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Tribuna:

El deber de memoria

"Es hora de contar los pormenores de esta conmoción nacional antes de que lleguen los historiadores". (Los funerales de la Mamá Grande, Gabriel García Márquez)

El deber de memoria nace de Auschwitz porque aquello fue pensado como un proyecto de olvido. No debía quedar ningún resto físico del pueblo judío para que se olvidara su contribución metafísica a la historia de la especie. El proyecto tuvo lugar, por eso hablamos de crimen contra la humanidad, pero no se consumó porque Hitler fue vencido y eso nos obliga a recordarle. Honrar la memoria de Auschwitz es entender el alcance del deber de memoria.

Esa memoria es peligrosa, por eso no sorprenden ataques como los del historiador Tzvetan Todorov en este mismo periódico a propósito de la memoria argentina. Todorov se pregunta si una lectura del pasado argentino hecha desde la memoria de las víctimas no atenta contra la verdad y la justicia de la historia. No hay que olvidar, dice, que las víctimas eran terroristas y que, de haber triunfado, hubieran llenado el país de sufrimiento. Al ser ese el contexto de la represión de la dictadura militar, hay que evitar un lenguaje simplificador como hablar de víctimas y verdugos o buenos y malos. Hablando así no hacemos justicia a lo que ocurrió y, para hacerla, hay que conocer los hechos, tal y como hace la historia.

El desaparecido planea sobre la sociedad como un fantasma que exige justicia

Urge aclarar en qué medida la verdad y la justicia, que Todorov reclama para la historia, son ya impensables sin la referencia a la memoria. El filme Shoah, de Claude Lanzmann, abre con una secuencia en la que Srebnik, un superviviente, camina cabizbajo hasta un punto en el que señala al suelo mientras dice "era ahí". Ahí no hay nada, un poco de césped envuelto por el silencio de un bosque perdido en Polonia. Pero ahí estaba la cámara de gas. La mirada de la víctima devolvía a la realidad de ese lugar una presencia olvidada que forma parte del mismo, como los árboles y el aire que se respira. La mirada de la víctima permite conocer una parte de la realidad que sin ella sería inaccesible.

Gradowski, el Sondercomando de Auschwitz que ocultó entre las piedras del horno crematorio las páginas de su diario, se jugó la vida escribiendo porque sabía que la historia podría contar cómo, cuántos y dónde murieron, pero no cómo vivieron. Eso solo lo sabían ellos. Los perdedores guardan el secreto de saber como nadie que la historia pudo haber sido de otra manera.

Todo esto para decir que la memoria es conocimiento y no solo sentimiento. La memoria nos prohíbe confundir realidad con facticidad, con hechos, porque de la realidad forman parte los no-hechos, lo que no ha llegado a ser y que, según Aristóteles, no son dignos de que la ciencia (la historia) repare en ellos.

Y, volviendo a Argentina, ¿cómo explicar la suspensión del tiempo que ocurre en el caso del desaparecido? El tiempo se detiene para las víctimas y eso afecta al resto de la sociedad que no puede seguir adelante como si nada hubiera ocurrido. El desaparecido planea sobre la sociedad como un fantasma que exige justicia. El tiempo de la memoria cuestiona al de la historia.

Por eso hay que hablar de justicia anamnética. El historiador, dice Todorov, hace justicia señalando el contexto de la violencia, sus antecedentes y consecuencias. Bienvenidas esas aportaciones que no empequeñecen la justicia de la memoria, que es otra cosa. Lo suyo es someter a juicio la justicia histórica tan proclive a justificar la producción de víctimas por exigencia del guión. El filósofo Hegel justifica las masacres históricas como precio del progreso; los políticos, los sacrificios de los más débiles con la promesa de que así, renunciando a sus conquistas, seremos más competitivos y se generará más empleo.

Pues bien, la justicia anamnética juzga el interés general desde el destino del individuo singular que, siendo inocente, es objeto de una violencia inmerecida. Se pone del lado de Dostoievski para quien una sola lágrima infantil era ya un precio excesivo para la armonía universal. Este rigor ante el sufrimiento de un inocente es condición necesaria para exigir una política sin violencia. La memoria es justicia porque no soporta que la injusticia sea el precio de la política. Y hay que decir que inocentes eran los montoneros desaparecidos porque, aunque fueran delincuentes, tenían derechos a ser juzgados reglamentariamente y no ajusticiados. Inocentes, respecto a la violencia sufrida. Eso no significa que las ideologías sean iguales, pero la evaluación crítica de sus diferencias se hace en otro negociado, en el de las ideas políticas.

A diferencia de la justicia de la historia, reclamada por Todorov, y que se sustancia en una explicación de los hechos, la justicia memorial no puede descansar mientras haya una injusticia no reparada. Hechos que para la historia estén debidamente explicados y clasificados, son, sin embargo, casos abiertos para la memoria porque mientras la injusticia no haya sido saldada, no se puede hablar de justicia histórica, sin que valgan moralmente las amnistías o prescripciones por muy legales que puedan ser.

Reyes Mate, profesor e investigador del CSIC, es autor de La herencia del olvido, premio Nacional de Ensayo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 27 de enero de 2011