenidas, aunque solo fuera por su promesa de democratizar el acceso a dicho arte. Pero no es ese el mundo en el que habitamos: Internet está abarrotado de detalladas recetas y de vídeos con instrucciones de cómo cocinar los platos más exquisitos. ¿Realmente necesitamos de un robot —y no digamos de cámaras de vigilancia sobre nuestras cabezas— para cocinar tal pavo relleno o para asar tal cordero?

Además, no es tan difícil predecir adónde conduce esa lógica: una vez dentro de nuestras cocinas, esos nuevos aparatos recopiladores de datos nunca las dejarán, desarrollando nuevas y supuestamente inesperadas funciones. Primero instalaríamos cámaras en las cocinas para recibir mejores instrucciones, luego las empresas de alimentación y de electrodomésticos nos dirían que les gustaría que conserváramos las cámaras para mejorar sus productos y, finalmente, descubriríamos que todos nuestros datos culinarios residen ahora en un servidor de California, donde las compañías de seguros analizan cuánta grasa saturada consumimos a fin de ajustar nuestras primas de seguros. Cocinar inducidos por tecnología inteligente puede acabar siendo un caballo de Troya para proyectos mucho más siniestros.

Con todo esto no quiero decir que la tecnología no pueda aumentarnos el disfrute de cocinar, y no solo en términos de hacer una comida más sabrosa y más sana. La tecnología, utilizada con cierta imaginación y sin el tradicional fetichismo de los obsesos por la eficiencia y la perfección, realmente puede hacer que el proceso de cocinar sea más estimulante, abriéndose a nuevas perspectivas para la experimentación y proporcionándonos fórmulas nuevas con las que transgredir las reglas.

Compárese la empobrecedora visión culinaria expuesta en The New Scientist con algunos de los imaginativos artilugios adoptados por el movimiento de la gastronomía molecular. Desde circuladores de inmersión termal para cocinar a bajas temperaturas hasta impresoras de papel comestible, desde jeringas para inyectar extraños rellenos hasta cocinas de inducción que calientan el recipiente metálico con la emisión de ondas magnéticas, todos esos gadgets hacen que cocinar sea más difícil, más estimulante, más fascinante. Pueden inculcar a cualquier aspirante a chef una gran pasión por el arte culinario, mucha más que las cámaras de vigilancia o que los robots que expelen instrucciones.

Los pesimistas y los tecnófobos están equivocados: la humanidad y la tecnología no están en desacuerdo la una con la otra. Sin embargo, cuando el diseño y la puesta en práctica de las tecnologías descansa sobre una comprensión más bien superficial de lo que nos hace humanos, es muy natural que la tecnología tenga tan mala reputación. Pero el problema son los frikis, no sus tecnologías.

Aquí reside, quizá, la gran lección para todos esos bienintencionados innovadores que están tan deseosos de mejorar el mundo con la ayuda de la tecnología. Celebrar la innovación solo por serlo es de mal gusto. Para que la tecnología aumente de verdad la realidad, sus diseñadores e ingenieros deberían tener una mejor idea de las complejas prácticas de las que se compone esa realidad; tales prácticas tienen sus propios objetivos, ideales y valores.

Así, el fracaso y la imperfección podrían ser evitados en algunos contextos y ser apreciados en otros. Incluso la ignorancia, la ambigüedad y la incertidumbre podrían llegar a desempeñar importantes papeles. Declarar una guerra preventiva a esos valores solo porque tecnologías inteligentes y conscientes del contexto nos permitan erradicarlos parece equivocado e inmaduro. Los frikis necesitan poner coto a su entusiasmo y aprender a apreciar las innumerables paradojas e ironías de la condición humana.

Evgeny Morozov es profesor visitante en la Universidad de Stanford y profesor en la New America Foundation. Su último libro publicado en España es El desengaño de Internet. Los mitos de la libertad en la Red (Destino).

Traducción de Juan Ramón Azaola.

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