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lunes, 22 de octubre de 2001
Crónica:LAS VENTAS | LA LIDIA

Un animado final

Había una enorme animación. La verdad es que éramos pocos -media plaza, a lo sumo- pero, eso sí, muy animados.

Los más animados, los jarochistas, que hacían mayoría. Los jarochistas en cuanto vieron al titular de la causa, llamado Jarocho, unos capotazos movidos e irrelevantes, le pegaron la ovación de la tarde. Y luego, por el mismo procedimiento, consiguieron que el presidente le concediera una oreja muy discutible y bastante protestada.

Jarocho, natural de la población madrileña (y cervantina) de Alcalá de Henares, nuevo en esta plaza, puso mucho de su parte, naturalmente. Se traía una toreo parsimonioso merecedor de sinceros parabienes. Templó derechazos y luego dio naturales corriendo bien la mano con la salvedad -nada baladí por cierto- de que se dejaba retrasada la pierna contraria, lo cual no es que ofenda al dogma sino que es ventaja por donde se van el dominio, la ligazón, el canon de parar, templar y mandar. Mató mal, le pidieron la oreja los suyos a grito pelado, el presidente la concedió y a diversos aficionados semejante exceso les supo a sacrilegio.

Sánchez / César, López, Jarocho

Cuatro novillos de Alfonso Sánchez Fabrés (dos fueron rechazados en el reconocimiento), de discreta presencia, que dieron juego. Dos de Juan Antonio Ruiz Román, con trapío, 4º bravo, excesivamente castigado; 5º encastado. César de Madrid: estocada corta baja (silencio); estocada corta baja perdiendo la muleta (silencio). Tomás López: pinchazo, estocada -aviso-, rueda de peones y se echa el novillo (aplausos y también pitos cuando sale al tercio); estocada (minoritaria petición y vuelta con algunas protestas). Jarocho, de Alcalá de Henares, nuevo en esta plaza: pinchazo, bajonazo y rueda de peones (oreja con minoritaria petición, protestada); aviso antes de matar, pinchazo cayéndose, pinchazo bajo y estocada corta ladeada (aplausos y saludos). Plaza de Las Ventas, 21 de octubre. Última función de la temporada. Media entrada.

El vigente reglamento, que es un coladero, debería regular de distinta manera la petición de orejas que, por lo general, se convierte en un vil chantaje y una manifestación de incivilidad. Lo normal es que los orejistas la pidan siempre pase lo que pase; que constituyan una minoría; que esa minoría arme un broncazo sin faltar insultos, con lo cual se finge que la petición de oreja es mayoritaria y el presidente está obligado a concederla.

Jarocho pudo cortar la del sexto y habría servido para salir por la puerta grande. Lo que faltaba. A ese lo recibió a porta gayola pero el novillo no aceptó la larga cambiada y embistió al aire. Volvió Jarocho a realizar el torero despacioso aunque con menor ligazón en los naturales. Demoró la faena, oyó un aviso, mató mal y ya no hubo trofeo que valiera.

Los novillos de Sánchez Fabrés dieron juego aunque plantearon problemas que los novilleros, jóvenes e inexpertos, tenían dificultades para resolver. César de Madrid, que inició su primera faena con un cambio por la espalda, sufrió achuchones y no pudo con el novillo. Al cuarto, de Juan Antonio Ruiz, precioso ejemplar de capa cárdena clara, con trapío y bravura, lo destrozó el picador mediante sendos puyazos alevosos perpetrando la indecente carioca. Llegó al último tercio reservón el novillo y César de Madrid, tras porfiarlo, decidió abreviar.

Otro ejemplar encastado del mismo hierro le correspondió a Tomás López -que sufrió un volteretón sin concecuencias al quitar al segundo novillo- y le hizo faena parecida a la que aplicó al ejemplar del percance; muy voluntariosa, valerosa y vibrante en los derechazos, y menos lucida en los naturales, que en su trasteo a ese serio quinto práctivamente no existieron pues lo desbordó al intentar la mencionada suerte.

Tomás López tuvo una petición de oreja tan mayoritaria -o sea, igual de minoritaria- que Jarocho en el tercer novillo y sin embargo el presidente no se la otorgó. Lo cual carece de lógica y exigiría una explicación si en este país -se quiere decir esta fiesta- hubiera sentido de la responsabilidad, respeto al público, seriedad y competencia.

Pero no lo hay. Los poderes públicos, de toros, pasan, y les da igual que, por pasar, haciendo dolosa dejación de funciones, la tricentenaria fiesta se haya convertido en la casa de tócame Roque.

Les salva que la gente es pacífica e ilusionada y con ver volar una mosca se pone a cien.

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Tomás López sufre un revolcón sin consecuencias al torear de capa al segundo novillo. / SANTI BURGOS

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