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sábado, 11 de septiembre de 1993
Tribuna:

Recuerdos del 11 de septiembre de 1973

En los primeros días de septiembre de 1973, mi padre, preocupado por las inundaciones y un terremoto que había sufrido México, nos pidió que fuéramos a ese país con Tencha [Hortensia Bussi, esposa de Allende] para expresar nuestra solidaridad. Regresamos el domingo 9 de ese mes y nos fue a buscar en un ambiente cargado de tensión.En el aeropuerto de México, María Esther Zuno (esposa del presidente Luis Echeverría) nos dijo que tenía el presentimiento de que nos veríamos mucho después. Jamás imaginamos que una semana más tarde, el 16 de septiembre, Día Nacional de México, cuando aterrizó en México DF el primer avión con exiliados chilenos y la familia Allende, iban a estar recibiéndonos el presidente Echeverría, María Esther y el Gabinete completo vestidos todos de un riguroso luto.

Repaso la noche del 10 de septiembre. Fui a cenar a Tomás Moro -casa presidencial donde vivían mis padres- y llevé muy orgullosa mis regalos traídos desde México. Entre ellos, dos chaquetas de verano. Mi padre interrumpió la conversación que tenía con sus asesores para probárselas en el baño. Espontáneamente dijo: "Espero alcanzar a usarlas". Me sorprendí al oírlo y apenas logré musitar: "¿Tan mal estamos?". El Chicho -sobrenombre familiar de mi padre- intentó tranquilizarme.

En la cena de trabajo estaban varios colaboradores, entre ellos Orlando Letelier, Carlos Briones, Augusto Olivares y Juan Ennque Garcés. Todos discutieron el plebiscito que pensaba anunciar el presidente -el mismo día 11- para salir de la grave crisis política que vivíamos. Intentamos que la cena fuera normal, pero vanas veces fue interrumpida por diferentes llamadas con datos alarmantes de desplazamientos de tropas y otros rumores. Al despedirme de mi padre me llamó la atención que pidiera que me escoltara un coche, pues sabía muy bien que andaba siempre sola y sin protección. Me fui en mi propio coche, el mismo que al día siguiente ocupé para ir a La Moneda [sede de la presidencia chilena].

Esa noche me dormí agotada. Las llamadas comenzaron muy temprano el 11, pero no contesté porque estaba cansada y no quería oír más rumores. Finalmente, una llamada de Patricia Espejo, que trabajaba junto a mi hermana Beatriz (Tati) en la secretaría privada de La Moneda, me advirtió que había golpe y que mi padre ya estaba en el palacio presidencial. Sin pensarlo dos veces, me vestí muy rápido. Tal como había convenido con mi marido -después del intento de golpe conocido como el tanquetazo- me dirigí hacia La Moneda y él se llevó a mis dos hijos. No fue fácil llegar hasta allá. Logré dejar el coche a un par de manzanas. Entré faltando pocos minutos para las nueve de la mañana. Como mi vehículo no tenía radio, durante el trayecto no escuché ningún bando militar. Hasta ese momento, carabineros patrullaban las calles y al identificarme como la hija del presidente me dejaban pasar.

Es imborrable para mí la cara de sorpresa de Beatriz cuando me vio entrar. Ella me pidió que me retirara a Tomás Moro, que creía lugar seguro. Me negué. Más tarde, la residencia de Tomás Moro fue bombardeada aunque en ella sólo estaba mi madre [el presidente se encontraba en el palacio de Gobierno]. Al ingresar en la oficina de Tati hablé con Eduardo Paredes, quien intentó convencerme que me fuera porque "esto será hasta el final", mientras empuñaba un arma. En ese momento yo esperaba -o deseaba- que ese día sólo hubiera otro tanquetazo, rápidamente sofocado.

En el rostro de mi padre advertí una mezcla de sorpresa e incredulidad cuando me vio, junto con lo que creo era una íntima satisfacción de sentirse cerca de sus dos hijas, aunque -debo reconocerlo- nuestra presencia le perturbaba profundamente.

Poco después, nos reunió a todos los presentes en el salón Toesca. Recuerdo de sus palabras la decisión de quedarse en La Moneda, porque ése era su lugar, el que correspondía a un presidente constitucional. Dijo que él no iba a dimitir y que había rechazado las ofertas de abandonar el país. Pidió, en cambio, que sus asesores dejaran el palacio, ya que no estaban entrenados para usar armas y porque el mundo debía conocer lo que pasaba. Estaba muy preocupado por proteger a aquellos que consideraba que no debíamos quedarnos.

Había un gran contraste entre su decisión de quedarse y combatir, para dar una lección moral a los "traidores que rompían la ley" y la serenidad con que conducía y se preocupaba de todos los detalles de la defensa. Mi hermana y yo tuvimos varios diálogos muy difíciles con él, quien primero nos pidió, luego nos rogó y, después, con desesperación, nos ordenó salir ante nuestra resistencia.

