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Reportaje:Raíces

Un virtuoso de la tolerancia

Un repaso a la vida de Francisco Palomares, protestante, torero, periodista y héroe de guerra

Una edición de los romances moriscos que salpicaron España a finales del siglo XVI pone de relieve que las cosas han cambiado poco en los últimos siglos. Los romances idealizadores del Reino de Granada fueron contestados con poemas satíricos. Todo concluyó con el fracaso de la convivencia y la expulsión de los moriscos en 1609.

Corren malos tiempos para la tolerancia. Y como ejemplo mínimo pero ilustrativo, esas gentes que han puesto el grito en el cielo cuando un modisto, en un ejercicio de surrealismo, se atrevía a vestir de Macarena a su modelo. Se ha olvidado que Sevilla urdió su mito con esos mimbres y vivió la mayor parte del siglo XX sumergida en aguas surreales. Y que a veces produjeron amplitud de ideas.

Se olvida que Belmonte mantenía relaciones filosóficas con el comecuras Ramón del Valle-Inclán y era una personalidad en la cofradía del Cachorro; que García Ramos pintaba a capillitas viendo la hermandad de la Carretería con zahones, sombrero de ala ancha y mantón de Manila, que Villalón 'sacaba los trapos' a la Virgen de Lourdes para resaltar la personalidad de la Macarena y que ésta misma se ponía de luto por Joselito el Gallo mientras a la Virgen de Monte Sión la vestían siguiendo cánones art-decó.

Francisco Palomares escribió sainetes y zarzuelas e inventó un objeto volador que imitaba a las aves

Al calor de la barbarie intolerante del 11 de septiembre y de la anécdota del modisto habría que oponer también el frescor de Francisco Palomares, republicano federal, protestante sevillano, matador de toros, periodista, dramaturgo, caballero de la Legión de Honor, marino, inventor... que supera en mucho a la de esos otros personajes de su época, como Villalón o Sánchez Mejías, y encarnó la virtud de la tolerancia.

Su padre había sido médico e inventor del Jarabe del Doctor Palomares, al que la gente -acortándole el nombre- llamaba Jarabe Protestante. También el pastor que, aprovechando el corto período de la I República, compró al Estado las ruinas del convento de San Basilio y levantó el templo Evangélico de la calle Relator, por cuya puerta sigue pasando cada año la Macarena.

El padre falleció en 1915, cuando parecía que España podía caminar hacia la normalización democrática con Europa, y por eso fue homenajeado con una calle que llevó su nombre hasta el 18 de julio de 1936. Un poco antes había visto cómo su hijo, ya matador de toros, inauguraba la iluminación eléctrica de la Plaza de la Maestranza junto con Lagartijo Chico y Corchaíto. Era en los días en que se gestaba la Gran Guerra.

En ella, Francisco Palomares, El Marino, se convirtió voluntariamente en soldado de tierra para luchar en las trincheras de Verdún. En esta batalla las fuerzas de Pétain frenaron la ofensiva de los alemanes e iniciaron el camino de la victoria. Francisco Palomares volvió, convertido en un héroe francés, y se sumergió en el ambiente surrealista de una ciudad, Sevilla, que preparaba la Exposición Iberoamericana por el método de Penélope: retrasándola todos los años.

Quizás entonces acuñara el lema del que presumiría a lo largo de su vida: gastar su fortuna en reírse. ¿Qué otra cosa iba a hacer en una sociedad sin otro norte que el cielo prometido por los pabellones que perezosamente se levantaban al sur de la ciudad?

Seguramente editó A, C y T,revista mundial de primera necesidad para cubrir esa apariencia. Sin embargo, para la parte seria dejó la fundación de El País, periódico republicano-federal que compartía las ideas políticas de otros protestantes andaluces y prepararía el terreno a las candidaturas de José Marcial Dorado -asimismo de la comunidad evangélica- y Blas Infante 10 años más tarde.

Metido en aquel torbellino, Palomares escribió sainetes y zarzuelas e inventó un objeto volador que -según rezaba su propaganda- planearía imitando el vuelo de todas las aves, 'excepto el del Ave María': microplano lo llamó él mientras pedía insistentemente al Conde Halcón que le buscara un guardia municipal con ganas de suicidarse.

En esta faceta de inventor, al parecer, no encontró ni ningún voluntario para probar el aparato ni nadie que se lo quisiera fabricar; sin embargo, la fortuna le sonrió en las tablas: el mismo rey Alfonso XIII asistió al estreno, en el teatro del Duque, de su zarzuela Sangre española y lo felicitó cuando cayó el telón.

Los agasajos del monarca no parecieron influir de manera significativa en el ánimo del autor. Francisco Palomares continuó siendo republicano, lo mismo que había seguido siendo protestante cuando el Estado católico le otorgó la Cruz de Beneficencia.

Entre ensayo y ensayo, tuvo tiempo para fundar la Escuela Náutica Flotante en un barco de su propiedad donde dicen que se formaron muchos marinos y seguir con la tarea emprendida por su padre de reabrir el Museo de la Inquisición con cientos de piezas que guardaba en su propia casa de la calle Castelar. Todo lo cortó la guerra.

Entonces la Macarena no pasó durante años por la iglesia protestante de la calle Relator porque, en julio de 1936, los de un bando habían quemado la de San Gil.

También habían ardido, quemadas por los otros, las piezas del Museo de la Inquisición. Y cuando todo parecía volver a la normalidad, el templo evangélico de San Basilio hubo de soportar las últimas llamas de la intolerancia. Terminaba un surrealismo y comenzaba otro, el que proyectaría la imagen de un país diferente.

El fundador del primer diario El País murió arruinado y sin risas en 1941, con el escaso sueldo de jefe de los servicios municipales de limpieza. Lo enterraron, con su padre, en el cementerio 'protestante' de Sevilla. Aquel ante cuya pequeñez y pobreza el escritor Eugenio Noel dijo que era la viva estampa del poder civil en España.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de octubre de 2001