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Reportaje:OPINIÓN

Thatcher y "la cuestión alemana"

Unos documentos que acaban de ser publicados demuestran que la primera ministra británica se opuso a la unificación alemana. Y no se trata, simplemente, de una cuestión histórica

Timothy Garton Ash

La historia nos persigue. Hace poco más de 20 años, la entonces primera ministra británica Margaret Thatcher, dijo al entonces líder soviético Mijaíl Gorbachov: "A Gran Bretaña y a Europa Occidental no les interesa la unificación de Alemania. Lo que dice el comunicado de la OTAN puede parecer distinto, pero no lo tenga en cuenta. No queremos la unificación de Alemania". A continuación, dijo (sin razón): "Le puedo asegurar que ésa es también la postura del presidente de Estados Unidos". Es lo que aparece en las actas rusas, redactadas por uno de los más estrechos colaboradores de Gorbachov. Una nota británica sobre la conversación, que acaba de publicarse en un volumen de documentos elaborado por historiadores del Foreign Office (Ministerio de Exteriores británico), añade algunos detalles nuevos y fascinantes.

Aquello fue un ejemplo de deslealtad y mostró una total falta de respeto por las aspiraciones de los alemanes orientales
Veinte años después de "la cuestión alemana", Europa debería empezar a preocuparse por la cuestión británica

Aquél fue un ejemplo de deslealtad espectacular a un histórico, fiel e importante aliado en la OTAN. Mostró una absoluta falta de respeto por las aspiraciones de los alemanes orientales que se manifestaban en las calles y votaban con los pies, que pronto iban a decir que la mejor forma de hacer realidad sus esperanzas de libertad -el valor político con el que más se identificaba Thatcher- era la unificación con un Estado alemán que ya era libre. Y fue además un acto muy torpe.

No estaba expresando sus preocupaciones en privado a un aliado occidental; estaba exponiéndoselas claramente al hombre que tenía el poder de detener la unificación alemana. El documento británico continúa: "El señor Gorbachov dijo que comprendía lo que quería decir la primera ministra. La Unión Soviética entendía muy bien el problema y quiso tranquilizarla. Ellos eran tan poco partidarios de la reunificación alemana como Gran Bretaña. Era útil que hubiera planteado el asunto y que la primera ministra y él supieran lo que pensaba cada uno de ellos sobre el tema".

La cosa no mejora si se piensa que François Mitterrand y los franceses estaban transmitiendo el mismo mensaje a Moscú. El asesor cercano de Gorbachov, Anatoli Cherniaev, que redactó el acta de la conversación con Thatcher, dice en su diario, el 9 de octubre de 1989, que el asesor de Mitterrand Jacques Attali "habló con nosotros sobre la reanimación de una sólida alianza franco-soviética, 'que incluya la integración militar, camuflada en el uso de los ejércitos en la lucha contra los desastres naturales". Chernaiev vincula ese acercamiento francés a los comentarios de Thatcher y llega a la conclusión de que "en resumen, ellos [es decir, los franceses y los británicos] quieren impedir esto [la unificación alemana] a través de nosotros".

En un seminario, con testigos de la historia, organizado la semana pasada en Londres por los historiadores del Foreign Office, Hans-Dietrich Genscher, ministro de Exteriores de Alemania Occidental en aquella época, reaccionó con una condescendencia espléndida. Por supuesto que conocía la oposición de la señora Thatcher, dijo, pero no le preocupaba mucho, porque sabía que mientras los alemanes tuvieran a los estadounidenses de su parte, los británicos acabarían entrando en razón. Es lo que ocurrió, por supuesto, pero, mientras tanto, Reino Unido desaprovechó un enorme volumen de buena voluntad en Alemania.

En ese mismo seminario, William Waldegrave, que en aquellos días era funcionario del Foreign Office, declaró sin reparos que aquel fue "uno de los episodios más lamentables en la historia diplomática británica". Y los documentos que acaban de salir a la luz muestran que el Ministerio, empezando por el entonces ministro Douglas Hurd, advirtió repetidamente (aunque no sin algún retoque de los jerarcas por el camino) que la ruidosa oposición de Thatcher era muy poco política, era un error y demostraba poca visión de futuro. Ésa es, sin duda, una de las razones por las que el Foreign Office se ha apresurado a publicar los documentos ahora, al cabo de sólo 20 años. Tras la caída del muro de Berlín, Hurd, Waldegrave y otros altos funcionarios y diplomáticos advirtieron en varias ocasiones sobre la locura que era poner un "freno ineficaz" a la unificación alemana.

