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martes, 10 de febrero de 2009
Tribuna:

Crisis financiera, crisis global

La crisis económica está adquiriendo una dimensión realmente preocupante pues afecta, como siempre, a los más vulnerables. Su detonante fueron las hipotecas basura. El desarrollo de los acontecimientos ha demostrado que esta situación tan grave se ha debido a la gran cantidad de derivados financieros tóxicos que no tienen un valor real que los sustente, entre ellos los de las hipotecas basura. La contaminación se ha extendido a lo largo y ancho del mundo, en un mercado global cada vez menos regulado que sobrepasa las fronteras nacionales. La grave crisis del sistema financiero se ha trasladado a la economía real, que se encuentra con dificultades para conseguir créditos. Como consecuencia, lo que parecía en un primer momento que eran dificultades de liquidez, se ha puesto de manifiesto que se trata de un problema de solvencia.

Hay que plantearse otros modos de crecer y consumir en un sistema económico desigual y depredador

El sistema se benefició durante años de prácticas poco ortodoxas

Los economistas discutimos acerca de las causas que han provocado una crisis de esta envergadura y los factores que la han determinado, pero no llega a haber consenso. Al tiempo, recibimos reproches sobre la incapacidad manifestada por la ciencia económica para predecirla. Sobre esto me gustaría hacer algunas matizaciones.

Es cierto que no se habían realizado predicciones exactas sobre la posibilidad del estallido de la crisis, así como sobre la naturaleza de la misma y la duración que podía tener. No obstante, bastantes economistas habían advertido de los peligros que se vislumbraban con motivo de la expansión del mercado inmobiliario y del sistema financiero y las burbujas especulativas que se creaban en ambos mercados, de por sí bastante interrelacionados.

El estallido de esas burbujas era la crónica de una muerte anunciada, que los gobernantes no querían ver o preferían mirar hacia otro lado, pues siempre viene bien, cuando se gobierna, que la economía marche con crecimiento, sin plantearse las características de cómo se produce éste. Determinados economistas habían encendido las señales de alarma, aunque tanto los dirigentes políticos como de empresas se negaban a aceptarlo, debido a que consideraban que eran exageradas y se refugiaban, además, en el hecho de que la economía ortodoxa no contemplaba ningún peligro a la vista, sino meros ajustes o desaceleraciones que se tenían que dar pero que no revestirían excesiva importancia.

Frente al conformismo de la ciencia oficial existían estudios serios que ponían en guardia sobre los problemas que estaba suscitando la globalización financiera y el creciente desmantelamiento de los controles de regulación de los bancos y de otras instituciones bancarias y financieras. Con ello, además de las inestabilidades, incertidumbres y procesos especulativos que se generaban, se facilitaba el enriquecimiento excesivo de unos pocos, de forma rápida y fácil, al tiempo que se fomentaba la desigualdad internacional. Las operaciones de ingeniería financiera, los paraísos fiscales, las emisiones de bonos de alto riesgo sin control, contribuían a alimentar el mundo de las finanzas y su auge y hegemonía.

