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Reportaje:VIDA Y FICCIONES DE MANUEL PUIG

Recordando a Manuel

La obra literaria del argentino Manuel Puig (1932-1990) es una de las más originales de los últimos años del siglo XX. Coincidiendo con los setenta años de su nacimiento, 28 de diciembre, se edita una biografía que muestra el ingenio y el talento de quien tocó el éxito mundial con El beso de la mujer araña. Un amante del cine que llegó a la literatura a través de los guiones cinematográficos que escribía. Una alianza y aportación que recuerda en este artículo el premio Cervantes 1997.

Manuel Puig está un poco olvidado', dijo la voz pronunciando el apellido con el sonido que hacen las puertas de cristal de cualquier edificio moderno como una advertencia que dice: 'Push'. Manuel, lo recuerdo muy bien, detestaba que lo llamaran Push y siempre insistía en su Puig, P, U, I, G, con su leve dejo argentino. Es que Manuel era levemente argentino, ya que vivió gran parte de su vida lejos de Buenos Aires (o de General Villegas donde nació 'en un pueblecito de la pampa') y murió en Cuernavaca, México, la ciudad que también mató al cónsul Firmin en Bajo el volcán. Como decía Firmin: 'El mal no era México, era el corazón del hombre'. Manuel murió en una de las formas trágicas del mal, que debo escribir el Mal. Sin embargo su muerte no estuvo tan clara como su vida. Manuel vivió, como se dice ahora, una vida gay. Pero su vida fue más, mucho más. Manuel vivió buenos tiempos que recordar (eso se llama nostalgia) y malos y peores tiempos que vivir (eso se llama rencor al pasado). Manuel apuntó con su certera amargura de la que pocos se escapaban. Ni siquiera se escapó Borges, al que llamó 'un viejo malo'. Pero se guareció bajo el frondoso paraguas de algunas mujeres que reían con risa argentina y lo protegió hasta de la lluvia llamada garúa con sus amplias faldas. (Esas mujeres se llamaban Silvina Ocampo, Beatriz Guido, escritoras contemporáneas). No es que Manuel no tuviera razón. Borges, ante la ocasión del éxito de Boquitas pintadas, preguntado por un periodista de Newsweek dijo: 'Imagínese, ¡una novela regida por Max Factor!'. Pulla que no hería a Manuel. Al contrario: hubiera sido un elogio de Borges (que declaraba que no leía 'libros modernos') sin su sorna a torrentes. '¡Atorrante!', habría dicho Manuel si hubiera sido un cuchillero del sur de Buenos Aires. Simplemente se conformó con llamar no viejo a Borges sino vieja. Su mundo era un orbe que sólo ocupaban las mujeres. (O por lo menos el artículo La para todo hombre del que hablara). Así Bioy Casares, marido de Silvina, se llamaba la Bioy y Babenco, el director de cine, era la Babenco. No sólo los argentinos merecían su afeminamiento sino actores como William Hurt que devino la Hurt. Pero esta especie de latiguillo agudo no alcanzaba a los que quería de veras.

A sus certeros y amargos apuntes escaparon pocos, mientras su mundo era un orbe que sólo ocupaban las mujeres

Su novedad era dejar que el diálogo descubriera y definiera a los personajes, que arrancaban a hablar con un recurso que viene de la poesía épica

Manuel tenía un lema que defi-

nía su actitud ante el cine. 'Delante de la pantalla todo, detrás de la pantalla nada'. Pero antes, cuando pretendía hacer carrera en el cine, escribió guiones -que nunca llegaron a filmarse-. Uno de estos guiones después lo transformó en su primera novela, La traición de Rita Hayworth, con su título tan novedoso como su estructura. Nadie ponía un título así a sus libros. Nadie escribía con la escritura hecha toda de diálogos. Su probable antecedente, Ivy Compton-Burnett, era improbable que Manuel siquiera hubiera abierto un título de la escritora inglesa. Dejar que el diálogo descubriera y definiera a los personajes venía, creo, de los guiones que escribía. Como se sabe, un guión tiene una mínima cantidad de prosa y es todo diálogo. Manuel hizo de los diálogos el eje de la estructura y los personajes arrancaban a hablar con un recurso que viene de la poesía épica: todos actuaban in medias res, como si Manuel los hubiera sorprendido en medio de la acción. La traición, que debió haber sido el Premio Seix-Barral de 1966, se vio envuelta en uno de los embrollos típicos de Carlos Barral (uno, el más famoso de todos, fue el rechazo a publicar Cien años de soledad) y la novela de Manuel no vino a publicarse hasta años más tarde, en 1968 -y era la primera obra maestra de Manuel Puig-. Las otras son Boquitas pintadas (1969) y la extraordinaria El beso de la mujer araña (1976), que es uno de los libros más famosos de la literatura en español del siglo XX. No sólo tuvo múltiples ediciones y traducciones, sino que fue convertida en una versión teatral y en una película de gran éxito, lo que dio lugar a una tragicomedia musical, montada por el prestigioso metteur en scène Harold Prince. El éxito mundial de El beso (que no fue de la misteriosa mujer araña sino de la Fama, con mayúscula, pues se hizo rico y famoso) le permitió instalarse en Río de Janeiro, donde pudo tener sitio para su enorme biblioteca de vídeos. Manuel se hizo un coleccionista fuerte y mantenía relaciones con los más diversos personajes para obtener una película codiciada durante mucho tiempo. También continuó escribiendo cartas (era un corresponsal copioso) y haciendo guiones para el cine. Pero también escribió su última novela, Cae la noche tropical (1988), ambientada no en Río sino en las cartas cruzadas por los diversos personajes que pueblan esta hermosa pero triste obra final.

