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Reportaje:REPORTAJE

Heridos leves, la letra pequeña de cada atentado

No son más que eso, heridos leves, la letra pequeña de cada atentado, unas líneas sin interés en la crónica del suceso. Si ya es difícil acordarse de los muertos -más de 800 desde que ETA se dedica a matar-, ¿quién recuerda a los heridos sin nombre?

Aunque ni siquiera existen estadísticas, son más de 3.000 los ciudadanos anónimos que un día cosecharon de rebote la parte de muerte o de metralla a otros destinada. Luego, pasado el tiempo, comprobaron con amargura que la solidaridad de los políticos suele durar lo que el disparo de un fotógrafo. Esta es la historia de Sergio, Julia, Milagros y Alfredo. Aquel día que ellos no olvidarán nunca, el asesino también estaba allí.

La historia se repite una y otra vez. Ofuscado por la sangre de la víctima, el terrorista no repara, o no quiere hacerlo, en que un autobús lleno de viajeros o una madre con su hijo pasan junto al coche blindado de un general o del principal político de la oposición. Aprieta el mando a distancia y entonces...

Salió del atentado ilesa, pero unas semanas después Milagros se despertó sangrando por los pechos. Su hija Jessica nació sordomuda

'Un comando de ETA tenía la matrícula de mi coche. Me dijeron que no podían hacer nada. Así fue que me pusieron la bomba y explotó'

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-La capota del coche salió volando y mi pelo se puso a arder, un zumbido muy grande me martirizó los oídos. Un joven del que nunca volví a saber me ayudó a salir del coche y me llevó a la clínica Belén. Allí también estaba Aznar, contra el que iba dirigido el coche cargado de explosivos. El tiempo empezó a pasar muy deprisa. Veía a los guardaespaldas con sus pistolas, a un hombre que sangraba a mi lado'.

Así empieza el relato de Sergio Delgado. Tenía entonces -abril de 1995- 22 años de edad, un trabajo reciente y un descapotable nuevo. Nunca imaginó lo que vendría después.

-Desde la clínica Belén me trasladaron al hospital de La Paz. Ya llevaba varios días allí cuando me anunciaron que Aznar vendría a visitarme. Pensé que lo haría desde detrás del cristal de la Unidad de Quemados porque hasta entonces ni siquiera habían dejado que mi madre se acercara a mi cama. Fueron días muy duros. Tras el atentado me ducharon en un cuarto de baño sin espejo, para que no pudiera ver mi estado, y entonces empezaron a caer pelos quemados, trozos de vidrio y de metralla. Al salir, conseguí ver mi cara en el reflejo de un cristal y pedí que me explotaran la ampolla que me cubría el rostro antes de que mi madre pudiera verme así. Pero, cuando me visitó Aznar, no lo hizo desde detrás del cristal. Entró en la habitación como si tal cosa, seguido de un buen número de fotógrafos. Me preguntó cómo estaba y me dijo que organizaría un almuerzo para todos los que habíamos salido vivos del atentado. En un momento dado, me cogió del hombro y me dijo: 'Pero dáte la vuelta, hombre'. Al hacerlo, pasé miedo. Sonreí nervioso, me sentía indefenso ante los flashes de 10 ó 20 fotógrafos que disparaban sin parar... Aznar se fue enseguida y ya no volví a saber nada más de él. Por supuesto que el almuerzo prometido nunca se celebró.

Todavía no había llegado lo peor. Tras salir del hospital, Sergio se adentró por un laberinto interminable de papeles y ventanillas:

-Es cuando te sientes más solo. No sabes qué tienes que hacer para recuperar tu trabajo, para que el seguro te pague el coche. Y no creas que la gente se vuelca contigo. Lo de la solidaridad sólo dura unas horas. Me sentía impotente. Había perdido para siempre el 80% de la audición del oído derecho y aún tenía mareos. Por la noche me despertaba sobresaltado, volvía a vivir el atentado una y otra vez. Le escribí a Aznar. Le dije que, ya que habíamos compartido atentado, me orientara sobre lo que debía hacer. Nunca me contestó. Pero cuál fue mi sorpresa cuando ví la fotografía que él se hizo conmigo dentro del programa electoral del PP. Y luego en un libro sobre su figura. Nunca me pidió permiso. Yo tenía muchas esperanzas en él, pero me ha defraudado. Se aprovecha de las víctimas, como todos.

