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Crítica:PURO TEATRO

'Una historia catalana': Brecht en la frontera

Jordi Casanovas ha presentado en el TNC un poderoso cruce de leyenda, western y melodrama negro que pierde fuelle en el tercio final. Con dos fieras escénicas: Andrés Herrera y Míriam Iscla

Jordi Casanovas es uno de los autores más prolíficos, imaginativos y sugerentes que ha dado la nueva dramaturgia catalana. Tiene en su haber una docena de funciones interesantísimas, una de las cuales (La revolución) estuvo a un paso de ser su mejor comedia, pero algo falló en la cocción final. Me temo que con Una historia catalana, que ha presentado dentro del ciclo T6 del Nacional catalán, ha vuelto a pasar tres cuartas de lo mismo: ambición temática y formal, diálogos suculentos, situaciones poderosas y, lástima, un remate desballestado que requiere urgentes dosis de recorta y pega. El texto de su nueva entrega conjuga, en alternancia, dos historias tan distintas como apasionantes. Arranca el relato en la Cataluña profunda del Pallars, en pleno Pirineo. Los lugareños de un pueblo perdido quieren vender media montaña al promotor de una estación de esquí, pero topan con la rotunda negativa de Maria y Núria de Farràs, madre e hija, esquivas y con fama de brujas (dos grandes trabajos de Àngels Poch y Míriam Iscla), que ante el creciente acoso de sus vecinos fingen andar en tratos con el diablo y se atribuyen como maldiciones propias una serie de desgracias azarosas: estamos en el universo oscuro y supersticioso de Valle-Inclán, de Jordi Pere Cerdá, de Jean Giono.

En el último tercio, Casanovas pierde el norte cuando intenta llevar su patrón genérico hasta sus últimas consecuencias

Si no me creo su dibujo es, fundamentalmente, porque en lo alto de la pirámide he visto a muchos chorizos autóctonos

La segunda historia parece, por el contrario, un cruce entre Casavella, Tarantino y el Bigas Luna de Huevos de oro. Comienza en La Mina, el barrio más violento de la Barcelona de los setenta, y narra la ascensión de Luis Calanda Martínez El Cala (Andrés Herrera, arrollador), atracador y traficante que acaba convertido en magnate inmobiliario gracias al boom olímpico y es destruido, como mandan los cánones, por su loca ambición. Ambas historias están muy hábilmente entretejidas: avanzan con absoluta fluidez, cada escena entra y sale en el momento justo, y hay un notable trabajo lingüístico, que reproduce a la perfección los acentos y modismos del catalán pirenaico y el castellano arrabalero. La puesta en escena es épica en el más puro sentido brechtiano, algo sorprendente dada la juventud de su autor y director. Tanto los interiores del pueblo como los espacios barceloneses están escuetísimamente sugeridos por una simple mampara con dos puertas; los intérpretes (a los que hay que añadir los nombres de Rosa Boladeras, Òscar Castellví, Borja Espinosa, Anna Moliner y David Vert) "presentan" a sus personajes, se dirigen al público para comentar las acciones y recurren a los fragmentos narrados para hacer avanzar un tiempo que cubre más de tres décadas. Hay una energía descomunal en su trabajo: en su mayoría doblan papeles y han de pasar celéricamente del catalán al castellano y de una caracterización a otra.

Los problemas comienzan, para decirlo a la antigua, con el "mensaje". Casanovas ha dicho que su obra intenta ser "un relato sobre la búsqueda de la identidad de la Cataluña posfranquista". Puedo intuir ese trasfondo en la historia pallaresa, a partir de la aparición de la pequeña Laia Farràs (Anna Moliner), para la que madre y abuela construyen un falso paraíso aislándola del mundo y haciéndole creer que "los malos" son los otros: la idea de la arcadia acechada es una poderosa máquina dramática y, por supuesto, ideológica. Tengo mis serias dudas, en cambio, sobre la credibilidad del personaje de El Cala, que, según el autor, "no ha sido aceptado como catalán y está convencido de que para superar ese trauma ha de comprar Cataluña, literalmente". Yo diría que su motor no es la integración identitaria sino la ascensión de clase, pero aparquemos eso.

Si no me creo su dibujo es, fundamentalmente, porque en lo alto de la pirámide he visto a muchos chorizos autóctonos (hay donde elegir) pero a ningún atracador de la Mina: por lo general morían a tiros o de sobredosis. El trasfondo de western que Casanovas quiere imprimir a Una historia catalana funciona cuando reinventa el Pallars y la Mina como territorios fronterizos, pero el perfil del truhán depredador, fundacional y decimonónico (desde La ciudad de los prodigios a Deadwood, para entendernos) chirría, por excesivo e improbable, en la Cataluña de finales del XX, y corre el serio peligro de quedarse en un baratísimo maniqueísmo: el charnego como supervillano de la función.

En el último tercio, Casanovas pierde el norte cuando intenta llevar su patrón genérico hasta las últimas consecuencias y juntar como sea las dos historias. Nos quedamos boquiabiertos ante el decorado de la fiesta popular (una explanada de mesas y sillas bordeada de árboles y cubierta de bombillas de colores), pero el impacto visual se desvanece a los pocos segundos porque se oye fatal y se ve peor. Hasta entonces nos habían hecho creer a las mil maravillas en los espacios imaginarios y perdemos con el cambio: los actores se ven obligados a gritar, la multiplicidad de las escenas pide, para seguirlas, la cercanía del cine, y los recursos fílmicos utilizados, como la sobredosis de fundidos, resultan tediosos sobre las tablas. Siempre es un placer ver a Pep Cruz, pero no me parece buena cosa introducir un personaje nuevo a media hora del final. Su pistolero que vuelve, reminiscente de los héroes cansados de Marsé, carga con dos pesos: la obligación de "ponernos en antecedentes" sobre su vida anterior y de portavocear el discurso, tan simplón como forzado, de "hay que construir sobre el amor y no sobre el odio". Hay evoluciones increíbles (la locura de El Cala, al que sólo le falta gritar "¡Mamá, mamá, la cima del mundo!"), insertos marcianos (Cruz envuelto en humaredas y machacando Personal Jesus de Depeche Mode) y una cascada de enfrentamientos a tiro limpio que rozan lo risible: no temes por la vida de los personajes sino por la molesta inminencia del siguiente petardazo. Convendría, como decía al principio, que Casanovas reescribiera y remontara ese galimatías que emborrona el poderío incuestionable y los muchos logros de la función.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de junio de 2011