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domingo, 2 de septiembre de 2007
Reportaje:

En ruta con los niños esclavos

En un paupérrimo y remoto poblado de Benin, el futuro no prometía nada bueno a Joachim (10 años), Emmanuelle (12) y Samuel (16). Pero lo peor estaba por llegar: vendidos por apenas 50 euros (todo el lote), un traficante de niños esclavos los condujo a los campos de trabajo de Costa de Marfil. EL PAÍS los acompañó en su ruta por África Occidental

El tráfico de niños esclavos sigue vigente en África en pleno siglo XXI. Las ricas plantaciones de cacao de Costa de Marfil son un reclamo para los países más pobres del oeste de África. Lo ilustra esta historia en dos capítulos: el primero, en mayo; el segundo, en agosto. Una historia como tantas, la de un traficante que compró dos niños y un adolescente a sus padres en el poblado de Dehounta, en Benin. El precio: apenas 50 euros. Atravesaron en autobús tres países del golfo de Guinea hasta llegar a Costa de Marfil. Su vida está ahora en manos de los capataces del cacao, como hace dos siglos los negreros eran dueños de la vida de millones de personas en el continente maldito.

"Estoy contento", dice Samuel. "Mejor aquí trabajando que en mi pueblo pasando hambre"

Por los pequeños, el traficante pagaba 10.000 francos (unos 15 euros). Por el mayor, 15.000

Agustin, el negrero, tiene 35 años y muchas cicatrices. Él fue también un niño esclavo

12 de los 35 viajeros cruzaron ilegalmente de Ghana a Costa de Marfil, con ayuda de las mafias

"Ha llegado el autobús para llevarse a los chicos a Costa de Marfil". La consigna corrió como la pólvora por Bohicon, en Benin. En los poblados más alejados de la ciudad lo sabían. En las chozas a orillas del río Ouémé lo sabían. En las cabañas de los suburbios, entre mosquitos y cloacas, estaban de vuelta.

El autobús estaba aparcado discretamente en un barrio de la ciudad, al otro lado de la vía del tren. Lassau, el conductor, llevaba dos días esperando pacientemente el momento de encender el motor. Sería esa misma noche... lo más tardar al día siguiente. El trabajo era ahora para Agustin, el traficante de niños esclavos.

Bohicon es una ciudad mediana, de unos 150.000 habitantes. Es una parada obligatoria en la ruta que une Cotonou con el norte de Benin. Entre el río Ouémé, que baja por el este, y la frontera con Togo, al oeste, hay centenares, quizá miles, de poblados condenados a la miseria más absoluta.

Agustin estaba en esos momentos en uno de esos poblados, Dehounta, reunido con el Consejo de ancianos y padres. A la sombra de un árbol, les contaba que necesitaba chicos de la aldea "para trabajar en un proyecto de cooperación internacional en Costa de Marfil". Era una manera eufemística de llamarlo. Realmente estaba comprando dos niños y un chico para explotarlos en las plantaciones de cacao marfileñas. Por los dos más pequeños pagaba 10.000 francos (unos 15 euros). Por el mayor, algo más: 15.000.

Benin es uno de los países más pobres del mundo, y a la pobreza se une el estigma del tráfico infantil. La poligamia está en el origen del problema. Hay hombres mayores en el poblado de Dehounta que tienen hasta cinco mujeres, y con cada una, una media de cinco hijos. Lucien Houmenou, con más de 20 hijos malviviendo en mitad de la nada, vendió a uno de ellos. "Yo estoy de acuerdo con entregarte a mi hijo, pero tiene que estar de vuelta dentro de tres años y traer dinero a casa", le había dicho a Agustin en la asamblea.

Emmanuelle Houmenou nunca había ido a la escuela. Los días de mercado ayudaba en Kpokissa a su madre, y a su padre en el campo de maíz y en lo que fuera. Justine no quería enviarlo a Costa de Marfil, pero su marido ya tenía los 10.000 francos en el bolsillo y el consentimiento del Consejo del poblado.

