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jueves, 2 de octubre de 2003
Tribuna:

Historia de dos diarios

Leo con retraso dos dietarios recientes, Diarios, de Arcadi Espada (Espasa Calpe) y Porta incògnita, de Valentí Puig (Destino). Lo de leer con retraso es casi una posición estratégica, una manera de exorcizar esa nefasta política libresca de las novedades. Conforme están las cosas, hoy a los libros hay que hacerles pasar una cuarentena, dejar que acumulen algo de polvo antes de leerlos. Como los buenos vinos, nada de perjudicial encontrarán en ese espacio de dilatación, de donde saldrán afrutados y odoríficos.

El gusto por el dietario, desde otro punto de vista, tiene algo de anacronía inofensiva. Da igual que se revista de indagación en los papeles públicos, como hace Espada, o se informe con ese desapego emocional del que hace gala Puig. Nada hay más gris que un dietario -por eso su paradigma se llama muy justamente El quadern gris-, ni más inexorablemente dirigido a esos felices pocos, ni más humildemente literario.

Otra cosa es qué hacen juntos estos dos libros. Diarios de Arcadi Espada viene a contarnos la particular historia de amor y odio de este periodista para con el papel prensa, sin olvidar su lucha encarnizada contra los nefastos adúlteros del oficio, los que injertan lo informativo con lo literario y viven de la ilusión de "crear sentido". Espada ha escrito un diario que es también su particular lectura del periódico, y todo rastro de intimidad se encuentra subordinado a la voluntad de crítica profesional.

El juego de Valentí Puig es otro. Para empezar, Porta incògnita es la reunión de dos libros anteriores, Bosc endins (que recoge sus apuntes entre 1970 y 1979) y Matèria obscura (escrito entre 1980 y 1984). La arqueología viene aquí al hilo de descubrir unas páginas aún perfectamente actuales, precisamente por la habilidad del autor para despojar a la vida escrita de todo lo anecdótico, y dotar a cada fragmento de un modesto alcance universal. Estos tampoco son unos diarios convencionales, y viven también de observar la realidad (quizá con ese punto de ambigüedad tan sabio: "Tal vegada la literatura sigui l'única manera de poder dir que estem a favor de la realitat i a la vegada en contra") y modificarla al hacerlo, sin importar que esa realidad se llame la crisis irlandesa, el congreso de UCD en Palma, Solidarnosc, un quiebro moral o una abubilla entre los perales.

Diarios es un libro de combate. Espada pasea su inclemente mirada jupiterina por los hechos reportados por sus colegas y acaba pasándolos siempre por una implacable aduana realista, un poco como aquel personaje de la imaginería doméstica de su infancia, que cada vez que se le contaba un chiste replicaba muy serio "eso que usted explica no puede ser, es imposible". La prensa española -y la mundial, por supuesto- está llena de eso, de imposibles, y Espada se encarniza -hace honor a su apellido-. Resulta de ello un volumen que es imposible acabar de leer sin descubrir que ha dejado su huella, quizá en el sentido que da un aforismo de Puig: "La diferència entre la literatura i el periodisme és que la tinta dels diaris ens taca les mans".

Con las manos tiznadas, se pasa de Espada a Puig como se intercambian un catalejo y un microscopio -pero tan real es lo que se observa con uno como con otro-. Para Espada, como para Umberto Eco, en un periódico no hay que hablar nunca de Dios, ni de la muerte ni del paso del tiempo. Los dietarios de Puig hablan de todo eso, por supuesto. Bosc endins está presidido por la muerte del padre, y Matèria obscura por la de la madre. Dice Michel Houellebecq, en Plataforma, que sólo se es maduro cuando han muerto los padres -aunque quizá no se es maduro nunca- y Puig viene a significar lo mismo. Como ejercicio de madurez, el dietario clasifica la vida vivida, y se juzga en el tanto lo propio como lo irremediablemente ajeno con la fiereza desnuda a la que hace referencia el propio autor: "Saps que seràs jutjat per cada vegada que jutgis, però no pots consentir que la vida passi sense definicions".

Jueces inflexibles, puede que Espada y Puig sólo se diferencien por el tamaño de las manchas de tinta en sus manos. Que la realidad ensucia, eso es cosa sabida. Que el dietario, como género tan bien injertado con la realidad, es una plataforma privilegiada para comprender el mundo -el de cada uno y el de todos- es algo que estos libros simplemente corroboran. Y leerlos juntos es un acto de provocación mínima que pretende evidenciarlo.

Joan Garí es escritor.

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