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Necrológica:

James Purdy, escritor maldito estadounidense

Quería que su arte fuera como la novela picaresca española

Si hay un calificativo que defina al novelista James Purdy, fallecido el pasado viernes, 13 de marzo, a los 94 años de edad en Nueva Jersey, es el de controvertido. Sus descaradas y provocadoras novelas, góticas en estilo y desencantadas en el fondo, suscitaron alabanzas de titanes de la escritura como Dorothy Parker, Susan Sontag o Gore Vidal. Según él mismo admitió, su arte quería ser como el de la novela picaresca española: seudobiográfica, oscura, compleja, irónica y realista a la vez.

Nacido en Ohio en 1923 y escritor desde edad bien temprana, se mudó a Chicago en su adolescencia, "sin estar preparado para la gran ciudad", según contaba. Su paso por esta ciudad marcó para siempre su carrera literaria, plagada de novelas cosmopolitas protagonizadas por personajes que proceden de oscuras atmósferas rurales. Prestó servicio en la II Guerra Mundial. Al colgar el uniforme, se dedicó a viajar y trabajar en el extranjero. Visitó México, Cuba y España. "Me enamoré de España y me impresionó profundamente la novela de Cervantes Rinconete y Cortadillo, sobre dos jóvenes pícaros en Sevilla. Me vi muy claramente reflejado en aquellos pícaros", escribió en un texto autobiográfico.

Intentó publicar algún relato, pero encontró negativa tras negativa. Finalmente, aunó sus mejores historias en un libro titulado No me llame por mi nombre, que le envió a la poetisa británica Edith Sitwell. Ésta le respondió por carta, diciéndole que los cuentos que había leído eran "obras maestras". "Gozan de una formidable y desgarradora calidad".

En aquel momento comenzó otra característica de su vida literaria: su total y absoluto desprecio por el statu quo de la ficción norteamericana. Al fin y al cabo, sus obras eran consideradas maestras en Europa e ignoradas en Chicago y Nueva York (vivía en Brooklyn Hights). "En lo profundo de mi alma yo pensaba que era un escritor con perspectiva y talento, pero en el mundo real de los editores me sentía como si no existiera, como si fuera un don nadie".

Su primera novela, Malcolm, publicada en 1959, es el cuento de un pícaro como los de Cervantes, un joven inocente en busca de una explicación a su vida, mientras cae en los brazos de una serie de personajes -un astrólogo, una reina del jazz, un agente funerario- en los que busca a su padre.

Su prosa ya se reveló difícil en aquella época, de lenguaje áspero y denso, llena de giros inesperados y aparentemente incongruentes. Avanzó en la misma dirección en otras obras en las que exploró ampliamente los motivos del deseo y las perversiones sexuales, como Cabot Wright Begins (1964) o Eustace Chisholm and the Works (1967).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 17 de marzo de 2009