Secuelas de una explosión

Sergio ya ha conseguido rehacer su vida. Apenas se le notan las secuelas del atentado. Lo que más le preocupa es su oído derecho. Le da miedo no descubrir el llanto de su hija pequeña en medio de la noche. Y también se asusta con los coches oscuros y grandes. Siente pánico cuando se cruza con ellos por cualquier calle de Madrid.

A Julia ya se le ha quitado la tristeza de la cara. Precisamente era esa, la tristeza, la herida que más le dolía, la que más tardaba en cicatrizar.

-Yo vivo en Illescas, un pueblo de Toledo, pero aquel día (30 de octubre de 2000) tenía una cita en Madrid. La verdad es que era por la tarde, pero me equivoqué y fui por la mañana.

Julia Iglesias, enfermera de profesión, caminaba por la avenida de Badajoz a las 9.10 de la mañana, justo a la hora en que un terrorista hizo explotar un coche cargado de explosivos al paso del vehículo oficial de José Francisco Querol Lombardero, militar y magistrado del Tribunal Supremo. El coche salió catapultado. Tres personas murieron en el acto -el magistrado, su escolta y el chófer- y otra más -el conductor de un autobús de la línea 53- falleció poco después; 63 viandantes -entre ellos una niña de 11 años- resultaron heridos de diversa consideración. La onda expansiva destrozó 500 viviendas y 30 vehículos. Una de las muchas fotografías del atentado que publicó este periódico al día siguiente tenía el siguiente pie de foto: 'Una de las mujeres heridas es trasladada a una ambulancia por dos policías'.

Nada más se supo de aquella 'mujer herida' que era Julia Iglesias, ni de la niña de 11 años, ni de los demás heridos. Nadie más allá de sus familiares se llegó a preocupar nunca por las secuelas que padecen o los miedos que arrastran. Ni el asesino reparó en ellos al apretar su mando a distancia ni tampoco las autoridades fueron mucho más allá de la visita protocolaria al hospital, de las rutinarias palabras de condena, de la fría indemnización fijada por ley.

-Estuve dos días en el hospital y luego me mandaron a casa. Nadie de la administración se preocupó por mí. Tenía heridas en la cabeza, los tímpanos perforados, las quemaduras que me había provocado un zapato al arder... tenía una patología tan espectacular que los médicos no sabían qué hacer conmigo... pero el teléfono no sonó. A los diez días, mi marido tuvo que llamar a Interior y decir: 'Oiga, que mi mujer esta aquí, ¿nadie se va a preocupar por ella?'.

La llamada no surtió demasiado efecto. Hasta un mes después no apareció una asistenta social por su casa de Illescas. Durante todo ese tiempo, Julia se sintió sola, muy sola. O, peor, Julia se sintió un incordio:

-Esa es la palabra. Los políticos nos miran como si fuéramos un incordio. Al muerto lo solucionan con ir al entierro, pero a nosotros... Y lo que menos necesitamos es dinero. Sólo queremos sentir el apoyo de la sociedad, saber que no estamos solos.

Julia se siente mejor cuando escribe. Delante del ordenador, las sensaciones de aquella mañana terrible van escapando como de una olla a presión. Le duele recordar, pero lo hace, y así va dejando sobre el papel -escribió el artículo adjunto a petición de este periódico- el olor de su bolso quemado, la angustia del autobús ardiendo, las sirenas de las ambulancias que herían sus tímpanos perforados.

-Los terroristas pudieron físicamente conmigo y tengo que asumir mis heridas, pero a nivel psíquico no me van a ganar. Voy a luchar por salir adelante. Lo tengo en mi mano.

Bomba en Hipercor

Aquel maldito día (19 de junio de 1987), Milagros acababa de entrar a trabajar. Una bomba destruyó el Hipercor de Barcelona -donde ella trabajaba de cajera- matando a 21 personas y dejando malheridas a otras 45. Tras la explosión, Milagros, embarazada de tres meses, se miró el cuerpo, comprobó que no estaba herida y salió corriendo para avisar a su padre de que se encontraba bien:

-Fue lo primero que pensé. Si mi padre, enfermo del corazón, llegaba a escuchar la noticia del atentado sin saber nada de mí, le podría haber dado un ataque. Así que, después de avisarlo, volví a mi puesto de trabajo. Viendo tanto horror, tanta gente destrozada, no se me ocurrió ir al hospital para que me reconocieran, y ése fue mi error.

