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domingo, 27 de marzo de 2011

La calle, el mejor patio de butacas

Cientos de personas abarrotan el centro de la ciudad para disfrutar de los espectáculos de la Noche de los Teatros

La Noche de los Teatros empieza de día. Se abre el telón en la Casa Museo Lope de Vega. El poeta y escritor Luis Alberto de Cuenca se encarga del pregón y con él arrancan los bailes, las representaciones y las marionetas. Alejados del escenario, en la calle, haciendo acopio de espectadores. Comienza la ruta que conmemoró ayer sábado el Día Mundial del Teatro.

Las plazas del centro de la ciudad se abarrotaron con cientos de personas que disfrutaron de los espectáculos. En el céntrico barrio de las Letras, se encuentra la plaza de Santa Ana. Allí comienza la primera performance. La música de timbales aceleran los pies de los despistados. En la plaza destaca un círculo formado por cabezas de todas las edades que miran hacia el centro. La incógnita se resuelve gracias a los bolardos municipales que ayer sirvieron de atalaya. Un hombre y una mujer, vestidos como cualquiera de los mirones, danzan sin tocarse. Las manos de él buscan las de ella, pero nunca llegan a encontrarse. Es Parámetros, de LaPedroche. El corro se disuelve a medias y de entre los que se separan salen dos Teresas. Son madre e hija. Llevan la hoja de ruta en la mano con todas las representaciones -176 actividades en 132 espacios públicos-. Van eligiendo al azar. Próxima parada: plaza de El Carmen.

Dejando a la derecha los fosforitos locales de compraventa de oro, se abre paso a la plaza del Carmen. Allí está previsto que a las seis y media comience el espectáculo de marionetas, Klar y yoyo, del Teatro de la Luna. Comienza un poco tarde y pilla a todos de sorpresa. Como aparecida de la nada, llega una niña vestida como mandan los cánones: falda, leotardos a rayas de colores y mofletes colorados. Lleva una mascota que acapara la mirada de pequeños y mayores. No es un perro de pelo suave, ni un lindo gatito ni nada parecido. Es un monstruo gris de más de dos metros. Dan la vuelta a la plaza y se paran. Klar, que así se llama el animal, es el regalo de cumpleaños que ha recibido la niña. El animal provoca a la par la curiosidad y el recelo de todos los niños a su alrededor. No dejan de mirarle, con media sonrisa en la cara, hasta que se les acerca... Cunde el pánico cuando el bicho llora y moja a todos y todos corren a refugiarse entre las piernas de sus padres.

La ciudad bulle. Sus calles son un puro espectáculo. Las tablas se transforman en granito donde el público disfruta de numerosas performances de danza, música en directo y teatro. Uno tenía que diseñar bien su plan para disfrutar del mayor número de eventos gratuitos y con rebajas en 81 teatros y salas alternativas. La fiesta estaba en la calle. Las taquillas de último minutos aún tenían entradas disponibles a las siete de la tarde.

A las puerta del Instituto Cercantes acamparon varias estatuas humanas. Casi todas las plazas del centro acogieron ayer algún espectáculo, en el patio de butaca más grande: la calle.Un pasacalles recorre la calle de Fuencarral. Atrás queda Gran Vía -donde hoy está programada una visita guiada por los teatros de la centenaria avenida-. El tiempo primaveral ha atraido a la gente. A las cámaras de fotos y conversaciones en otros idiomas se unieron ayer los folletos rosas que detallaban la programación. Pero la atención de los transeúntes se centraba en la calle de Fuencarral.

Varios caballos peludos y huesudos hacían de las suyas por la calzada, cortada al tráfico. Era el primer acto de un pasacalles multicolor. Los jamelgos daban coces, hacían carreras arrollando a todo el que se interpusiera en su camino e incluso mordían. Pero también se dejaban acariciar y posaban para las fotos. "¡Yo quiero un caballo así!", exclamaba un chaval de nombre Alberto, de cinco años. Parecía no percatarse de que el equino era en realidad una marioneta en tamaño real manejada por un hombre. Los animales marchaban siguiendo el ritmo del sonido de los cascos que salía de un altavoz. Los caballos de Menorca, de Tutatis, fueron los más rebeldes de un desfile algo descafeinado.

A la cabeza del desfile, una rana gigante iba abriendo camino. Era una más de Los superbichos, de la compañía Coscorrón y la favorita de Beatriz, de nueve años. Subida a un banco de piedra miraba alejarse al convoy junto a sus padres y sus hermanas menores. Los superbichos trataban de animar con música a todo el que se paraba a su alrededor.

El segundo era musical. Los cinco miembros de la Million Dollar Mercedes Band trataban a duras penas de hacerse oír. Su música checa con trompeta, trombón, saxo y tuba, era la banda sonora de una tarde de teatros. Antes de participar en el pasacalles ya habían interpretado parte del repertorio entralazando texto y música para los más pequeños.

La familia Iglulik, de Teatro Sin Fin, cerró el tercer acto: Un tanto desorientados, tres esquimales perdidos en las calles de Madrid por un viaje que debería llevarlos de Groenlandia a Alaska. El pasacalles terminó justo a tiempo para ver ponerse el sol. Comenzaba entonces la verdadera Noche de los Teatros.

A la búsqueda de más actuaciones gratuitas se encontraba el matrimonio de María José y José Luis. No pertenecen a los 4,2 millones de espectadores que el año pasado acudieron a alguna función. Frente al Lope de Vega, tres jóvenes actores esperaban que dieran las once de la noche. No iban a ver ninguna obra. Querían entrar al teatro: al backstage del musical de Los miserables que ya habían visto. Iria, Dani y Adrián solo conocen el mundillo del teatro aficionado y quería conocer el de los grandes escenarios.

A la iniciativa también se sumaron algunas salas de música en directo y de flamenco. Del pasacalles a la noche de Max Estrella, dedicada al 75 aniversario de Valle Inclán. "Y de ahí, a algún concierto", resumía un joven que había venido de visita a Madrid este fin de semana.

Un pasacalles para celebrar la Noche de los Teatros recorre la calle de Fuencarral. / CARLOS ROSILLO

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