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viernes, 28 de marzo de 2008
COLUMNA

La ventaja de hacer política

El principal problema del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero en la pasada legislatura fue... el Gobierno. Salvadas algunas honrosas excepciones, el Gabinete fue en su conjunto bastante amorfo, falto de peso político y de carácter. El presidente del Gobierno optó por un funcionamiento muy personalizado, de forma que no existió prácticamente otra voz que la suya propia, referencia ineludible y exclusiva en todos y cada uno de los problemas de índole política que se fueron planteando a lo largo de los cuatro años.

Fuera por vocación, falta de capacidad o, más probablemente, por imposición y control del propio Rodríguez Zapatero o de los vicepresidentes María Teresa Fernández de la Vega y Pedro Solbes, poco dados a repartir juego político, la realidad es que los ministros, en general, ofrecieron una imagen pública casi exclusivamente técnica, desprovista de liderazgo y, desde luego, ausente en todo lo que fuera opinión sobre el gobierno del Estado.

En la pasada legislatura los ministros ofrecieron una imagen técnica desprovista de liderazgo y de opinión

En esta segunda legislatura, el presidente del Gobierno tiene que decidir si abre el juego e incorpora a ministros con experiencia política, pesos fuertes, capaces de ocupar una parte del escenario público o si opta por repetir el modelo, reservándose para sí, casi en exclusiva, el espacio político. Las dos opciones tienen ventajas e inconvenientes.

Por el momento, la única noticia confirmada es el nombramiento de José Antonio Alonso, como portavoz parlamentario, y de Ramón Jáuregui, como secretario general del Grupo Socialista en el Congreso. Se trata de dos personas que, precisamente, hubieran podido aportar su experiencia política al nuevo Gabinete y que tendrán que adaptar esa capacidad a su nuevo cometido.

Sea cual sea, el nuevo Gobierno va a arrancar con una extraña etiqueta de provisionalidad, que ya le han colocado muchos dirigentes del propio Partido Socialista. Quizás porque esperan un Gabinete de continuidad y se adelantan a ese excesivo continuismo, o porque disponen de información interna, lo cierto es que proliferan las voces de quienes anuncian públicamente que este Gabinete, todavía sin nombrar, tendrá una vida corta, de dos años o, incluso, menos. La mayoría señala la presidencia española de la Unión Europea, en 2010, o la hipotética retirada de Pedro Solbes en las mismas fechas, como el momento para efectuar una gran remodelación que dé paso a una segunda etapa, más novedosa. Especulaciones de este tipo se suelen producir a mitad de cualquier legislatura y con cualquier Gobierno; lo chocante en esta ocasión es que están circulando antes incluso de que se produzca el anuncio formal de la composición del nuevo Gabinete.

Choca también porque se supone que el Gobierno que finalmente nombre Rodríguez Zapatero va a tener que hacer frente a una crisis económica de alcance todavía no bien valorado y duración indeterminada. Una crisis que afectará indiscutiblemente a las entidades que han prestado dinero para el gran boom inmobiliario de los últimos años, es decir no sólo los bancos sino muy especialmente las Cajas de Ahorro, que han desplegado una enorme actividad en la financiación de las empresas constructoras.

Todos los especialistas auguran, pues, una crisis con aumento del paro y de las tensiones sociales, con empresas menos proclives a acuerdos colectivos y con un Ministerio de Hacienda menos generoso a la hora de pactar financiaciones extraordinarias, obligado como está a poner en marcha presupuestos con un margen de gasto más reducido y a lanzar rápidamente un paquete de reactivación que haga frente al desplome de la construcción. Para colmo, la mayoría de las legislaturas que tienen que hacer frente a situaciones económicas difíciles se transforman también en legislaturas complicadas desde el punto de vista de la financiación autonómica. En este caso, además, la crisis va a coincidir con la puesta en marcha de varios estatutos nuevos, con diferentes baremos y mecanismos de cálculo.

Precisamente en esas circunstancias es cuando más se agradecen Gobiernos con ministros con personalidad propia, pesos pesados capaces de comunicarse con los ciudadanos. La mayor parte de las veces, cuando un partido político o un Gobierno se queja de su incapacidad para comunicarse con el ciudadano o para transmitirle el balance de su gestión se debe no tanto a la falta de portavoces adecuados como, simplemente, a la falta de suficientes personalidades que hagan política. El trabajo fundamental recae, como es lógico, en el presidente del Gobierno. Pero nadie dice que tenga que ser algo absolutamente exclusivo. solg@elpais.es

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