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La nieta del último sah anestesia la melancolía de Farah Diba

La familia imperial vuelve a la prensa rosa occidental con el nacimiento de una nueva Pahlevi

Mientras, la memoria de la dinastía se desvanece entre el pueblo iraní

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Farah Diba, en la boda del príncipe Alberto y Charlene en Mónaco, el pasado julio. AFP

Se cuenta que Mohamed Reza, segundo y último sah o emperador de la dinastía Pahlevi, era un hombre cortés y tímido, proclive a aventuras galantes, de mirada triste y que sufría por no ser querido por su pueblo. Sus amores oficiales –con las hermosas y estériles Fawzia y Soraya; más tarde con Farah Diba, la madre de sus cuatro hijos– y los fastos de su coronación en Persépolis dieron portadas gloriosas a las revistas del corazón de los años cincuenta, sesenta y setenta del pasado siglo. Destronado en 1979 por la revolución islámica de Jomeini, dos tercios de los actuales iraníes no vivieron bajo su reinado, aunque, eso sí, saben, porque forma parte de la narrativa dominante en el país, que fue una tiranía cruel con su pueblo y servil con los norteamericanos.

La prensa rosa habla hoy poco de los Pahlevi y cuando lo hace suele ser para dar noticias trágicas y vincularlas con la “melancolía” atribuida al emperador derrocado. Lo hizo en 2001 para informar del suicidio, en un lujoso hotel de Londres, de Leila, la hija menor del sah y Farah Diba. Y volvió a hacerlo en enero de 2011 cuando Ali Reza, el segundo de los hijos varones de la pareja, también se quitó la vida en su domicilio de Boston. “Al igual que Leila, Ali Reza había luchado durante años contra una grave depresión”, pudo leerse en ¡Hola! “Ninguno”, añadía la revista, “se había repuesto nunca de la muerte de su padre, el sah Mohamed Reza Pahlevi”.

Últimamente, los Pahlevi han dado un par de alegrías a la prensa rosa. Resulta que antes de que Ali Reza se suicidara, su novia, Raha Didedar, había quedado embarazada de él. Así que, en agosto de 2011, su hermano mayor, Reza Pahlevi, el primogénito del sah y Farah, anunció el nacimiento de Iryana Leila, la hija póstuma de su hermano. Y el pasado marzo, el ahora “jefe de la Casa Imperial” persa presentó en sociedad a su sobrina. Lo primero lo hizo en su web oficial; lo segundo, a través de un álbum fotográfico –“instantáneas de nuevos tiempos felices”, escribió ¡Hola!– en Twitter.

Residentes en Estados Unidos desde que el sah falleciera en Egipto en 1980, los Pahlevi son, ya se ve, muy modernos a la hora de comunicarse. Ahora bien, aunque no hay familia real destronada que no sueñe con la restauración, tienen tantas posibilidades de volver a gobernar Irán como los Romanov, si es que quedan, de habitar de nuevo el Kremlin. Sería rarísimo que una eventual caída del régimen islámico iraní se tradujera en su regreso al poder. De hecho, ni tan siquiera son una dinastía con abolengo: su fundador, Reza, fue un sargento de cosacos que en 1924 dio un golpe de Estado de opereta y se adueñó del Trono del Pavo Real.

En septiembre de 1987 visité el palacio de verano de los Pahlevi en Niavarán, en las aireadas colinas del norte de Teherán. El régimen islámico de Jomeini lo había convertido en un museo para que el pueblo iraní pudiera constatar el lujo extravagante en que vivía la familia real. Así arrancaba El emperador boca abajo, el reportaje que publiqué en EL PAÍS: “La foto en sí ya es grotesca. El sahlleva una complicada corona de incalculable valor y viste uniforme recamado en oro; la sahbanu, la bella Farah Diba, parece sorprendida en una fiesta de carnaval; el príncipe heredero, Reza, mira con ojos inmensos dentro de un traje de paje. (…) Pero colgado boca abajo, el retrato oficial de la familia real iraní es patético. Y ese es el destino que han dado a todas las imágenes de la dinastía Pahlevi los nuevos amos del palacio de Niavarán”.

Terminaba aquel reportaje recordando que Farah Diba le dio al sah “un heredero que se quedó compuesto y sin trono”. Ese heredero, Reza Pahlevi, nacido en Teherán en 1960, casado y padre de tres hijas, vive hoy en Washington, se proclama una alternativa al régimen de los ayatolás y dice desear un Irán democrático. Pero su parroquia está muchísimo más entre el exilio iraní en Estados Unidos –más de dos millones de almas, la mitad en Los Ángeles– que en el interior del país. Incluso su web no parece muy activa. Ni una palabra a simple vista sobre el asunto que en los últimos meses lleva el nombre de Irán a las portadas: la posibilidad de un ataque israelí y/o estadounidense para acabar con el programa nuclear de los ayatolás. Sus últimos “mensajes a la nación” datan del 27 de febrero (felicitándose por el Oscar de la película iraní A Separation), el 29 de enero (rememorando la figura de Ghandi) y el 20 de enero (denunciando violaciones de derechos humanos en Irán).

En cuanto a su madre, la exemperatriz, se desnudó inocentemente en una entrevista a The New York Timescon motivo de la publicación de sus memorias en 2004. Tras soltar deliciosas perlas reaccionarias –“El pueblo iraní comprende que el progreso y la modernidad vienen de Occidente”, “Mi esposo era un próximo del presidente Nixon”–, Farah Diba explica así su vida cotidiana en Estados Unidos: “En el palacio de Teherán tenía a 60 personas ayudándome. Aquí solo dos: una señora que me cocina y limpia y un chófer. Es difícil para mí”.

–Asumo que usted se llevó dinero cuando huyó de Irán –dice la periodista.

–Sí, y también me llevé algunas joyas –responde la exemperatriz–. Gracias a Dios, porque las vendí y eso me ha ayudado a vivir. Los americanos dicen que el dinero no trae la felicidad, pero ayuda a vivir confortablemente en la miseria.

¿Miseria? Sin incluir las posesiones que tenían fuera de Irán, los Palehvi se llevaron del país unos cien millones de dólares, según sus propios portavoces.