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jueves, 23 de diciembre de 2004
Tribuna:LA POBREZA EN EL MUNDO

Vivir con un dólar al día

El autor analiza la situación de pobreza en el mundo y sostiene que los países ricos deben implicarse en la condonación de la deuda y en su conversión en proyectos de desarrollo.

Hay asuntos que cobran especial interés informativo con ocasión de determinados eventos pero que corren el riesgo de pasar después a un segundo plano o al limbo del olvido. En el caso de la cooperación para el desarrollo, coincidiendo (¡qué paradoja!) con el día internacional de los derechos humanos, sendos informes de la FAO y de UNICEF han vuelto a poner de relieve como la dura realidad cuestiona el más elemental de los derechos: a vivir o, mejor dicho, a sobrevivir.

Sin embargo, dada la constante tragedia que supone la realidad, esta materia debería ser permanente referencia desde la información y la reflexión para evitar que los silencios nos permitan seguir con nuestras conciencias narcotizadas. Habría que recordar constantemente que 1.000 millones de personas malviven con apenas un dólar al día. Este hecho nos tendría que interpelar de modo constante y, en este sentido, Naciones Unidas en su último informe sobre desarrollo humano, junto con algún elemento "positivo" como el hecho de que la extrema pobreza ha bajado en el mundo en los años noventa del 29% al 23%, se recoge el dato de que el 1% de la población más rica del mundo posee tanto como el 57% de la humanidad y en los dos informes antes citados se da el dato de que ¡más de cinco millones de niños mueren de hambre al año sólo por causa del hambre! Pero nos hemos acostumbrado tanto a estos datos e imágenes que ya no nos causan ni vergüenza, agravada además por el hecho de saber la paradoja que los recursos para hacer frente a ello son nímios en comparación con los beneficios que produciría invertirlos en esta causa.

Una de las razones de la llegada masiva de inmigrantes es la ausencia de políticas de ayuda

Es absolutamente fundamental el aumento de cantidades destinadas a cooperación

Pretendo aquí reflexionar sobre dos dialécticas que frecuentemente se suelen presentar enfrentadas y totalizadoras de la verdad a la hora de abordar el enfoque teórico y práctico de la cooperación al desarrollo. Me estoy refiriendo a las cuestiones siguientes: responsabilidad de los países ricos-responsabilidad de los países pobres y cantidad-calidad de la ayuda para desarrollo.

Es necesario advertir que estos debates son, a su vez, transversales y, frente a la pretensiones unilaterales que sólo contemplan una visión mutilada del problema, todos los enfoques son compatibles y no excluyentes, siendo por sí solos dimensiones parciales y, por tanto, insuficientes del problema.

Por un lado, sobre el debate acerca de la cantidad-calidad, desde determinados sectores se pretende hablar tan sólo de porcentajes como si el hecho de destinar más dinero para el tercer mundo resolviese por sí solo el problema. Por el contrario, otros prefieren obviar esto, como si el acierto en la calidad de la ayuda fuese la panacea. Desde el primer punto de vista, el problema es sólo dinerario y no es importante tanto conseguir resultados eficaces, sino el hecho de gastar, ignorando así una de las claves de la optimización y despreciando otros elementos importantes como la transparencia, el seguimiento, o las condiciones políticas de los países receptores, etc., incurriendo en el error de considerar que el objetivo de la ayuda en sí misma es más importante que el desarrollo de estos países. Desde la segunda perspectiva, se traslada claramente la impresión de que el valor dado a la calidad de la ayuda es un argumento o justificación para no asumir mayores compromisos económicos de solidaridad con unos pueblos cuyas condiciones de vida claman al sentir humanitario más elemental.

El debate sobre la cantidad-calidad ha de realizarse de una manera completa. Así, es absolutamente fundamental el incremento de las cantidades destinadas a la cooperación. Todavía estamos muy lejos -salvo cinco excepciones en Europa- del necesario 0,7% del PIB, objetivo de la ONU que tiene ya casi treinta años. Sin incrementos notables de las cantidades de ayuda al desarrollo, no habrá resultados y el objetivo mundial de reducir a la mitad la pobreza para 2015 resulta cada vez más inalcanzable.

Pero al tiempo, por mucho que éstas se incrementen, tampoco los habrá si no se mejora en fijar la prioridad de objetivos, en el perfeccionamiento de los instrumentos, en el fortalecimiento de las acciones concertadas de todos los agentes -singularmente las ONG-, en la coordinación, en la transparencia, el seguimiento, en la evaluación y, en general, en las diversas dimensiones de lo que supone la calidad.

Respecto al segundo debate referido a la responsabilidad de los países pobres y los países ricos, generalmente se realizan enfoques parciales y, por tanto, insuficientes. Así, desde determinados planteamientos se incide exclusivamente sobre los países desarrollados, entendida la noción de responsabilidad tanto en la idea de culpa pretérita y presente como, igualmente, en el sentido que hemos de ser nosotros a los que corresponde arreglar la situación de pobreza de aquéllos, olvidando la cuota de responsabilidad de lo que los países receptores podrían hacer para un mejor y sostenible aprovechamiento de la ayuda que reciben.

Desde el planteamiento inverso, se subraya de un manera muy acentuada la responsabilidad de los países receptores, como si la parte más significativa de la culpa por no haber avanzado les correspondiese a ellos por sus insuficiencias estructurales, democráticas, de gobernabilidad y casi congénitas, pretendiendo con este enfoque tan parcial como hipócrita justificar de este modo los incrementos tan escasos o incluso estancamiento de las ayudas oficiales. Esta posición es generalmente seguida por aquéllos que no han sido capaces de vincular la cooperación al desarrollo con la inmigración, ignorando que una de las razones de la llegada (o huida) masiva de inmigrantes a nuestros países occidentales es, precisamente, la ausencia de una política real de ayuda para con sus pueblos de origen.

Frente a ello, hay que subrayar que mientras que no se contemple de forma sincera e integrada todos los enfoques mencionados, no se conseguirán los resultados necesarios y, en buena parte, urgentes.

No puede ignorarse la responsabilidad que incumbe a los países ricos que han de implicarse en mecanismos efectivos, entre ellos, aunque no solamente (como algunos pretenden), la condonación de deuda externa o su conversión en proyectos de codesarrollo. Y ello no sólo por razones de pasado, sino también desde una perspectiva de futuro, aunque fuese por nuestra propia conveniencia ante el riesgo que les pudiese estallar en las manos el conflicto social pues, como señala Amín Maalouf , "una comunidad se desintegra en cuanto consiente en abandonar al más débil de sus miembros".

Al tiempo, es absolutamente fundamental que los países receptores se corresponsabilicen no sólo en el compromiso de incrementar sus presupuestos en el orden social, sino también en algo que hoy es considerado esencial: el fortalecimiento de la democracia, el respeto a los derechos humanos, el Estado de Derecho y las reglas de buen gobierno. Esta última dimensión, aun cuando no es suficiente por sí sola, es esencial para conseguir optimizar la efectividad de la ayuda y en la medida en que constituye un pre-requisito del desarrollo.

Jesús López-Medel Bascones es abogado del Estado, vocal de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso y diputado por Madrid (PP).

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