Agustin había dejado el coche en un lugar discreto a unos dos kilómetros de Dehounta, porque una cosa era ser traficante, y otra muy distinta, pasear a los niños por el poblado a la vista de todos. Al caer la tarde, sin despedirse de nadie, ni de sus padres, Emmanuelle, de 12 años, caminaba descalzo por un sendero de arena rojiza y con una bolsa de plástico en la mano. Le seguía Samuel Anedé, el mayor, de 16 años, y cerrando la comitiva, al lado de Agustin, iba Joachim Nadja, el más pequeño, de 10 años, también descalzo. Les escoltaban dos jóvenes del poblado.

Hasta Bohicon hay una larga ruta de tres horas por un camino de tierra, maltratado por el chaparrón que había caído esa tarde. A finales de mayo, esas tormentas anunciaban la llegada de la época de lluvias; en pocas semanas, el río Ouémé se desbordaría y lo anegaría todo. Al llegar a Bohicon ya era de noche y había un control de la policía a la entrada de la ciudad. El coche de Agustin cruzó por entre una pila de ruedas de coches y una valla, sin que nadie reparara en él. Todo el mundo en la zona sabe a lo que se dedica Agustin, y si le descubrieran trayendo a tres niños sin papeles de los poblados, iría a la cárcel.

El autobús salió de Bohicon a medianoche. Iban en total 35 viajeros, la mayoría jóvenes sin papeles, sin dinero y con escaso equipaje, que iban a trabajar al menos tres años en las plantaciones de cacao y café marfileñas. Uno de esos jóvenes se llevaba a dos de sus hijos y a un niño más, que le había entregado un convecino.

Los tres niños de Agustin viajaban en la parte delantera del autobús, en silencio, ajenos al futuro que les aguardaba. La carretera hacia Togo estaba infestada de controles policiales. Conté hasta nueve en un recorrido de 200 kilómetros. Isidoro y Bertin, los convoyeurs, los ayudantes del conductor, se turnaban para bajar y soltar algo de dinero a los gendarmes, 2.000 o hasta 5.000 francos, para que les abrieran el paso.

A las cinco de la madrugada, el autobús estaba en la frontera de Togo. Los convoyeurs abrieron las puertas y todo el mundo recorrió a pie los cien metros que había entre los dos controles policiales. Quizá por la hora, o tal vez porque no le interesa a nadie el tráfico de niños, lo cierto es que ni la policía de Benin ni la de Togo pidieron papeles.

En una hora, el autobús estaba en marcha de nuevo. Desde la frontera hasta Lomé, la capital de Togo, que está en el límite con Ghana, hay unos cincuenta kilómetros. Había que estar preparado para cruzarla a las siete de la mañana, que es cuando se abre el paso fronterizo y una multitud de gente de Togo pasa al otro lado.

Una vez en territorio ghanés ya no había prisa, se podía descansar durante toda la mañana. Algunos viajeros se tomaban un nescafé y pan con mantequilla en un maquis, uno de los famosos puestos callejeros de comida que hay en cualquier esquina de África del Oeste. Otros aprovechaban que el autobús estaba vacío para estirarse en los asientos y echar una cabezada. Agustin se llevó a los niños al mercado de Aflao a comprar sandalias de plástico para sus pies descalzos, unas piñas y unos mangos. El sueño de Samuel, el mayor, era comprarse un teléfono móvil como el de Agustin. "Te lo podrás comprar cuando ganes dinero en Costa de Marfil", le dijo éste.

Agustin tiene 35 años y muchas cicatrices en la piel, que no en el alma. Él también fue un niño esclavo en Costa de Marfil. Su padre le vendió a los 15 años al primer traficante que pasó por su poblado. Mi trato con él era que podía acompañarle durante el viaje, pero sin fotos ni datos que le identificaran.

Quien haya viajado en transporte público por el golfo de Guinea sabe que un vehículo no tiene un aforo limitado de pasajeros. Viajan los que caben. Y en el autobús de los niños esclavos iban muchos más de los que cabían. Cada dos asientos iban tres pasajeros; las bolsas por el suelo no dejaban espacio para apoyar los pies y, además, los asientos del pasillo que son para casos de emergencia iban también ocupados. Desde la parte delantera sólo se veían cabezas apiñadas y somnolientas por el calor y el cansancio. No se oían conversaciones, sólo el ruido del motor y las ruedas saltando baches.

