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lunes, 22 de abril de 2002
Tribuna:

El pasado imposible

No sé si atribuir a la casualidad el hecho de que en los últimos tiempos gente tan diversa como Jorge Semprún y Claudio Guillén haya aludido a la amnesia que, en su opinión, y en lo que se refiere a la historia inmediata, aqueja a los españoles; por su parte, Jordi Gracia, joven y minucioso conocedor de la cultura de la posguerra, parece coincidir con ellos al postular en su último libro la existencia de un 'pasado oculto'. Amnesia y ocultación: ninguna de las dos palabras es venial; tampoco, me temo, exagerada. Aun a riesgo de incurrir en la obviedad, en lo que sigue trato de razonar esta afirmación.

Como todo el mundo sabe, la transición consistió en un pacto mediante el cual los herederos de los derrotados de la guerra renunciaban a pasar cuentas de lo ocurrido durante 43 años (que fue el tiempo que duró la guerra española, porque la posguerra no fue sino la continuación de la guerra por otros medios), mientras que, en contrapartida, los herederos de los vencedores aceptaban la creación de un sistema político que acogiera a todo el mundo, incluidos los herederos de los derrotados. Demasiado jóvenes o demasiado ilusos, en la segunda mitad de los años setenta a muchos (incluidos algunos herederos biológicos de los vencedores, como es mi caso) aquello nos pareció un enjuague ignominioso o, por mejor decir, una estafa. Ahora, transcurridos más de veinticinco años de la muerte de Franco, casados y con hijos e hipotecas y pocas ilusiones, tendemos, sospecho, a ser más transigentes. Está bien; aunque sólo sea como hipótesis de trabajo, aceptémoslo: aceptemos que la política es el arte de lo real y que la transición no pudo hacerse de otro modo y que, hechas las sumas y las restas, todo salió bastante bien. Aceptémoslo: después de todo, la muerte del dictador no desencadenó la guerra que por entonces tantos temían -o deseaban-; salvo cuatro descerebrados, hoy nadie se mata por las calles y España es un país europeo y democrático, y no hay que ser aznarista, sino sólo haber leído un poco de historia y haber viajado un poco para reconocer que, incluso por comparación con algunos de sus vecinos europeos, España funciona pasablemente bien. Insisto: aceptémoslo. Pero entonces habrá que aceptar también el precio que hubo que pagar por ello, y parte nada desdeñable de ese precio es el olvido; o, si se prefiere, esa neblina de equívocos, malentendidos, verdades a medias y simples mentiras que envuelve los años de la guerra y la inmediata posguerra, y que impide un conocimiento cabal del significado de ese periodo. No me estoy refiriendo aquí, por supuesto, a la labor de los historiadores, que, hasta donde alcanzo (y salvo las excepciones de rigor, que confunden el oficio del historiador con el del juez), me parece muy meritoria; me refiero a lo que podríamos llamar, si se me permite el énfasis, la conciencia colectiva, el conocimiento que el ciudadano de a pie posee del pasado inmediato de su país: es muy probable que un estudiante de bachillerato tenga una idea más exacta de la batalla de Lepanto que de la rebelión militar del 18 de julio -si es que sabe que fue una rebelión militar-. Tampoco afirmo que esa cancelación del pasado obedeciera en exclusiva a una decisión política; sin duda hubo también una generalizada vocación de olvidar, como si todos sintiéramos que el peso de la historia reciente era excesivo y nos apresuráramos avergonzadamente a enterrar al 'intratable pueblo de cabreros' que habíamos sido (la expresión es de Gil de Biedma) para instalarnos en una posmodernidad tan lúdica y rutilante como superficial, porque apenas conocía la modernidad. No hace mucho, la televisión pública de Cataluña emitió un escalofriante programa titulado Los niños perdidos del franquismo; en él se abordaba un episodio inverosímil, apenas conocido por los propios historiadores: el modo en que, durante la guerra y la inmediata posguerra, el Estado y la Iglesia franquistas arrebataron sus hijos, para librarlos del veneno que habían inoculado en ellos sus madres, a muchas mujeres republicanas encarceladas, que nunca volvieron a saber de ellos. En determinado momento, una de esas hijas sin madre aseguraba que aquélla era la primera vez en su vida que hablaba de su historia, y cuando el entrevistador, perplejo, le preguntó por qué, la mujer contestó: 'Porque nadie me había preguntado por ella'. Ése es parte del precio de la transición.

