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Madame Arthur aún no puede retirarse

Ayudó a triunfar a Christa Leem y a Pavlovsky

Barcelona
Para un adolescente, en la Salamanca de los años 40, un circo puede ser una imagen del paraíso. Modesto se fugó de casa detrás de los titiriteros. Como la Giulietta Massina de La Strada, a quien Anthony Quinn enseña a tocar la trompeta, el muchacho aprendió a subirse al trapecio. Todo terminó cuando la Guardia Civil descubrió su condición de fugado. La gente del pueblo y la filia lo consideraron como un repente infantil, pero Modesto sabía que algo importante había comenzado. Su nombre de guerra artístico sería Madame Arthur.

Modesto Mangas Mateos es un sesentón simpático y barrigudo. Sus gruesos anillos y sus gestos exagerados revelan su afiliación a la cofradía de los gay. Además, se trata a sí mismo de sí misma. "Fui un caso precoz en el arte. Nunca he negado que soy homosexual, y sólo me he tratado corno chico cuando he trabajado en sitios que lo requerían, como en la mili, donde era primera telefonista del Estado Mayor del Aire en Salamanca". Todo en él lleva la inconfundible huella del escenario. En sus ademanes y en sus chistes procaces centellea un metal que no parece auténtico y que luce como bruñido por la cotidiana tarea de arrancar risas en las salas de fiesta.Pero Modesto es, él mismo, más auténtico que sus gestos. Ahora desea retirarse, porque a sus 60 años se cree con derecho a quedarse en casa sin hacer nada, después de las cuatro décadas de trabajar sin parar. Los contratos que proporciona este género de vida son el negativo exacto de plumas y boas, de joyas y pieles falsas. No tiene ni tan sólo seis años de cotización a la Seguridad Social. Deberá subir a la palestra un buen tiempo más para poder retirarse con dignidad.

Y en cambio, tiene la Medalla del Mérito al Trabajo, que le concedió Franco, y de la que se muestra orgulloso. "Con Franco yo llevaba más joyas y más pieles, y me dio esa medalla. Pero la única vez que he estado en la cárcel fue también con el franquismo, cuando me detuvieron y juzgaron por escándalo público, que me llevó a la cárcel dos meses. Era un día de Navidad y yo había bebido un poco más de la cuenta. Salí al Paralelo para ir a felicitar a las amigas de otra sala de fiestas, y allí mismo me cogió la policía. Fuera de esto, jamás he sido fichada ni detenida".

Los tiempos actuales, la desaparición de algunas discriminaciones y la irrupción de los travestidos en las calles y en la prostitución no son del gusto de Modesto. "Se ha confundido la libertad con el libertinaje. Esos homosexuales que hay en las Ramblas, metidos en coches, son un escándalo. Muchos roban a sus clientes, y aún hay gente que se vuelve loco por ellos. Y lo de los partidos políticos a mí me parece bien, pero como en Estados Unidos, donde encuentras a ingenieros, curas, médicos y gente culta y seria. Aquí no. ¿Qué derechos van a pedir con gritos y desnudeces, y con escándalos como los que dan en las calles?".

Modesto no es tampoco partidario de los tratamientos de cambio de sexo. "Para hacer lo que nosotras hacemos no hacen falta hormonas, tetas ni operaciones", dice. "Yo no, yo natural como el tomate. No conozco a ninguna operada que haya sido feliz de verdad". Y tampoco está de acuerdo con que se casen los homosexuales: "Para meterse en la cama no hace falta casarse". Es católico y más bien conservador. "Creo en Dios y en la Virgen. Pero no practico, porque no voy a mariconear de noche y a ir a misa de día". Se siente totalmente atado a Barcelona y le gusta mucho más el alcalde, Pasqual Maragall, que el presidente Felipe González. "Mira, es mi tipo, qué quieres que te diga". De Pujol, ni habla. "Pero yo soy catalana, catalana".

Después de tres años de ausencia de Barcelona de Noche, regresa ahora, vestuario, lentejuelas y purpurinas en ristre, a seguir trabajando en el escenario donde ayudó a triunfar a Christa Leem y a Pavlovsky. Es Madame Arthur, que reivindica para sí el título de primer travestido de la historia reciente, que es consciente de los problemas de los homosexuales, pero que quiere parecer una mujer emancipada. "Jamás me he sentido discriminada. Veinte veces que volviera a nacer, veinte veces que quisiera ser Madame Arthur".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 9 de junio de 1983