Finalmente, con mucho dolor, accedimos. Él estaba convencido de que respetarían su solicitud de un vehículo militar para alejarnos de La Moneda. Al salir vimos que no sólo no había ningún vehículo, sino que el silencio y la soledad eran totales. Todas las tropas que atacaban el palacio se habían retirado. Alcanzamos a cruzar al otro lado, cuando comenzó el bombardeo, y nos alejamos en dirección opuesta al palacio, en medio de tiros aislados. Intentamos quedamos en un hotel -creo que se llamaba Albión- pero lo dejamos al escuchar, en la recepción, un flash [boletín informativo urgente] de una radio que decía: "Frente a la resistencia encontrada en Tomás Moro, la Fuerza Aérea se ha visto obligada a bombardear". Las lágrimas que no pude contener, pensando en Tencha que estaba sola, nos delataron.

Habíamos salido seis mujeres y por alguna razón nos perdimos y sólo quedamos cuatro: Tati, Frida Modak (conocida periodista de televisión), Nancy Julián (cubana, esposa del presidente del Banco Central que estaba en La Moneda) y yo. Caminamos hasta la calle Santa Lucía. Allí hicimos autoestop, con la suerte que se detuvo un vehículo grande. Subimos diciendo que éramos secretarias y que no teníamos nada que ver con lo que pasaba. Nos llevó hasta la plaza Italia, donde había un fortísimo control militar y por primera vez vimos gente detenida, caminando con los brazos en alto. Mientas un militar revisaba los documentos del conductor, Tati, con un embarazo de siete meses, fingió tener contracciones, lo que nos permitió pasar sin más contratiempo. Más allá, por indicación mía, nos bajamos y, por una corazonada, me acordé de una compañera de trabajo que vivía cerca. Aunque nunca había estado en su casa, nos recibió con enorme cariño y preocupación.

Allí establecimos los contactos telefónicos. Poco a poco nos enteramos. Tencha a salvo: entre bomba y bomba logró salir y estaba en casa de Felipe Herrera, un amigo. Más tarde supimos de la muerte del Chicho y también de la de Augusto Olivares, a través de Danilo Bartulín, médico personal que estaba en La Moneda y al cual dejan libre tras el ataque, aunque después lo vuelven a detener. Pasamos una noche de gran tristeza, todas con el alma encogida. No hay palabras para describir ese dolor.

Los sufrimientos siguieron al día siguiente. Después de complicadas negociaciones dijeron que nos autorizarían a asistir al entierro de Salvador Allende. Pero como usaron ese pretexto para atacar la Embajada de Cuba -mi hermana estaba casada con Luis Fernández, cubano y ministro consejero-, y habían herido en una mano el embajador, resolvimos no ir. Sentimos más dolor e impotencia. En la tarde vino un jeep militar con mi cuñado para buscar a Tati, porque se decretó la expulsión de los cubanos. Allí acordamos con ella que llamaría al embajador de México. No tardó en aparecer con un salvoconducto -estaba prohibido circular- que le autorizaba para recoger a "Isabel Allende e hijos menores". Nos fuimos con Frida y Nancy, temiendo que en cada uno de los muchos controles nos descubrieran; pero la serenidad y presencia de Gonzalo Martínez (embajador de México), permitió que llegáramos a la embajada.

Salimos con Gonzalo a buscar a Tencha, la cual estaba muy dolida con todo lo que había pasado. Ella siempre dijo durante años que no sabía si efectivamente el que estaba en ese ataúd cerrado era Salvador Allende. Nos costó mucho convencerla que se fuera a la embajada con nosotros, porque deseaba quedarse en Chile y denunciar lo que pasaba.

Abandonamos el país un sábado 15 de septiembre por la noche, en medio de un gran despliegue militar y una gran tristeza. Nunca pensamos que el exilio iba a durar casi 17 años y que, en mi caso, 15 años después, el 1 de septiembre de 1988 -año del plebiscito- entraría a Chile desde Buenos Aires, con amenaza de deportación primero, una multa a Aerolíneas Argentinas y, en pleno vuelo, la sorpresa de un decreto que estableció el fin del exilio.

Sólo en democracia, y en el Gobierno del presidente Aylwin, pudimos trasladar los restos del presidente Allende desde el cementerio de Santa Inés, en Viña del Mar, para que estuviera sepultado en Santiago, según la tradición chilena, acompañado por ese pueblo que nunca le ha olvidado. Mientras en Europa no hay una ciudad que no tenga una calle, una avenida, un parque, una plaza o un centro social llamado Salvador Allende, en su país todavía estamos esperando que algún lugar público lleve su nombre.

La historia se escribe dos veces, dice Luis Maira. Así lo siento. La primera es la versión de los vencedores, que se han dedicado durante estos 20 años a tratar de empañar y empequeñecer la imagen de Salvador Allende. La segunda la escribirán los historiadores que, con el paso del tiempo, irán reconociendo los muchos aportes y significados que representó el presidente Allende en la historia de Chile.

Con la perspectiva que sólo otorga el paso del tiempo, es indudable que Allende supo expresar en su aproximación a la política algunas de las más esenciales virtudes de un líder. Fue tolerante sin dejar de defender los principios por los que luchaba, adhiriendo a la doctrina del Partido Socialista de Chile, pero desechando toda visión esquemática y simplista.

