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sábado, 10 de mayo de 2008
Crítica:ARTE | Exposiciones

Resistencia pacífica

El combativo Benjamin H. Buchloh hablaba una vez de una cierta neovanguardia como lugar propicio a los "procedimientos alegóricos", dominados por la apropiación y el fragmento, como los que Walter Benjamin había reconocido en el universo del barroco. En otro momento invocaba la sonrisa de Gerhard Richter mientras éste le confirmaba, a instancias del propio historiador, la vigencia de la pintura. Es curioso, pero estas cosas parecen venir a propósito del trabajo de alguien tan distante del mundo de October como el artista del que aquí se trata.

De hecho, Manuel Sáez (Castellón, 1961) no sólo no ha dudado nunca de la pintura, ni en broma, sino que ahora presenta 75 dibujos realizados -durante estos últimos dos años- casi a título de pinturas. En ellos se hace más evidente que nunca la orientación fragmentaria y alegórica de sus imágenes: son objetos comunes, pero aislados, enfáticamente singularizados, trabajados con detalle; volumétricamente cuidados e iluminados. Son alegorías en la medida en que no significan lo que se ve en ellas, ni se ve lo que significan. Desde luego, la piedra de toque la pueden constituir sus numerosos auriculares telefónicos -de época- sin teléfono propiamente dicho (aunque también aparecen un par de móviles), o ciertas herramientas o utensilios de cocina, o artilugios más o menos enigmáticos. Hay además algún paisaje, algún que otro mueble, a veces descolocado, y hasta algún trozo bien trazado de cuerpo femenino. No es neosurrealismo lo que hace, aunque a veces lo parezca; ni es tampoco neopop. No es pintura o dibujo conceptualista, aunque sea conceptual e inteligente. Es, de algún modo, una pertinente llamada a la resistencia pacífica en el mundo del arte autónomo.

Manuel Sáez

Sala Parpalló. Alboraia, 5. Valencia

Hasta el 15 de junio

En su mayor parte, la muestra se compone de obras en grafito sobre papel. Todas ellas, por cierto, de 50×70 centímetros. Supongo que porque así se facilita el artista el control sobre el dibujo. Y porque esa uniformidad de cada pieza refuerza la idea de la que nace. Y, en cuanto al uso del grafito, porque, como dice Sáez, "el color puede ser un estado mental": algo que no es preciso explicitar demasiado. Ahora bien, dibujar con un lápiz, y con tanto empeño, podría considerarse algo antiguo. Pero tal vez valga la pena insistir en ello.

En efecto, el autor viene a decir asimismo que lo malo del arte ligado a las nuevas tecnologías es que envejece prácticamente enseguida (como las nuevas tecnologías, que hay que actualizar cada semana), mientras que el dibujo a lápiz, mira por dónde, es en sí mismo técnicamente perfecto y, por tanto, está ahí para quedarse. Y lo que uno puede preguntarse es esto: ¿cómo es que esa especie de neovanguardia, un tanto neobarroca antaño preconizada por el a veces lúcido Buchloh -con su eventual fijación en el fragmento, la apropiación y la alegoría-, puede servirse de cosas tan antiguas como el lápiz sobre papel? Pero si puede, ¿por qué no hacerlo? Estoy casi seguro de que el propio Benjamin lo hubiera aprobado. Si es que he entendido bien lo que dijo sobre el barroco... En cualquier caso, Manuel Sáez tiene de barroco lo que Baltasar Gracián, salvando las distancias. Él pinta -o dibuja- como si la historia no tuviera sentido. Aunque, en el fondo, él sabe que sí lo tiene. Sólo que -como sugería Kafka- no para nosotros...

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