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domingo, 29 de enero de 2012
EL CÓRNER INGLÉS | FÚTBOL | Internacional

El soldado desconocido

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- "La paciencia de una ostra".

-Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

Con la cantidad de cámaras de televisión que hay en los partidos de fútbol de Primera, hoy en día ya no se nos escapa prácticamente nada. Las faltas, los posibles penaltis, los goles, los pases más inocuos se examinan desde cuatro, cinco, seis ángulos. Cada mueca, cada sonrisa, cada taco que suelta un jugador -en el campo, en el banquillo- queda grabado para la eternidad. Todo lo que ocurre en el escenario nos fascina. Nuestra sed de información, de cotilleo, es inagotable.

Salvo lo que tiene que ver con el cuarto árbitro, el personaje del gran elenco futbolístico que menos interés genera. ¿Qué pinta ese señor? ¿Para qué está? En la práctica, para apuntar los números de los jugadores que entran y salen del campo durante un partido y asegurarse de que los suplentes no lleven clavos en las suelas de las botas. En teoría, pueden saltar al campo si el árbitro se lesiona (en un partido de cada 10.000 ocurrirá) o pueden intervenir en ayuda del colegiado llamándole la atención sobre una falta que no vio. Pero esto no pasa casi nunca tampoco.

El cuarto árbitro está para que los entrenadores tengan alguien contra quien descargar sus volcánicas frustraciones

Entonces, realmente, ¿tienen utilidad estos señores? ¿Es necesario tener a un árbitro altamente calificado al borde del campo durante los 90 minutos de un partido para atender a banales gestiones administrativas? Pues sí, lo es. El cuatro árbitro, pese a que carezca de interés para los espectadores, cumple un papel absolutamente clave y necesario. Está ahí para atender la salud mental de los dos entrenadores.

El papel real de los cuartos árbitros consiste en aguantar las broncas, rabias, chillidos, insultos y salvajadas de los entrenadores. Y lo extraordinario, lo profundamente admirable, es que lo hacen con una paciencia infinita. Como si les pagaran por ello. Con el sereno profesionalismo de un psiquiatra que, por enésima vez, se encuentra cara a cara con un loco descontrolado. Claro, es verdad que, de vez en cuando, un entrenador tiene la mala suerte de toparse con un cuarto árbitro inusualmente sensible o, tipo Materazzi con Zidane, al que le toca un punto vulnerable, como los hábitos sexuales de su hermana o su mamá. En tales casos, el cuarto árbitro llama al primero y le pide que le dé al entrenador una tarjeta amarilla o a veces incluso que lo exilie a las gradas. Pero es raro que esto ocurra. Lo normal es que los cuartos árbitros aguanten la tormenta, aunque de manera mucho menos visible que los que ejercen en el campo.

Los errores arbitrales son un elemento tan inevitable en el fútbol como la mismísima pelota. Se van a equivocar siempre y repetidamente. En todos los aspectos del juego. En si el saque de banda o el de esquina debe ser para un equipo o el otro; en si fue fuera de juego o no, falta o no, mano o no, pisotón intencionado o no; en si fue amarilla, roja o nada. Se equivocan porque son humanos y la presión es terrible y la velocidad del juego no permite a un ser humano con solo un par de ojos poder decidir en cada caso con la certeza científica o divina que, absurdamente, les exigimos. Si a eso agregamos la fanática parcialidad del entrenador, su miope percepción de que todas las decisiones en las que exista el más mínimo atisbo de duda tienen que ir a favor de su equipo, lo que está claro es que está condenado a vivir la mayor parte de los 90 minutos acosado por la indignación lacerante que provoca en todo ser humano la sensación de ser víctima de una injusticia sistemática y atroz. Y más si está perdiendo el partido o teme perderlo.

Para eso están los cuartos árbitros. Para que los entrenadores tengan alguien contra quien puedan descargar sus volcánicas frustraciones. Para que no les dé un patatús. Incluso para que se hayan aliviado lo suficiente durante el partido para controlarse un poco a la hora de aparecer después ante el público a contar su versión de los hechos.

Funciona mejor en algunos casos que en otros. Pep Guardiola, del Barcelona, insiste, con un control sobrehumano o como si se hubiera sometido a intensivos cursos zen, en que nunca va a criticar a los árbitros. Y cumple su palabra. ¿Pero podría hacerlo si no tuviera acceso al desahogo ilimitado que le aporta durante el partido la figura del cuarto árbitro? Difícil. Los cuartos árbitros son los soldados desconocidos del fútbol. Su sacrificio es enorme; el reconocimiento que reciben, nulo. Larga vida para ellos.

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