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martes, 8 de agosto de 2006
Crónica:EL TURISTA INDISCRETO

Estrellas en blanco y negro

Una velada con 'Kohana', 'Skyla', 'Keto' y 'Tekoa', las cuatro simpáticas orcas de Loro Parque, en el Puerto de la Cruz (Tenerife)

Acaban de retirar la potente valla hidráulica que separa las dos piscinas. Un griterío de gorras y camisetas chillonas ocupa los asientos de la grada, con capacidad para 3.000 espectadores. De rodillas junto al canal, la entrenadora golpea con fuerza el agua con el puño. De repente, la superficie quieta de la piscina principal se transforma en una onda veloz bajo la cual cruza una impresionante sombra negra. El público calla, contiene la respiración.

Las atracciones con orcas son la mayor atracción de los parques acuáticos. Nada puede competir con el espectáculo de este poderoso cetáceo de la familia de los delfines, cuya forma recuerda a una estilizada paleta de pintor en blanco y negro. Puede medir hasta nueve metros y pesar siete toneladas. En la isla de Tenerife el show se lleva a cabo en el Loro Parque, única instalación con orcas en Europa junto con la de Antibes (sur de Francia). La piscina donde transcurre el número tiene un perímetro de 120 metros, una profundidad de 12 y sus 23 millones de litros de agua depurada se extraen del cercano Atlántico a setenta y cinco metros de profundidad.

Francesca tiene cuatro años. Sus piernas de alambre la llevan hasta la zona splash del anfiteatro, donde otros niños rusos, españoles, alemanes e ingleses se protegen de las inminentes salpicaduras con impermeables naranjas y amarillos. No pestañea ni cierra la boca mientras escruta la piscina tratando de localizar a Kohana, la hembra de cuatro años que pronto se impondrá sobre los otros tres ejemplares con los que convive: los machos Keto y Tekoa -diez y cinco años-, y la menuda Skyla -dos años-. Las orcas poseen el mayor tamaño relativo de cerebro tras los humanos, y la inteligentísima Kohana, futura matriarca del grupo, emerge súbitamente en un fabuloso salto de casi cinco metros muy cerquita de Francesca, que pestañea empapada.

Keto, de tres toneladas de peso, gira sobre sí mismo al son de una música de moda dejando caer su ganchuda aleta dorsal con chulería tanguera. Mientras tanto, Skyla y Tekoa lanzan un disco de playa con sus morros respingones y empapan a los espectadores de las primeras filas con intencionados golpetazos de la cola. Una pantalla gigante proyecta sus movimientos desde dentro y fuera del agua. Se cree que las orcas, como la mayoría de los delfines, practica el sexo por placer. Eso no forma parte del espectáculo, al menos por ahora. Keto se despide deslizando su cuerpo sobre una plataforma fuera del agua y lanzando una pedorreta de despedida desde el espiráculo mientras muestra su rugosa lengua blanca. Todos le ríen la gracia. El formidable animal cierra su boca de muppet y con coquetos movimientos del trasero regresa a las profundidades.

Los ecologistas canarios reclaman que se proteja más a los cetáceos que transitan por las costas y menos a los que se exhiben en las piscinas. Pero Kohana, Keto, Tekoa y Skyla nacieron en cautividad y así pasarán el resto de sus días. Loro Parque las mima y las usa como medio para divulgar la protección del océano, aunque ellas poco tienen que ver con las cien mil orcas que surcan los siete mares y cuya presencia, según Melville, "anuncia la llegada del gran cachalote". Son como Esther Williams, aunque orondas y en blanco y negro. La popular sirena de Hollywood fracasó en su intento de lograr papeles dramáticos. Su destino, también, fue encandilar sólo en la piscina.

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Una de las orcas de Loro Parque salpica a los espectadores.

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