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Crítica:

Fragmentos y sistemas éticos

La historia de "otra ética". Una fusión de la reflexión sobre la responsabilidad moral de nuestros actos y la ciencia política a través de siete grandes pensadores -Kraus, Lukács, Benjamin, Brecht, Weil, Arendt, Levi-, quienes se enfrentaron a los trágicos acontecimientos que jalonaron el siglo XX y se negaron a aceptar la dicotomía entre moral y política.

Parece que no es tiempo, hoy, de grandes sistemas universales de ética. Que no es tiempo ni de teorías éticas bien fundadas ni de lenguajes éticos consistentes, que fundamenten y consoliden, a su vez, la esencia de lo ético y de la ética. Parece que fueron una ilusión de otros tiempos y que ya son poco más que metarrelatos autolegitimadores. En ello, el giro lingüístico de hace un siglo se reveló casi tan fundamentalista como el reflexivo de la Modernidad. "¿De qué hablamos en realidad cuando hablamos de ética?", se preguntaba Moore en 1903. De nada en particular, de muchas cosas, de muchos sufrimientos e inquietudes humanas y de su intento de superación ejemplar en individuos concretos, como muestra este libro.

POLIÉTICA

Francisco Fernández Buey

Losada. Madrid, 2003

340 páginas. 19,50 euros

Hablaríamos, más bien, con Fernández Buey, de "poliética". Es decir, en principio, de una pluralidad de éticas. Pero no de una extravagante superabundancia de teorías éticas discrepantes, como la que ha habido, sino de una pluralidad de comportamientos y actitudes de la gente en su vida, tanto privada como pública, y de una pluralidad de ejemplos y testimonios paradigmáticos en este sentido. Con ello, hablaríamos también de un punto de vista de fusión de lo ético y lo político, desde el que, más allá de la simple teoría, se trate de buscar la virtud y el comportamiento virtuoso, en general, bien en la práctica humana presente de masas que han ascendido a la política, pero a las que se manipula extremamente, o bien en los cabos sueltos de una historia escrita siempre por los vencedores desde su moral impuesta.

En este sentido, este libro pretende ser la historia de "otra ética" (¿no sería mejor decir "otras éticas"?). Y lo hace muy bien, en tanto toma nota del fracaso de los proyectos sistemáticos, sin abandonarse, por ello, a la queja amarga o a la proclama del fin de los valores. En tanto admite y asume la fragmentación y selecciona dentro de ella autores de gran relieve -autores de culto, podíamos decir, pertenecientes a una especie de "devocionario laico"-, con el fin de captar desde su pensamiento testimonial algunos de los motivos centrales de lo que ha sido la evolución de la conciencia ético-política del siglo XX enfrentada a sus acontecimientos fundamentales. Pero su arrojo programático le lleva quizá demasiado lejos en sus promesas, en tanto pretende recorrer ese camino como paso previo y tentativo para pensar una poliética para el siglo XXI. ¿Una poliética para el siglo XXI? ¿Significa eso otra ética? Tarea ardua, desde luego, que, por su más que probable imposibilidad lógica, seguramente se quedará, como tantas veces, en estos magníficos prolegómenos. En el recuerdo de estos -y otros- grandes ejemplos éticos. La ética es siempre ejemplar, testimonial, y, si no, es poco más que palabra vana.

Todos los personajes de que

trata este libro, menos Brecht, son judíos. Todos ellos sufrieron la experiencia desgraciada del nacionalsocialismo, menos Kraus, que vivió sobre todo otra hecatombe histórica: la que desemboca en la Primera Guerra Mundial. Karl Kraus, desde su revista La Antorcha, fue el látigo moral de la hipocresía de la civilización austrohúngara agonizante y de la décadence esteticista, amanerada y enfermiza, de una cierta modernidad literaria vienesa que se contentaba con mirarse el ombligo en un eterno coqueteo consigo misma. Frente a la pobreza de espíritu de la moral del deber kantiana, György Lukács se bandeó como pudo entre una ética de la bondad que recogiera la responsabilidad trágica del individuo ante la vida y una ética política que había de asumir en la práctica (o al menos en la filosofía de la historia) la también trágica comprobación de que lo bueno puede venir de lo malo: la trágica necesidad, pues, de hacer el mal, esperando que la dialéctica se encargue de transformarlo en virtud. Walter Benjamin, siempre ambivalente y complejo, se mueve en la interacción dialéctica de civilización y barbarie: su ángel de la historia ha de abandonar el montón de ruinas que tiene ante sí, sin recomponerlas, porque el vendaval que llamamos progreso lo empuja irremisiblemente, incluso de espaldas, hacia el futuro; hacia un futuro y progreso fundados sobre la catástrofe, sobre la repetición de la barbarie del pasado.

Lejos de "las metafísicas y los judaísmos" de Benjamin, Bertolt Brecht es quien dice que "primero la comida, luego la moral"; quien ridiculiza la moralina especulativa y, mediante la burla, el sarcasmo, la exageración hasta lo grotesco, la seriedad de su humor, su ironía y autoironía, hace estallar más plásticamente que nadie las contradicciones ocultas o inexploradas en los comportamientos hipócritas, típicos de la cultura dominante en su época. Simone Weil, una mística post mortem Dei, tiñe al final todas sus preocupaciones sociales con la conciencia radical de la desgracia: la contradicción no puede ser superada en este mundo, nuestra vida es imposibilidad, absurdo, la dialéctica no tiene composición posible; la redención del hombre ha de pasar a través de lo sobrenatural, de la experiencia religiosa, de la unión con Dios, con el bien absoluto, por la que la mística se manifiesta como superación de la ineludible oposición ética entre bien y mal; mística que para los obreros habría de ser de acceso fácil e inmediato por su inmediato desamparo de todo: "A los obreros nada les separa de Dios, no tienen más que levantar la cabeza". Hannah Arendt intenta refundar la noción de política desde una reflexión personal sobre la condición humana y sobre las consecuencias de un sistema totalitario en el que todos los seres humanos se volvieron igualmente superfluos; sistema que, en la ambigüedad y contradicción, duda en calificar de mal radical, satánico, o, con Jaspers, por no mitificarlo, de un mal trivial, con la trivialidad prosaica de la maldad humana inmediata, sin freno de ley alguna. Primo Levi presenta un testimonio literario, claro, conciso, sin dramatismo, de su experiencia de Auschwitz, en el que se muestra no como un filósofo moral, sino como un hombre ilustrado y un moralista en el mejor sentido: en el de aquellos que, siéndolo, no se presentan en público como tales, dice el autor de este libro.

Libro de ensayo ameno, fácil de leer, que, junto con las ideas más impresionantes de estos siete personajes, testigos y testimonios de una época trágica, cuenta su biografía y presenta su bibliografía esencial. Libro pedagógico, pues, resultado de los cursos universitarios del profesor Fernández Buey, que desde estas páginas hay que imaginar dignísimos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de enero de 2004

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