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miércoles, 21 de enero de 2009
Reportaje:

El último minero del volframio

Vivenda rehabilitará el cine, la iglesia y la escuela del viejo poblado de O Fontao

"Aquí murió mucha gente", cuenta Amable Brea, el último minero de O Fontao, en Vila de Cruces. "Por caídas siempre. En los pozos por los que se subía el mineral que sacábamos bajo tierra. En nómina estábamos 300, pero éramos 1.000 hombres. Venían de toda España. Muchos como presos políticos. Venían castigados, pero estaban encantados. Lo pasaban fenomenal, y luego quedaban a vivir porque se echaban novia".

"Novia o novias", corrige al lado de Amable un representante de la Xunta, que ha venido con la conselleira de Vivenda. "Novia o novias que, en tiempos del volframio, en O Fontao se movió mucha pasta y vinieron a trabajar las putas más caras de España".

Los primeros que explotaron esta mina, que hoy ocupa cerca de 40 hectáreas, fueron los ingleses, en la segunda mitad del XIX. Luego llegaron los franceses, y fundaron la Société des Étains de Silleda, porque lo que entonces interesaba de O Fontao era el estaño. "El wolfram se regalaba. Nadie le puso precio hasta la II Guerra", explica Amable, que se jubiló en 2000 después de trabajar 48 años para la familia Cort, propietaria de la mina desde que se la expropió Franco a los galos.

"Aquí venían a trabajar las putas más caras de España"

Tenían un cine más grande que los de las ciudades, con 350 butacas

Los nazis necesitaban el volframio para endurecer los cañones. Pagaban bien, y en la comarca no se conoció la miseria de postguerra. Alcohol, comida, prostitutas, qué más se podía pedir. Pues sí que se pidió más: la empresa, originaria de Alicante, tendría que construir para sus mineros un pueblo de verdad y borrar de la faz de la montaña esos barracones "del Oeste" en los que estaban viviendo. Hasta entonces, el único que dormía caliente era el director. Su imponente caserón, engarzado en el alma de la mina, todavía conserva unos baños como no se habían visto en las mejores casas de Galicia.

El pueblo de O Fontao se inauguró en 1956 y ya sólo se habitó hasta 1974, cuando se clausuró la última brecha a cielo abierto. El ritmo de la cantera había mermado mucho desde el 63, cuando se abandonó la explotación bajo tierra y se cerraron las tres bocaminas. César Cort Gómez Tortosa, hermano de Juan Luis, el jefe supremo del lugar, era un arquitecto militante del movimiento moderno. Con el pontevedrés Basilio Bas, proyectó una urbanización como las que se hacen ahora, con todos los equipamientos. Adosados, cubiertas planas, aprovechamiento inteligente de la luz. A la vanguardia de lo que se hacía en Europa. Ayer, la conselleira Teresa Táboas anunció que CC-Cartuja va a empezar a rehabilitar los edificios de uso colectivo por 1,7 millones de euros, después de que la Xunta del PP recuperase 79 viviendas, hoy todas ocupadas por inquilinos que tienen por casera a la Administración. Táboas no dejaba de sorprenderse por lo avanzado de la arquitectura. "Hasta decoraban las paredes con helechos secos". Los suizos Herzog y Meuron, autores del nuevo Estadio Olímpico de Pekín, usan hoy este sistema de estampación con elementos vegetales. Por ejemplo en la fábrica de Ricola.

Los propios mineros se encargaron en los 50 de fabricar los bloques de cemento y las baldosas. Se levantaron 128 viviendas, locales sociales, una escuela, la casa del maestro, una granja, un cine más grande que los que había en las ciudades (350 butacas), y una iglesia que todavía sorprende. "Aquí estaba el Santísimo, y allí el agua bendita", recuerda Amable mientras recorre las ruinas del templo. "Era increíble la luz que había aquí dentro, y lo mejor era que no sabías de dónde venía. El tío [César Cort] puso las ventanas orientadas al altar, pero de tal manera que desde los bancos no se veían. En lo único que falló fue en las cubiertas planas: en Galicia llueve demasiado". El viejo minero se acuerda aún del día en que llegaron, todavía enanos, los enormes cedros que mandó traer Cort "de Navacerrada". Amable, además de extraer mineral, era el encargado del cine. En el proyector, una enorme máquina OSSA 60 que funcionaba con electrodos de cobre y carbón, viven ahora unos mirlos. Encima del nido, cuelga un tramo retorcido de película.

Cuando cerró la mina, Amable siguió trabajando para la empresa de la familia alicantina, Oberon, SL, que explota dos minicentrales en el Deza y en el Toxa. Al jubilarse, su hijo Miguel heredó el puesto, y hoy es, junto a un compañero oficinista, el único empleado que le queda al imperio Cort en la comarca. Miguel anda con un sonajero de llaves y tiene que vigilar que nadie entre en la mina abandonada. Una inmensidad de terreno que la Xunta quiere comprar y los Cort no quieren vender.

Vista de las 79 viviendas del poblado minero rehabilitadas hace cuatro años, en tiempos del PP, por la Xunta. / ÓSCAR CORRAL

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