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jueves, 7 de julio de 1994
Reportaje:

Siete días para arreglar el mundo

Estudiantes de 20 países realizan en Holanda un simulacro de Naciones Unidas

No hay más que hablar. La soberanía sobre las islas Malvinas o Falklands Islands, según del lado del que se mire, es asunto del Reino Unido. "Un claro caso de prescripción", explica muy en su papel Michal Mokel, presidente del Tribunal Internacional de Justicia. El nombre de Mokel no resultará muy familiar porque su cargo fue realmente efímero. Duró tan sólo los siete días que se prolongaron las sesiones de la conferencia de las Naciones Unidas modelo, en la que cerca de 150 estudiantes de más de 20 países han tratado desde Holanda e arreglar el mundo."Si nosotros, que somos un puñado de estudiantes, no nos ponemos de acuerdo, ¿cómo se van a aclarar los demás?", se pregunta apesadumbrada Marina Camps, una universitaria argentina. Para Marina, las diferencias culturales, sociales y económicas son todavía demasiado grandes entre el Norte y el Sur, "intereses encontrados a los que es prácticamente imposible dar una solución, salvo que haya dinero por medio", asegura. A ella, al igual que a la mayoría de los representantes de los países menos favorecidos, le cuesta mucho creer en los foros internacionales de discusión.

Pero aun así han actuado en el más estricto seguimiento de las normas de las Naciones Unidas y del derecho internacional. Sólo una de las reglas del juego se ha alterado: ninguno de los asistentes puede representar al Estado del que es nacional. Afortunadamente para España, porque si no se habría quedado sin defender sus tesis. El único estudiante español que debería haber acudido, sin ninguna explicación, a última hora no se presentó. Un germano muy rubio y de grandes ojos azules, que se declaraba forofo de nuestro país, nuestra lengua y cultura, defendía incansable ante los miembros del Consejo de Seguridad la postura española: "Abogamos por una reforma inmediata del Consejo", proclama, y aclara en voz baja: "Hay que lograr que España consiga el derecho de veto".

Habían aprendido muy bien la lección. Los muchachos no cedían en su lucha para anteponer los intereses nacionales. Bien patente lo dejó, el representante de Libia cuando de defender los derechos de la mujer se trataba. Haciendo un dramático llamamiento a la libertad, defendía su derecho a mantener a la comunidad internacional alejada de "ciertos asuntos que forman parte de su propia identidad".

Como en la realidad. Las dificultades para lograr el consenso fueron en muchos casos bien evidentes. "En esto de las Naciones Unidas está bien claro que priman los intereses económicos, y los grandes, sobre todo, los Estados Unidos, siempre dicen la última palabra protestaba la representante de Paraguay, Ana Roberts. Como ella, los delegados de Croacia, invitados como observadores a las sesiones, consideran que. en la mayoría de los foros internacionales hay "mucha palabrería y pocos hechos concretos". No les habían convencido el mensaje enviado por Butros Butros-Gali, secretario general de las Naciones Unidas: "Los problemas que se han configurado durante largo tiempo no se solucionan en una sola noche (...). Es necesario perseverar".

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