Ahora se publica en español su biografía Manuel Puig y la mujer araña (su vida y sus ficciones) en la que Suzanne Jill Levine, su traductora y amiga, describe de forma maestra el diseño de su vida de niño, como está novelizada en La traición de Rita Hayworth y de adulto como un escritor que revela a un hombre obs edido por la literatura y el éxito y el sexo -o tal vez al revés en la vida inversa de lo que fue, finalmente, un gran escritor malogrado (murió en 1990) al que la envidia o la maldad persiguió hasta el final de los días-. Ahora es un autor consagrado -en su país y en todas partes-. Su vida fue corta pero su sueño, el de la literatura, fue feliz, para parafrasear lo que Jill Levine, como la conocemos todos, llama 'sus últimas palabras redentoras', con las que da comienzo esta biografía magnífica y merecida. No hay más que revelar el relato con que Jill Levine revela su carácter en unas pocas líneas:

'En los años siguientes nuestros encuentros con Manuel' (ella también puede llamarlo Manuel) 'fueron ocasiones raras no porque no nos vieramos con frecuencia en los años setenta, antes de mudarse a Brasil, sino porque para Manuel los restaurantes eran un gasto innecesario'. (Permiso para una leve digresión: Manuel tenía una muy merecida fama de tacaño para todo menos para habilitar a su madre con ropa de grande tenuta). 'Y antihigiénicos, lo que había aprendido en cocinas comerciales como lavaplatos en Londres y Estocolmo. Después de nuestra cena china nos encontramos Emir' (Rodríguez Monegal, el crítico uruguayo que también era más que frugal, parsimonioso)- 'y yo a la tarde siguiente para ver una película... una función especial con la comedia loca satírica Nothing Sacred (1937), con Carole Lombard y Fredric March, dos actores favoritos de Manuel, quien se sentó en silencio, escrutando todo con esos ojos enormes suyos mientras el público reía continuamente con los diálogos ultrarrápidos y las peripecias de los personajes. De pronto -en una escena en un nightclub en que la esbelta, voluptuosa Lombard se levanta ligeramente ebria, con el público esperando la siguiente salida cómica- Emir y yo oímos en la oscuridad de la enorme platea decir a Manuel: '¡Ay, qué traje divino!'.

La larga cita no es sólo para

mostrar la maestría de Jill Levine con la memoria y la noche, sino para dar una muestra entre muchas del carácter de Manuel. Toda la biografía es maestra en mostrar a Manuel con pelos y señales. Los pelos raros y ralos en su cabeza y sus maneras no afeminadas: sino totalmente femeninas. Manuel solía hacer imitaciones de las grandes estrellas (Garbo especialmente) y en la imitación, que era algo más y algo menos que una parodia de quien él llamaba la Gran Greta, nos echó a perder a la Garbo para siempre. Era una escena de Gran Hotel en que Garbo mimaba con sus finos labios a John Barrymore y la imitación de Manuel era definitivamente magistral. Otra víctima (pero esta vez con cariño cálido) fue Rita Hayworth. Manuel, que estaba casi calvo, se echaba el pelo para delante y nosotros, Miriam Gómez y mis hijas Anita y Carolita, veíamos clara a la Hayworth con su flamante y flamígera cabellera roja bailando ante nosotros y haciendo un strip-tease en que sólo se despojaba de sus largos guantes negros, mientras Manuel repetía su performance sin guantes, señoras y señores, sin guantes -ni vestido de raso negro- y sin pelo excepto en los brazos y en la barba tan tupida que tenía que afeitarse dos veces al día.

No hay duda de que la vida de los que conocimos y éramos sus amigos y sus enemigos de siempre se hizo más pobre con la muerte de Manuel. Pero esta biografía suya y de Jill Levine nos hace ver una persona de real talento para la conversación y la amistad. Sin embargo -más nos hace menos-, como muestra su biografía, el enorme genio literario de Manuel Puig no descansará en paz mientras se puedan conseguir sus libros (comprarlos no es una mala idea) y leerlos con el placer que nos dio en vida.

© Guillermo Cabrera Infante 2002.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 16 de noviembre de 2002