Una neblina de equívocos, malentendidos, medias verdades y simples mentiras, decía más arriba. Los ejemplos de ello son innumerables; me limitaré a uno. Hace unas semanas, con motivo de la muerte de Camilo José Cela, los periódicos se llenaron de artículos de ocasión en los que se definía La familia de Pascual Duarte, de forma casi unánime, poco menos que como un revulsivo antifranquista. Así formulada, la frase sólo puede ser un sarcasmo: ¡un revulsivo antifranquista en 1942, cuando el único antifranquismo que existía en España estaba enterrado, en el exilio, en el monte o callado! Pero dejemos de lado los sarcasmos; dejemos de lado, incluso, a Cela: olvidemos por un momento las incómodas actividades del novelista durante la guerra, que hizo en el bando franquista, y su ocasional trabajo de censor en la inmediata posguerra; olvidemos que Juan Aparicio, a la sazón delegado nacional de Prensa, hizo cuanto estuvo en su mano poderosísima de falangista por promoverlo a la categoría de modelo y representante máximo de la narrativa de la nueva España de Franco; olvidemos incluso que a ninguno de sus colegas, amigos y lectores del momento se le ocurrió dudar, ni siquiera por asomo, de la fidelidad de Cela a los ideales del 18 de julio. Olvidemos todo eso (ya es olvidar) e imaginemos en Cela (ya es imaginar) a una suerte de emboscado opositor al régimen, y volvamos a leer entonces la novela. Ésta, como se recordará, consta en su mayor parte de la confesión de un brutal campesino extremeño cuyo historial delictivo culmina con el asesinato de su madre y, ya en la atmósfera de violencia prerrevolucionaria que antecedió y fue la justificación del golpe de Estado militar ('durante los 15 días de revolución que pasaron sobre su pueblo'), con el asesinato del conde de Torremejía, que es el hecho que lleva a Pascual, una vez instaurado el orden franquista, primero a la cárcel y luego al garrote vil, no sin que antes haya aceptado un castigo que en su fuero interno considera justo. Bien: quienes insisten en leer La familia... como una novela (digámoslo así) disidente aducen como máximo argumento el hecho de que la España tremenda que allí comparece se halla en los antípodas del esplendor postizo que fingía la España imperial de Franco. Como argumento es endeble (supone que la novela habla de la realidad española, y no de literatura, que es de lo que probablemente habla; supone que Juan Aparicio y los suyos eran idiotas, cosa que desde luego no eran, o no todos); pero, si nos resignamos a aceptarlo, entonces el argumento se vuelve contra quienes lo esgrimen, porque la España de desolación que en teoría refleja la novela es precisamente la anterior a la guerra, aquella con la que, de acuerdo con la lógica de los vencedores, la España

esplendorosa de Franco vino a acabar. O, dicho de forma más clara: durante los años cuarenta La familia de Pascual Duarte no pudo ser leída más que como una constatación de la trágica necesidad de la guerra, considerada, de este modo, como una suerte de catarsis de urgencia que limpió el país de los Pascual Duarte que lo asolaban, sembrándolo de ruido y de furia. Así lo reconoce implícitamente el propio Pascual al dirigir su confesión al único amigo del conde de Torremejía que conoce y al aceptar su castigo, y algunos de los más perspicaces comentaristas contemporáneos de la obra, como Pedro de Lorenzo, acertaron de lleno al arrimar la exaltación de la violencia y el irracionalismo vitalista que rezuma la obra al ideario estético de Falange. Ésta es, si no me engaño, la única forma sensata de leer la novela, a no ser que decidamos prescindir de los datos de su contexto, de la placenta que la engendró, que es (al menos en principio) la forma más equivocada de leer una novela.

Casi da un poco de vergüenza aclararlo, pero, por si acaso, diré que lo anterior no le resta ni le añade mérito alguno, sea cual sea éste, a la primera novela de Cela; simplemente obliga, a mi juicio, a leerla de forma distinta. Se dirá también que ese error casi unánime de interpretación es sólo un malentendido menor, meramente filológico; discrepo: no puede serlo algo que atañe de forma decisiva al significado de la novela más emblemática del más emblemático de los novelistas de posguerra. No: se trata de algo más importante; se trata de un síntoma. Porque malentendidos y sombras similares a los que pesan sobre la obra y la biografía de Cela pesan también sobre la biografía y la obra de muchas figuras fundamentales de la cultura española de posguerra, llámense Laín Entralgo o Torrente Ballester o Antonio Tovar, José Luis Aranguren o José María Valverde o Manuel Sacristán, gente que, cada una a su modo y desde luego como el propio Cela y como tantos otros, había contribuido desde mucho antes de los años setenta a airear culturalmente el país y, también a su modo, a traer la democracia, pero que durante los años de la transición y los posteriores podía temer con razón que el reconocimiento de sus pasadas afinidades ideológicas iba a provocar, en manos de gente que consideraba la transición como un estafa o de indocumentados que confunden el oficio de historiador o de periodista con el de juez, demasiados equívocos. No digo que no llevasen razón, y lo único que alguien joven e iluso y sin hipotecas ni hijos se atreverá a reprocharles es que, a diferencia de Dionisio Ridruejo, en vez de escamotear la realidad o de eludir mirarla de frente no entendieran del todo la importancia que la verdad del pasado tiene para fabricar un futuro de verdad. No seré yo quien les reproche nada: no es momento de reproches; ni mucho menos, insisto, de juicios. Pero sí, me parece, de afrontar la verdad, la verdad de nuestro pasado, para poder entenderlo y entendernos. Porque ahora, 27 años después de la muerte de Franco y del inicio de la transición, aquel escamoteo -que, por supuesto, no sólo afecta a la cultura, sino a toda la sociedad española- ya no hace sino aumentar los equívocos, y este país puede ya permitirse el lujo de mirarse al espejo sin avergonzarse de sí mismo, reconociéndose como el intratable pueblo de cabreros que fue y por fortuna ha dejado de ser, pero no de seguir viviendo con una memoria falseada a cuestas. No sólo porque el conocimiento del pasado inmediato es un deber moral, ni porque, como dice el tópico, los países que olvidan su historia están condenados a repetirla, sino sobre todo porque el hijo de un pasado imposible es, indefectiblemente, un futuro imposible.

Javier Cercas es escritor.

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