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Entrevista:EN PORTADA

Lolita sueña con Pete Doherty

Sexo, dudas, drogas... los eternos problemas de la edad del pavo pueblan La caricia desnuda, debut de Carmen Bramly, novelista francesa de 16 años. Un nueva generación internacional de autores afronta con veracidad su adolescencia.

El argumento de La caricia desnuda es sencillo. Paloma, 14 años, una parisiense de buena familia, pasa la Nochevieja de 2008 en la isla bretona donde sus papás tienen la casa de vacaciones. Cena en la de su amor platónico de la infancia. Los dos solos. Sus padres han ido a una fiesta.

Es un duelo. Ambos quieren lo mismo, pero ella exige que él reconozca que la ama. Y Pierre, un clásico tonto de 15 años, no está dispuesto a eso. Discuten, se pelean y se reconcilian. Vuelven a pelear. Y como en una novela del romanticismo decimonónico, desafían a la tormenta y a la noche en una barca a vela y terminan en la playa de un islote, ebrios, alrededor de una hoguera. Elipsis narrativa de toda la vida. Cuando Paloma despierta, la mañana siguiente, ya no se siente una niña. "No, no es una historia real. Yo esa Nochevieja me fui a dormir a las nueve", dice Carmen Bramly, la autora, en el aséptico salón de un hotel caro de una zona noble de Madrid. Tiene, agárrense, 16 años. Es una adolescente tímida con cara de niña que contesta entrevistas franqueada por una traductora de francés. Su debut ha sido un pequeño fenómeno editorial en su país. Diez mil ejemplares colocados. Ahora, un año después, se lanza el libro en España y ya se han vendido los derechos de publicación a Italia, Turquía, Rusia, China y Vietnam.

"Soy grafómana. Me paso la vida escribiendo en todas partes"

"Lo que comparto con Paloma es lo sola que está, los pocos amigos que tiene y que no se siente a gusto consigo misma. Pero por otro lado es un personaje mucho más seguro que yo. Sabe lo que quiere, adónde quiere ir, y eso es lo que yo no soy", dice con un aplomo nada habitual en una persona de su edad. Uno ha entrevistado a muchos músicos que le sacan 15 años que carecen de un discurso tan equilibrado.

Le viene de familia, se supone. Su padre, Serge Bramly, es escritor, y su madre, profesora. Confiesa que los referentes culturales de su protagonista son los suyos. Paloma escucha a los Kinks y Nat King Cole. Asegura haber leído La vida por delante y Los miserables con siete años. Habla como un personaje de una novela de Beigbeder. Maneja conceptos como la nostalgia, que resultan casi obscenos en un personaje de 14 años. En un momento de la novela incluso recita fragmentos completos de Fedra, de Racine. Pierre es Hipólito, el cazador; Paloma, Fedra, su madrasta enamorada. La excusa es que cuando tenían nueve años la habían representado en un grupo de teatro. ¿De verdad hay adolescentes como Paloma? "Sí, claro. No sé por qué, pero mis amigos, todos en mi instituto son así", dice en francés, antes de lanzarse en un esforzado castellano: "Escuchamos música de los sesenta; la de ahora no es muy buena, como Lady Gaga...". Y después de pronunciar el nombre de la diva hace una muesca de asco.

Cuenta que empezó a escribir por aburrimiento. "Soy grafómana, me paso la vida escribiendo en todas partes. En los manteles de papel, en los márgenes de los libros... Por eso un día decidí escribir una novela. Establecí una rutina: me levantaba una hora antes [a las seis de la mañana, confesó después] y me ponía a ello". Sí, además es buena estudiante.

