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miércoles, 22 de noviembre de 2000
Tribuna:RAÍCES

La tradición entre las mujeres

En las encuestas andaluzas, las mujeres han sido nuestras más asiduas colaboradoras; aunque en algún pueblo malagueño, El Algarrobo, por ejemplo, en los atardeceres veraniegos, los grupos se reúnen en corro para cantar romances y canciones como San Antonio y los pajaritos. Justamente, estas reuniones de mozos y mozas han dado excelentes resultados en la recolección. Como en tantas partes, el mayor número de romances se consiguió entre gentes de escasa o ninguna cultura y en ámbitos rurales o en los que se reúnen muchachas recién venidas de ellos: casa del servicio doméstico o talleres de bordadoras.De los textos reunidos se pueden obtener algunos datos significativos para conocer la situación actual de la tradición andaluza. Cierto que los materiales, numéricamente bastante abundantes, no son de una riqueza extraordinaria ni de una variedad envidiable. Sé cómo se hicieron las encuestas y me anticipo a cualquier reserva que pueda formularse, pero no deja de ser notable la asiduidad con que afloraban ciertos textos y el enmudecimiento que producían otros. Tal como es mi colección, sirve para saber qué es lo que posee vitalidad. Sabemos, pues, lo que ya existe; hay que buscar otros romances para salvarlos antes de su total desaparición, si es que aún perduran.

Leyendo las Memorias de Pepe Monagas (Madrid, 1958), encontré cómo un escritor canario, Pancho Guerra, hallaba en el Romancero fórmulas de medicina popular: "Busqui un campo ondi haya borrajas. Pasée por arriba de esta hielba y pisotéela, que di antiguo está dichu: 'Hay una hielba en el campo que la llaman la borraja, toda mujer que la pisa luego se siente preñada". Lo notable del caso es que ninguna de las versiones canarias publicadas en La Flor de la Marañuela habla de la borraja, ni de ninguna clase de hierba, sino que comienzan más o menos como ésta de Agüimes: "En Sevilla está una fuente / que echa el agua turbia y clara / aquel que bebiese de ella / al momento está ocupada".

No deja de ser curioso que en nuestras encuestas el romance de Las señas del marido, tan insistentemente recogido por todo el mundo hispánico, no haya dado más que versiones truncadas. Del pliego suelto de 1605, apenas queda nada; el romance-cuento ha perdido todos los elementos tradicionales (la dama que ignora hablar con su esposo, el reconocimiento...) y ha quedado en esa estructura abierta que llama muy poco a la imaginación personal. Ascensión Pastor Sedano transcribió la siguiente versión en Mollina (marzo de 1959): "Ésta es la rueda del mundo, / la rueda del mundo es. / ¿Ha visto usté a mi marido / en la guerra de un marqués? / -No, señora, no lo he visto, / ni tampoco sé quién es. / -Mi marido es alto y rubio, / alto y rubio, aragonés, / en la punta de la espada, / lleva un pañuelo francés, / que lo bordé cuando chica, / cuando chica lo bordé, / y otro que le estoy bordando / y otro que le bordaré".

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