A Emmanuelle le podía el cansancio y apoyaba su cabeza dormido sobre un hombro de Samuel. El mayor de los chicos adoptaba un papel protector de sus dos compañeros. Se le veía compartir la comida con ellos, les buscaba espacio para tumbarse en los asientos en las paradas, incluso llegó a enfrentarse una vez a Agustin porque llevaban horas sin probar bocado. "Cuando volvamos al poblado le diré a mi gente que no nos estás tratando bien", le soltó al pasar la frontera de Ghana. Agustin no se dejaba intimidar fácilmente, pero quizá fue en ese momento cuando decidió comprarles las sandalias a los más pequeños.

Al pasar Accra, la capital de Ghana, se hizo de noche. El conductor, Lassau, estaba cansado. Iban a pasar la segunda noche en una gasolinera entre Accra y Elmina. Los que podían cenaban algo. La mayoría viajaba con lo puesto, es decir, ni un franco en el bolsillo. Agustin compró pan y unas latas de sardinas y preparó unos bocatas. En un maquis cercano había una televisión y un grupo de 15 o 20 personas se arremolinaban para ver el partido Milan-Liverpool. Los niños ya estaban durmiendo en el autobús. Poco a poco, los pasajeros fueron buscando su sitio tumbados en el arcén o en la playa. La noche era oscura y sofocante.

Cruzar a Costa de Marfil no iba a ser fácil. El país estaba enterrando una guerra civil de cinco años y las carreteras se encontraban atestadas de soldados con Kaláshnikov y malas pulgas. Los convoyeurs lo tenían todo previsto. Habían conseguido en Abiyán, la capital económica del país, una acreditación para el autobús, en la que ponía "convoy de ayuda humanitaria". Pero había un problema: la lista de pasajeros que tenían los gendarmes de la frontera era de 25 personas, y en el autobús iban 37. Isidoro agrupó a los 12 que no estaban en la lista, incluidos Agustin, los niños y yo mismo. Contactó con las mafias que se dedican a pasar indocumentados de Ghana a Costa de Marfil y, a cambio de 20.000 francos, nos cruzaron en tro-tro, una furgoneta, de noche por senderos en la selva.

Mientras tanto, el otro convoyeur y el chófer buscaban protección en el puesto de gendarmes de la frontera marfileña. Estaban dispuestos a pagar hasta 45.000 francos -69 euros- por un coche policial que escoltara al autobús hasta Meayí, el corazón de las explotaciones de cacao del país. Era bastante dinero como para que el brigada del puesto dejara pasar una oportunidad así.

Al mediodía del jueves, un cuatro por cuatro con dos gendarmes se ponía en ruta, escoltando al autobús. En Aboisso, los 12 del tro-tro subimos de nuevo al autobús. Cuando los gendarmes descubrieron la maniobra montaron en cólera, pero todo formaba parte del teatro de gestos de África, sabían que al llegar al destino podrían sacar un dinero extra por los 12 ilegales.

Era la última jornada de la ruta y la más peligrosa porque hasta Meayí quedaban 800 kilómetros y decenas de controles militares. A la entrada de cada ciudad se escenificaba la misma historia. Bajaban los dos gendarmes con la lista de pasajeros en la mano y el certificado que acreditaba al convoy de ayuda humanitaria. Saludaban a sus colegas y a los pocos minutos se abría la barrera y el autobús seguía su marcha.

A las seis de la mañana del día siguiente, 25 de mayo, a punto de amanecer, el convoy llegó al final del viaje. Un hombre de mediana edad y amplia sonrisa esperaba a los pasajeros. Joseph Houpan se presentaba a los gendarmes como "el jefe de los benineses de Meayí". Él era la persona que había enviado el autobús a Benin para traer a los inmigrantes sin papeles. Tenía muchos contactos entre los capataces marfileños y ahora iba a entregarles la mano de obra que necesitaban para la cosecha que se avecinaba.