Planteaba la, "vía chilena al socialismo" como un segundo modelo frente a la vía de la revolución, construyendo un camino al socialismo en democracia, pluralismo y libertad, a partir de la legalidad vigente y de acuerdo con la idiosincrasia chilena. A diferencia de los llamados socialismos reales, este modelo enfatizaba la participación, el pluralismo y las libertades. No era una concepción estatista para reemplazar a las personas, pero sí situaba el centro de las preocupaciones en la igualdad de oportunidades.

Murió heroicamente un presidente. Pero el luchador, el impulsor de los grandes cambios sociales para cerrar la brecha de las injusticias sigue vivo en los corazones del pueblo chileno y en el legado que llevamos los socialistas. El golpe del 11 de septiembre de 1973 significó no sólo la dolorosa pérdida de tantas vidas y violaciones sistemáticas a los derechos humanos, sino también un cambio profundo en la historia del país y en la vida de su pueblo.

Chile tenía un nivel aceptable en áreas de salud, educación y cultura, con las carencias propias de una nación que no era rica. Durante el Gobierno de la Unidad Popular se llegó a una distribución del ingreso en que los trabajadores obtenían más de la mitad de éste. Todo cambió abruptamente con el golpe de Estado. Nadie se sintió seguro. En cualquier momento, los servicios de inteligencia entraban a las casas y sus moradores eran detenidos por la sola denuncia de los vecinos. Asesinatos, torturas y desapariciones se convirtieron en realidad, en un país que los desconocía. Durante 10 años se impuso el toque de queda. Los allanamientos y las poblaciones cercadas militarmente se transformaron en escenas cotidianas al punto de marcar profundamente a la gente con un temor que aún hoy es posible encontrar.

La implantación de un modelo neoliberal extremo, amparado en las ventajas del autoritarismo, dejó como herencia más de cinco millones de pobres en un país de 12 millones de habitantes. Se desarticuló el sistema estatal de previsión social y de salud, se privatizó gran parte de la enseñanza y ésta dejó de ser gratuita y accesible para toda la población, se invirtió el proceso de reforma agraria y se privatizaron las empresas del Estado, en procesos poco transparentes, traspasadas a precios inferiores a los reales.

Todos los Gobiernos democráticos, que duraban seis años en el poder, podían exhibir muchos logros. La dictadura que se prolongó por 17 años, fuera de abrir el país a los mercados exteriores y diversificar las exportaciones, tiene muy poco positivo que exhibir: se deterioró la infraestructura, el país quedó culturalmente fuera del mundo y la distribución del ingreso bajo el régimen militar ha sido, sin duda, la más negativa que ha tenido Chile.

Bastantes esfuerzos ha hecho el Gobierno del presidente Aylwin, particularmente en paliar la extrema pobreza, bajar el desempleo y mejorar los salarios. Mucho se ha empeñado en el tema de la verdad, aunque poco se ha logrado en el terreno de la justicia, y la actitud de los militares, desde luego, no ha ayudado.

Hoy, los desafíos son múltiples. Erradicar la pobreza extrema, hacer que la educación recupere el nivel que alcanzó en democracia y ponerla al alcance de todos los chilenos, terminar con la violencia, lograr que Chile sea de nuevo un país solidario, profundizar la democracia, reemplazar el temor y la apatía por la participación. Lejos está todavía de la modernidad un país cuando tiene cuatro millones de pobres, trabajadores con salarios deprimidos e incertidumbre en el empleo. Son necesarias también reformas institucionales en el campo electoral y una modernización del Estado.

Éstas son las metas para un nuevo Gobierno de la concertación, que requiere no sólo ganar la elección presidencial, sino también obtener una mayoría en el Parlamento que nos permita consolidar la democracia y deshacer las amarras dejadas por la dictadura.

Dentro de la diversidad de la concertación, para nosotros los socialistas el legado e ideales de Salvador Allende, en cuanto a una mayor justicia e igualdad social, están presentes en el desafío de un proyecto de país que crezca y se desarrolle, pero de manera equitativa y solidaria. Es parte también de su legado el espíritu libertario y tolerante que debe animar a una auténtica sociedad abierta.

Rescatar nuestra historia y proyectamos con fuerza hacia el futuro es una tarea prioritaria. Salvador Allende no es un mito sino una fuerza que está viva, si así somos capaces de asumirlo de cara al siglo XXI.

Pese a las pasiones que aún hoy existen en nuestro país, nadie puede negarle a Allende la calidad de un demócrata consecuente, defensor acérrimo de los más desposeídos y coherente hasta el sacrificio personal. Sus últimas palabras, con su voz tranquila agradeciéndole a los más humildes su apoyo y señalando su confianza en Chile y su destino, representan su estatura moral, la de un presidente que prefiere morir por sí mismo que rendirse o entregarse. El mejor homenaje que podemos rendirle es cuidar esa democracia que esperaba se restauraría en Chile.

Isabel Allende vicepresidenta del Partido Socialista de Chile, es hija del fallecido presidente Salvador Allende.

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