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La danza se hace un hueco en el Reina Sofía

La compañía Erre que Erre convence con su obra 'Avatar'

Ha tardado en suceder y ha costado lo suyo. Por fin la danza contemporánea se instala con voz propia en el Museo Reina Sofía (MNACARS), como ya existe y funciona en otros grandes museos de arte actual. Siendo rigurosos, esta es la segunda vez, pero aquella primera tuvo algo de simbólico y excepcional: los Events de la compañía norteamericana de Merce Cunningham. También tiene algo de simbólico que la danza vuelva a estas imponentes salas de bóveda de cañón, pues muy cerca de donde triunfa hoy lo tecnológico y vanguardista, en este mismo edificio, estuvo la primera sede del Ballet Nacional Clásico, hoy desaparecido.

Ha sido la compañía Erre que Erre, agrupación fundada en Barcelona en 1996 y con larga trayectoria, que además ganó en 2006 el Premio Max al mejor espectáculo de danza con Escupir en el tiempo, la encargada de activar el programa que equipara e interrelaciona a la danza con el resto de las artes visuales y las tendencias actuales. En el preestreno de anoche el lleno fue total y la variedad del pelaje no establecía, a priori, militancia alguna.

Es una obra muy trabajada en sus sutiles urdidumbres interiores

La bailarina estuvo sobrada de técnica y limpieza ejecutoria

Erre que Erre ha creado Avatar, un depurado solo de danza interactiva coreografiado e interpretado por la bailarina María Ángeles García Angulo (Murcia, 1972) y con Román Torre (Candás, 1978) como responsable de los elementos visuales y el montaje. Se trata de una coproducción en la que entran el Matadero Madrid y el Centro Párraga de Murcia, entre otros. La obra estará en cartel desde hoy hasta el día 25, y al mismo tiempo los componentes de Erre que Erre imparten en la zona Nouvel un taller de movimiento y nuevas tecnologías los días 26, 27 y 28 de este mes. Después de Madrid, Avatar será visto en Gijón el 30 de abril antes de emprender una gira internacional que los llevará al Reino Unido y Holanda. En otoño se harán las Américas: Chile, Argentina y Uruguay. Tras cada representación los artistas proponen un diálogo con los asistentes.

En la sala 302 del edificio Sabatini una grada practicable recibe al público. El escenario es convencional en cuanto a disposición y luminotecnia y ocupa un tercio del espacio de la sala. Lo realmente novedoso surge cuando, a partir de un sonido electrónico tan embriagador como apabullante y que algún especialista de esas músicas podría clasificar en el ámbito del trans, la bailarina se sitúa en el centro de la construcción escénica y comienza a interactuar con los programas informáticos. Ni frío ni distante, el resultado enseguida prende y su continuo consigue una atmósfera de plástica contemporánea muy geometrizada a través de un movimiento fraccionado y materiales dinámicos donde el dibujo importa mucho.

La bailarina, sobrada de técnica y limpieza ejecutoria, se entrega a una ritualización virtual donde hay referencias a varios estilos de baile. Se cita el hip-hop de alusión robótica, así como ciertos emboques de la danza académica; se aprovecha el misterio que aporta toda arquitectura vacía; los haces de luz terminan por aflorar otros contenidos menos evidentes que también están reglados en esa cuadrícula que poco a poco se desvirtúa y reagrupa, se autocensura y recrea como código. La artista tiene unos bonitos pies que usa a placer, su relevé es el perfume lírico, mientras su fuerte gesto hace de acento terrenal que no elude la erótica salvaje. Su sombra encapsula las frases de baile que se descomponen o arbitran, pero finalmente se empastan a la agitación gráfica, una progresiva decontrucción que se vuelve sinfónica y abarca la luz y el sonido, además de impactar directamente en las secuencias coréuticas.

Hay antecedentes que parecen perseguir esta estética, desde el sistema Compose (una serie de programas desarrollados en la Universidad de Vancouver desde mediados de los años ochenta del siglo pasado para escribir, registrar y analizar el movimiento coreográfico) hasta la pieza Biped del mencionado Cunningham, donde actores de danza y propuesta virtual se alternan en un imaginario complejo.

El sugerente viaje de la cuadratura al caos, la persecución de un equilibrio frágil y tangente, hacen de Avatar una obra conseguida y muy trabajada en sus sutiles urdimbres interiores y al mismo tiempo nos habla de la convivencia entre la danza real y sus reflejos virtuales, juego de espejos que llega a convertir el escenario (o su simple planimetría) en un infinito campo de actuación.

Avatar. Compañía Erre que Erre. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Sala 302 Sabatini. Días 23 y 24 a las 19.30 horas. Día 25 a las 12.30 horas. Entrada gratuita hasta completar el aforo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 23 de abril de 2010