Joseph estaba pletórico y no dejaba de dar instrucciones. Abrió las puertas de algo parecido a una oficina, al lado de la mezquita. No paraba de lanzar mensajes por teléfono. "El autobús de Benin ya ha llegado", repetía en francés. A lo largo de esa mañana fueron llegando capataces agrícolas a bordo de sus pick-ups. Los viajeros del autobús mataban el tiempo tumbados enfrente de la oficina. La ceremonia se repetía hasta que no quedó nadie: el capataz elegía dos, tres...; alguno, hasta cinco jóvenes; le pagaba a Joseph 35.000 francos por cada uno -el precio oficial del billete del autobús- y se largaba con la gente en el furgón. Con el dinero recaudado, Joseph haría cuentas con el conductor y los convoyeurs y les daría su parte acordada a los gendarmes. El resto, aseguraba que unos 40.000 francos era lo que él sacaba por sus servicios.

El trato con los capataces era sencillo: cada inmigrante trabajaría el primer año para pagar los gastos del pasaje; el segundo año podrían ahorrar algo de dinero -poco, porque del escaso salario se descontaba la comida y el alojamiento-, y al tercer año ya tendrían para pagarse el viaje de vuelta y regresar a casa con unos miles de francos en el bolsillo.

Los niños de Agustin no entraban en la puja de los capataces porque él ya se había encargado de subastarlos desde Bohicon. A media mañana llegó un hombre de mediana edad al que Agustin llamaba Monsieur Essay. Saludó a Agustin y subió al autobús a ver a los chavales. A los pocos minutos bajó y le dio a Agustin su dinero (120.000 francos en billetes de 10.000). El trato era que si los chicos funcionaban bien, Agustin podría volver al cabo de un año a cobrar un dinero extra.

Tres meses después, a mediados de agosto pasado, regresé a Costa de Marfil tras la pista de los chicos de Agustin. Les localicé en el poblado de Lassina Bango, a unos veinte kilómetros de la ciudad de Gabeadji. Estaban levantando un campamento de chozas de adobe en mitad de la selva. La gran cosecha del cacao empieza en octubre y hay que construir viviendas para los trabajadores de la grande traité.

El capataz, Chalade Essay, un beninés afincado desde hace 17 años en Costa de Marfil, me permitió fotografiar al mayor, Samuel, en plena faena e incluso hablar con él, pero se negó a que viera a los otros dos niños más pequeños.

"Estoy contento. Mejor aquí trabajando que en Dehounta pasando hambre", me dijo Samuel nada más verme. Me contó que este año el capataz no le iba a pagar nada porque tenía que devolver el dinero de los billetes del autobús y la mordida de Agustin. "Si trabajo como hasta ahora me dará 20.000 francos al final del año que viene", me dijo.

"¿Y los niños?", le pregunté.

"Andan por ahí. Al principio no se adaptaban al trabajo duro, pero ahora están bien", me dijo sin atreverse a darme más explicaciones delante del patrón. Antes de mi llegada, Monsieur Essay había dado orden de esconder a todos los niños del campamento para que el periodista no los pudiera ver trabajando en medio del barro. Cuando volvía de regreso al coche reconocí a Joachim, el más pequeño de los tres, sentado en un muro de una de las casas recién construidas en el campamento. Le hice una foto y seguí mi camino consciente de que a mis espaldas, nada más abandonar el poblado, ese niño de 10 años y Emmanuelle, de 12, cogerían de nuevo el azadón africano para cavar la tierra, compactar el barro y levantar los muros de adobe de las casas.

Aún quedan capítulos por escribir en el libro de la esclavitud infantil en África. Hace 200 años que empezó la lucha por su abolición, pero en el golfo de Guinea, en pleno siglo XXI, Agustin sigue recorriendo los poblados de Benin para comprar niños esclavos.

Joachim, de 10 años, el menor de los tres niños en los que se centra el reportaje, en su campamento de trabajo en Meayí (Costa de Marfil). Niños trabajadores en Benin. EL CONSEJO DEL POBLADO. Decisión: vender a los niños.

Niños procedentes de diversos países africanos reconstruyen diques de un arrozal en Costa de Marfil.

Niño trabajando en Benin

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