Los beneficios de la cocina penitenciaria

"Animo desde aquí a los cocineros de vanguardia a contratar a expresidiarios, a ver si así renuevan su gastado catálogo de experimentos tecnoemocionales"

El mundo carcelario siempre me ha parecido fascinante por inaccesible. Marcado por la visión a temprana edad de El expreso de medianoche, y no demasiado animado a conocerlo desde dentro, trato de asomarme al confinamiento como simple voyeur a través del cine. Mis subgéneros favoritos son las pelis de quinquis de los ochenta, generosas en visitas al talego, y las de prisiones de mujeres, con sus carceleras perversas y su brutal electricidad lésbico-estática.

Por eso me parece una excelente noticia que la gastronomía, ámbito blando sobre el que suelo escribir, empiece también a tomar contacto con la ruda realidad de los centros penitenciarios. Gordon Ramsay, el furibundo chef de Pesadilla en la cocina, acaba de estrenar en el Reino Unido el programa Gordon behind bars (Gordon detrás de los barrotes), en el que enseña a guisar a delincuentes de toda calaña.

 

Y en el sur de Londres triunfa desde hace tres años The Clink, un restaurante en el que los cocineros son reclusos de la prisión de High Down. No solo las críticas sobre la calidad de la comida son buenas, sino que el éxito en términos de reinserción es rotundo: según los últimos datos, mientras que el 47% de los presos británicos vuelven a delinquir, el porcentaje baja al 10% entre los que han aprendido a manejar las sartenes en el local.

A la vez, este año se han publicado dos recetarios elaborados por presos: Platos del mundo cocinados desde A Lama y From the big house to your house (De la gran casa a tu casa). El primero, recién editado y disponible gratis en Internet, recopila 42 platos de reclusos de la cárcel pontevedresa, desde una lechona colombiana hasta un caldo de cacahuetes guineano, pasando por un arroz especiado paquistaní: después de admirarlo, uno empieza a ver los trullos españoles como una especie de ONU culinaria a la que quizá se podría sacar más partido.

El segundo libro reúne las recetas de seis condenadas a más de 50 años, cinco de ellas por homicidio, de una cárcel de Tejas. Con estas simpáticas asesinas aprendes cosas muy prácticas: cortar con carnés de identidad – no pueden tener cuchillos–, hacer puré con patatas fritas rehidratándolas, o cocinar con un calentador de agua a baja temperatura –no está permitido ningún aparato para hervir líquidos–. Ante tal despliegue de imaginación, animo desde aquí a los cocineros de vanguardia a contratar a expresidiarios, a ver si así renuevan su gastado catálogo de experimentos tecnoemocionales.

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