A mí me resulta especialmente interesante leer la historia interna previa a lo que luego se conoció como "el seminario de Chequers", celebrado en marzo de 1990 y al que asistimos seis especialistas en historia alemana, yo entre ellos. Como de aquel famoso acto no existe más que un vívido, pero engañoso resumen realizado por el entonces secretario privado de Thatcher, Charles Powell, que provocó un escándalo cuando se filtró al público en Alemania, merece la pena volver a decir lo que otros participantes ya han declarado: el mensaje unánime de los historiadores presentes fue que había que apoyar la República Federal y confiar en que, como había demostrado a lo largo de 40 años, iba a ser capaz de llevar a cabo la unificación de Alemania en libertad.

Recuerdo un momento emocionante cuando el veterano historiador conservador Hugh Trevor-Roper, que había estado en Alemania inmediatamente después del final de la II Guerra Mundial, interrogando a responsables nazis para su clásico libro Los últimos días de Hitler, le dijo de pronto a la primera ministra algo así como que si alguien nos hubiera dicho en 1945 que había una posibilidad de tener una Alemania unida en libertad y que fuera un sólido miembro de Occidente, no nos lo habríamos creído. Así que no debíamos oponerle resistencia, sino darle la bienvenida.

Veinte años después, podemos ver todavía con más claridad que Trevor-Roper tenía razón y Thatcher se equivocó. Ninguna de sus pesadillas se ha hecho realidad. La Alemania unida no domina Europa, ni económicamente ni en ningún otro aspecto. Ni siquiera una grave recesión económica ha hecho que los electores alemanes voten a la extrema derecha. Cuando Angela Merkel anuncie su nuevo Gobierno será una coalición moderada, liberal-conservadora, de democristianos y demócratas liberales: el genuino modelo de una democracia centrista moderna. En vez de ser una fuerza imparable que empuja Europa hacia un super-Estado federal, como temía Thatcher, esta Alemania unida está mucho más cómoda siendo un Estado soberano que defiende sus intereses nacionales, como Francia, en las instituciones europeas y a través de ellas, pero no subsumida en ellas. Y la unificación alemana abrió la puerta a la unificación europea mediante la ampliación de la UE hacia el Este, que ha contribuido también a que sea imposible el super-Estado federal de la pesadilla euroescéptica de los tories.

Es cierto que, incluso en esta historia positiva de la Alemania unida, existen motivos de inquietud. Un sistema político diseñado inicialmente para impedir un regreso a las dictaduras ha desarrollado un sistema que tiene casi demasiados controles y equilibrios, lo cual dificulta llevar a cabo las reformas necesarias. La relación especial de Alemania con la Rusia autoritaria es un problema europeo. Sin embargo, todos los grandes Estados europeos plantean motivos de preocupación, entre otros, Gran Bretaña. Europa pasó muchas noches de insomnio por una cosa llamada "la cuestión alemana". Veinte años después debería preocuparse más por la cuestión británica.

Es en el Reino Unido donde el líder de un partido de extrema derecha, nacionalista y xenófobo, el Partido Nacional Británico, hace una polémica aparición en un programa importante de la BBC. Es Gran Bretaña la que tiene un Parlamento desacreditado, un caos constitucional, la erosión de las libertades civiles y un problema crónico de identidad. Es Gran Bretaña la que todavía no tiene claro adónde pertenece en el mundo ni qué tipo de país quiere ser.

Lo único indudable, entonces como ahora, es que Londres -como sabía el astuto Genscher- acabará haciendo lo que haga Washington. De modo que confío en que la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton hiciera una clara advertencia al responsable de Exteriores del Gobierno en la sombra de los conservadores, William Hague, cuando se entrevistaron en Washington esta semana, una advertencia parecida al mensaje que transmitió discretamente otra Administración de Estados Unidos hace 20 años: "No seáis estúpidos. No os marginéis de Europa". Pero qué ridículo y degradante es que tengamos que recurrir a los estadounidenses para convencer a los conservadores británicos de que se comporten como europeos más o menos racionales.

www.timothygartonash.com Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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