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sábado, 29 de septiembre de 2007
Reportaje:ESCAPADAS

El lujo de pasear por Niza

La elegante ciudad balneario, epicentro de la Riviera francesa

Su luz enamoró a Matisse, y su 'glamour', a Hitchcock. Dalí, Ava Gardner, la reina Victoria y Nietzsche son otros visitantes ilustres que convirtieron este enclave mediterráneo en símbolo del turismo más exquisito.

La perla de la Costa Azul, el epicentro de la Riviera francesa, ubicada entre Cannes y Montecarlo y a pocos kilómetros de la frontera italiana, enamoró con su luz a Matisse, con su glamour a Hitchcock y con su clima templado a ricos turistas de todo el mundo, que han convertido Niza en un balneario único: una rutilante urbe que se vuelca sobre una larguísima playa de un azul resplandeciente.

El paseo de los Ingleses separa la playa de los refinados edificios que miran a la magnífica bahía de los Ángeles (cuyo nombre se debe a unos enormes peces, Squalina angelus, que allí proliferaban antes de la irrupción del tráfico marítimo): hoteles sobrados de estrellas, casinos, restaurantes caros y villas decimonónicas.

Sorprendentemente, la playa no es de arena, sino de piedras pulidas por las mareas, lo cual no es obstáculo para que por la noche se anime con jóvenes que agitan en el aire bolas de fuego, inmigrantes haciendo algo parecido al botellón o parejas que se achuchan sin pudor.

Durante el día, hasta los pescadores se atreven a lanzar sus anzuelos al Mediterráneo, y una veintena de restaurantes privados ofrecen -de abril a octubre, además de la inevitable ensalada niçoise- sombrillas, duchas (alguno, incluso jacuzzi) y alfombras hasta la misma tumbona. Son siete kilómetros playeros salpicados de pérgolas, toallas y terrazas.

Y de sonido de fondo, cada pocos minutos, el ronroneo de los aviones que aterrizan en el aeropuerto (el segundo más frecuentado de Francia), levantado a orillas del mar en su extremo derecho.

En el izquierdo, siempre mirando al agua y junto al bullicioso casco antiguo, se levanta la florida colina del Castillo, de 90 metros de altitud, perfecto refugio del calor estival con su cascada, y desde cuya elevada posición se disfruta de una panorámica inigualable: toda la bahía de los Ángeles, el paseo de los Ingleses y hasta los Alpes marítimos. Al otro lado de este promontorio se oculta el recogido y masificado puerto, con su faro y la iglesia de la Inmaculada Concepción, cuya estatua bendice a los marinos nizardos que parten mar adentro.

19 museos

Pero no todo es mar en este balneario mundialmente famoso, pues es, después de París, la segunda ciudad francesa que más museos alberga (19 en total, con el de Matisse a la cabeza, seguido del de Chagall y el de Arte Moderno), y entre sus calles se encuentran interesantes muestras de arquitectura de distintos siglos, como el Palacio de Justicia (al lado del Cours Saleya, colorido epicentro turístico, con sus terrazas y mercado de flores, todos los días desde las seis de la mañana hasta las cinco y media de la tarde, excepto domingos al mediodía y lunes, que muta en rastrillo de antigüedades), el Palacio de Prefectura (del siglo XVII), la majestuosa Ópera, de estilo segundo imperio francés, levantada en 1885 sobre las ruinas del incendiado teatro municipal, o la capilla de la Misericordia, de 1740.

Y es que hay una Niza neoclásica, repartida en los aledaños del Bulevar de Jean Jaurès; otra, barroca (la del casco antiguo); otra, belle époque -la iglesia rusa o el palacio Masséna-, y otra, definitivamente art déco, como el monumento a los Muertos -junto al puerto-, el hotel Albert I o el mismísimo Ayuntamiento.

El casco antiguo de la ciudad, a escasos metros de la playa, permite pasear entre estrechas calles de fachadas ocres y rosadas que recuerdan mucho a los edificios de la vecina Italia. Sus terrazas animadísimas por la noche, los artistas que ahí habitan y las flores de las ventanas definen un microcosmos sobrado de encanto.

Paseo de los Ingleses

Pero, sin duda, la estrella de Niza es su renombrado paseo de los Ingleses, esa megaplaya urbana que recuerda por su animación a otras tan célebres como las de Copacabana, en Río de Janeiro, o La Concha, en San Sebastián. Su nombre se debe a que, allá por 1763, una buena hornada de acaudalados ciudadanos británicos, encabezados por el escritor escocés Tobias Smollett, huyendo de las brumas y los inviernos londinenses, se instaló en la siempre soleada bahía de los Ángeles, cambiando para siempre su fisonomía y llenándola de glamour y refinamiento.

Un enclave magnífico que con su juego de luces inigualables hechizó a Matisse en 1916. El artista se instaló en calles cercanas y no abandonaría Niza hasta su muerte. Otro maestro, éste del cine, Alfred Hitchcock, ambientó en este escenario único el suspense de Atrapa a un ladrón, con Cary Grant y una bellísima Grace Kelly que pronto se convertiría en la señora soberana del vecino principado de Mónaco.

Pero no han sido éstos los únicos ilustres visitantes fascinados por Niza: Chéjov, Dalí, Ava Gardner, Thérèse Martin, la reina Victoria, Marc Chagall y hasta Nietzsche, quien buscó aquí alivio a sus dolores de cabeza, y describió sus días como de una belleza insolente, y sus inviernos, de una perfección sin mácula.

Por eso no resulta extraño que Niza haya engordado con el tiempo su fama de lugar de veraneo de gente guapa y aristocrática, título que atesora desde que en 1860 se anexionó a Francia. Así, con tanta visita ilustre y lo que éstas acarrean, Niza se ha aupado, con su medio millón de habitantes, en el quinto puesto de las más pobladas urbes de Francia.

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