La única reacción propia de su edad es un ligero sonrojo cuando se le pregunta qué le resultó más complicado, si escribir de sexo o de amor. "Fue igual de difícil. No he experimentado ni el uno ni el otro". En cambio, se ríe cuando se le habla del tercer personaje en discordia de la novela, Pete Doherty, el cantante de The Libertines, el amor inalcanzable que durante una temporada reside en el piso de alquiler que hay encima del apartamento de los padres de la protagonista. Un yonqui solitario y egoísta que fascina a Paloma. Al parecer, ninguna generación se libra de admirar a los rockeros intoxicados. "Me pareció que tenía la edad perfecta para representar el amor inalcanzable de una adolescente. Es un icono que se autodestruye, como Basquiat o Janis Joplin". ¿De verdad, Carmen, seguís admirando a los que desaparecen antes de cumplir los 27? "Más que admiración, es fascinación lo que sentimos. Te preguntas por qué personas con tanto talento tienen ese comportamiento. La droga sigue teniendo atractivo. En los institutos de París todo el mundo fuma porros, está completamente trivializado. Yo conocí a Pete Doherty y es un tío muy majo y muy inteligente. Mi tía me llevó a uno de sus conciertos en París. Coincidí con él entre bambalinas". ¿Y de qué hablasteis? "La verdad es que lo único que me preguntó fue: '¿Qué tal en el cole?".

La caricia desnuda esta publicado en Ediciones B.

Autor en la edad del pavo

La mayoría de escritores exageran sobre la edad a la que empezaron a escribir. Capote aseguraba que fue a los ocho años, y los más sensatos sitúan sus primeros textos en la pubertad. Lo que no es tan común es que alguien empiece a publicar sus obras cuando aún no se ha quitado el acné, y menos que en su posadolescencia parezca estar el cénit de su carrera. Analizamos cinco casos de escritores de distinta suerte que han publicado sus primeras obras antes de llegar a veinteañeros.

Helene Hegemann (19 años). En 2010, esta alemana adolescente fue el excéntrico plato literario del año en la Red. Incluía los dos ingredientes que más gustan en los corrillos indies: había publicado a los 17 años una novela, Axolotl Roadkill, sobre sus experiencias berlinesas con drogas y sexo disfuncional, y meses después había pasado a estar crucificada en The New York Times por esa forma de plagiar fragmentos que algunos llaman mixing. En 2011, con un pie en la veintena, quizá se ha hecho mayor como para que se sigan acordando de ella.

Ben Brooks (18 años). Hace unos meses, la revista Dazed & Confused le dedicó una página como joven revelación señalada por el dedo dorado de Dennis Cooper. Para entonces, este inglés llevaba escribiendo desde los 16 años y tenía cuatro obras publicadas, entre las que destaca su inquietante novela inaugural Fences. Con ella experimentó las posibilidades (incluyendo como baza los juegos tipográficos) que ofrecía algo llamado literatura experimental, muy lejos de lo que leía en ciertos clásicos impepinables de lectura obligatoria en el instituto.

Jordan Castro (18 años). Los poemas que escribe Castro en su instituto de Solon (Ohio) no van a parar a ninguna taquilla el día de San Valentín, sino a plaquetes que empezó a publicar a los 16 años, como Think tank for human beings in general, y los recientes e-books de descarga gratuita que cuelga en su web. Se ha convertido en uno de los mejores representantes de la new wave vomit, ultimísima generación de poetas. "La etiqueta viene del nombre de una revista creada por una amiga, pero si me siento parte de ella es solo por la edad".

Steph Bowe (17 años). Representante de la literatura adolescente escrita por adolescentes. Esta australiana decidió, a los 14 años, escribir las novelas que ella, como apasionada del género, quería leer. Así publicó en 2010 Girl save boy (que se publicará este año en España como La chica del lago). Su blog, www.heyteenager.blogspot.com, es un santuario a la pubertad en el que se comunica con sus lectores y aconseja a aspirantes a escritores de la misma edad. "Lo mejor que te pueden decir es que tu libro será su preferido para siempre", asegura.

Emily Roberts (20 años). A pesar de lo que pueda inspirar su nombre (realmente un seudónimo), es una buena representante de la literatura más joven de nuestro país. Después de varios relatos editados en revistas, en abril publicará su primera novela, Lila, una narración sobre la añoranza del amor de la adolescencia como solo se puede contar cuando se acaba de salir de ella. No le parece una edad arriesgada para publicar: "No creo que en el futuro me arrepienta, pero sé que todavía me queda mucho por aprender, ¡acabo de cumplir 20 años!".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 4 de marzo de 2011

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