Entre los analistas que denunciaban esta situación y alertaban de los peligros se encuentran, entre otros, René Passet: La ilusión neoliberal (Debate, 2001) y Elogio de la globalización. Por una mundialización humana (Salvat, 2001); Françoise Chesnais: La mondialisation du capital (Syros, 1994); Gérard Duménil y Dominique Lévy: Crisis y salida de la crisis. Orden y Desorden neoliberales (Fondo de Cultura Económica, 2007); Ángel Martínez González-Tablas: Economía política mundial II. Pugna e incertidumbre en la economía mundial (Ariel, 2997), y John Eatwell y Lance Taylor, que escribieron hace años un libro con un título muy esclarecedor: Finanzas globales en riesgo. Un análisis a favor de la regulación internacional (Siglo XXI, 2005). También los premios Nobel Stiglitz y Krugman. Por su parte, el poskeynesiano Hyman P. Mynsky (Las razones de Keynes, Fondo de Cultura Económica, 1987) escribió en 1976 sobre lo errático que resultaba no tener en cuenta en el análisis keynesiano la incertidumbre, el riesgo y la especulación como características básicas del sistema financiero. A su vez, tanto Kindleberger, Manías, pánicos y cracs. Historia de las crisis financieras (Ariel, 1991), que estudió la historia de las crisis financieras, como Galbraith en Breve historia de la euforia financiera (Ariel, 1991), nos enseñan lo que ha sucedido en tiempos pasados y no ha servido, por lo que parece, para aprender lo suficiente y establecer los controles necesarios para que el sistema financiero no se encuentre sometido a esos procesos especulativos que acaban en una crisis. Si se me permite, yo mismo durante los últimos años vengo escribiendo en distintas revistas acerca del riesgo de este crecimiento descontrolado e irregular de la economía de mercado.

Por tanto, no estamos ante hechos nuevos, sino ante acontecimientos que se han repetido a través de la historia del capitalismo. En este caso, además, agravados por una globalización que ha ido en dirección contraria a las recomendaciones que nos enseña la historia y nos señalan Mynsky y los autores mencionados.

Ésta es una crisis financiera que tiene similitudes con otras anteriores, pero que tiene asimismo elementos diferenciadores, propios de la fase del capitalismo en la que nos encontramos.

Es importante señalar que la crisis no es el resultado de equivocaciones de políticas económicas, aunque ha podido haberlas, pero que por sí solas no explican la gravedad de lo que está aconteciendo, ni tampoco de malas prácticas de los gestores y directivos de los fondos de inversión y de los bancos, que también se han producido, así como de las estafas practicadas bajo la ley de la selva, que han encontrado un caldo propicio para desenvolverse, sino que la crisis es el claro resultado de un modelo de crecimiento inadecuado.

De manera que los datos, cuando anunciaban que todo iba bien en los últimos años, en los que se estaban dando tasas de crecimiento muy elevadas, no reflejaban la realidad pues en ellos mismos estaban sembradas las semillas de la destrucción. Era un crecimiento que favorecía las desigualdades y aniquilador del medio ambiente.

Los años de expansión y de euforia se elogian en exceso por las personas que tienen en su mano la toma de decisiones, que tratan de inculcar su visión a toda la sociedad con el apoyo de los poderosos medios de comunicación y de una buena legión de académicos que les aplaudían. Pero al final han conducido a una catástrofe de consecuencias incalculables.

Lo que algunos han enunciado como crisis financiera es mucho más que eso: es una crisis global, pues supone el agotamiento de un modelo de crecimiento que modifica el equilibrio ecológico, que también afecta a los alimentos, la energía y que ha sido incapaz de combatir la pobreza, el hambre y la exclusión social, aunque haya venido acompañado todo ello de progresos indudables. Pero aun así, las privaciones y los costes a pagar son demasiado elevados para sentirse satisfechos en una situación en la que la prosperidad de una minoría de la población mundial se asienta en el sufrimiento de tantos.

En definitiva, el sistema financiero ha engordado y se ha beneficiado durante años basándose en prácticas poco ortodoxas en las que ha predominado el enriquecimiento rápido y fácil. A su vez, las instituciones financieras son un instrumento del propio sistema para conseguir superar las crisis de sobreproducción de las que hablaba Marx.

Esta crisis no se puede solucionar sólo con medidas de política económica, sino que es necesario plantearse otros modos de crecer y consumir. No estamos solamente ante una crisis financiera sino ante algo mucho más profundo: un sistema económico mundial desigual y depredador de la naturaleza.

Ante esta situación, es importante afrontar el futuro con un reequilibrio de fuerzas, pero esta cuestión merece ser desarrollada en otro posible artículo.

Carlos Berzosa es catedrático de Economía Aplicada y rector de la Universidad Complutense de Madrid.

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