Unas semanas después del atentado, Milagros se despertó sangrando por los pechos:

-Me ingresaron en el hospital y me aislaron en una habitación enchufada a una botella de suero. Los médicos no sabían lo que tenía. Sólo me decían que todo podía deberse al susto. Yo, desde entonces, tuve un presentimiento: lo que llevara, un hijo o una hija, nacería mal. Le dije al ginecólogo que quería abortar, pero me dijo que no.

El día que Jessica nació, Milagros la miró y remiró de arriba abajo:

-No le faltaba nada. Fue la alegría más grande de mi vida. Mi hija estaba bien. Trece meses me duró la alegría. Fue entonces cuando me día cuenta de que Jessica no oía. Mi hija es sordomuda. No me cabe duda de que fue por la impresión del atentado.

Una certeza que sólo sostiene Milagros y la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), que lucha desde entonces porque el Estado reconozca la minusvalía de Jessica López. Pero no lo hacen. Ni antes los socialistas ni ahora los de el PP quiere pagar un logopeda para la hija de Milagros, que ya tiene 13 años y sólo se entera de lo que dice su madre leyéndole los labios. La excusa oficial es que Milagros Rodríguez no figura en la lista de heridos de aquel atentado:

-Yo he estado fatal, muy mal, muy mal, con muchas depresiones. No quiero dinero. Sólo que le paguen un logopeda y el mejor audífono que haya en el mercado.

3.000 heridos sin nombre

Son más de 3.000 los heridos sin nombre, condenados a recuperarse en el olvido. Sergio y Julia, también Milagros, se despiertan muchas noches y recuerdan en medio de un sudor frío todo el horror de aquellos días. Dicen que, durante esas noches de insomnio, los sonidos y los olores siguen intactos, también el vértigo, la confusión, el miedo y la lucha por vivir.

La historia de Alfredo es más complicada. A él le pusieron una bomba adosada a los bajos de su coche, aparcado en una calle de San Sebastián. Al ir a arrancar el vehículo, la bomba estalló. Alfredo quedó malherido. Fue el día 23 de julio de 1996. Una vez detenido, el terrorista que lo quiso matar dijo que se trató de una equivocación, pero ETA nunca llegó a hablar de error en ningún comunicado. Alfredo había trabajado de jefe de cocina en el cuartel de la Policía Nacional y los terroristas pudieron confundirlo con un agente. O no.

-Fueron unos días muy duros. Los de antes y los de después del atentado. Los políticos sólo se preocupan de las víctimas importantes. A los demás, ni caso. Fíjese si no en el siguiente detalle: algún tiempo antes del atentado, la policía detuvo a un comando de ETA que tenía la matrícula de mi coche. ¿Y sabe cómo me avisaron? Pues alguien de la subdelegación del Gobierno en Guipúzcoa llamó por teléfono a mi casa y le soltó a mi mujer así, de sopetón: 'Un comando de ETA tenía la matrícula del coche de su marido'. Llamé para protestar y me dijeron que no podían hacer nada. 'Búscate la vida', me dijeron unos policías, 'que nosotros ya tenemos bastante'. Y así fue. Intenté cambiar la matrícula del coche. Fue inútil. Intenté venderlo y comprarme otro con la ayuda de Interior. Nada. Me dijeron que tomara medidas. No lo hice porque no podía. ¿Cómo iba a hacerlo si tenía que aparcar todos los días el coche en la calle, en el mismo sitio, dejándolo y cogiéndolo a la misma hora? Así fue que me pusieron la bomba y explotó.

Alfredo, con las piernas rotas por la bomba, ya no pudo trabajar más. Él, como tantas otras víctimas, considera que en general se trata mejor a los verdugos que a las víctimas. Pero, a diferencia de otros, no cree que sea el PNV el único partido que las trata con frialdad:

-Todos nos utilizan. Los políticos van a lo suyo. Salvo de las personas que son muy importantes, de los demás se olvidan pronto. Te prometen mucho y no cumplen nada. Es lo que resulta más duro.

Aquel día que ellos no olvidarán nunca, el asesino también estaba allí. Los días siguientes, mientras luchaban por escapar de sus heridas y sus miedos, no encontraron a nadie que les diera un abrazo sin la firma del fotógrafo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de noviembre de 2001

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