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Plomo

Todos sin excepción acarreamos plomo en nuestro organismo. Nuestra sangre lo lleva puesto y casi la mitad del mismo procede de la combustión de la gasolina.El resto se enmascara entre los alimentos, va con las conducciones de agua y hasta en las latas de conservas. Aunque es veneno nos mata poco. En cualquier caso, se sabe que esta neurotoxina limita la actividad cerebral y por tanto el desarrollo intelectual. Podría decirse que ésta, toda contaminación, además entontece dos veces al producirla y al padecerla. Su comportamiento es tan peligroso que muchos países exigen el nivel cero de plomo en el agua o en los alimentos. Algo que queda aún lejos de lo real. Para otros seres vivos no es un potencial peligro sino una fatal realidad. El plumbismo, la intoxicación por plomo, es una grave enfermedad que crea problemas digestivos y del sistema nervioso a muchos millones de animales y que les acarrea la muerte a partir de pequeñísimas dosis ingeridas.

El número de muertes silenciosas provocadas por el plomo resulta incalculable desde el momento en que todos los años ponemos en circulación al menos unos cuantos millones de toneladas de este metal que causan estragos en los bandos de la vida no humana. Tanto por la cantidad como por la variedad podemos decir que en este mundo se siembran demasiados venenos. Pero no sólo sobre los suelos, a los que la agricultura actual convierte en el destino de toda suerte de químicas, muchas de ellas letales, sino también sobre las aguas y hasta en los aires. Recordemos que nuestro metabolismo industrial se salda con la emisión a la atmósfera de 200.000 toneladas de CO2 por segundo. Los sumideros biológicos del planeta ya son incapaces de controlar este residuo. Pero el plomo que es veloz y contundente puede y debe ser controlado. De momento sabemos que sus efectos son devastadores en concreto para las aves acuáticas. Sirva de ejemplo el hecho de que en EE UU el plumbismo provoca la muerte de hasta 3 millones de estos animales anualmente. Pero no hay país en el que no se den casos muy parecidos. Gracias a la labor del Laboratorio de Toxicología de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Barcelona, con Raimon Guitart y Rafael Mateo como principales investigadores, sabemos que en España es también una plaga de considerables proporciones.

Hay muchos ámbitos en los que se localizan enormes cantidades de plomo en plena naturaleza y que quedan al alcance de plantas, invertebrados y animales superiores con lo que se incorporan a las cadenas alimentarias con la consiguiente secuela de muertes. Nos estamos refiriendo a los puntos donde se acumulan los perdigones de los cartuchos que los cazadores disparan.

Porque no podemos pasar por alto que en este país se disparan anualmente unos 200-300 millones de cartuchos. Esto supone nada menos que poner en circulación al menos 5.000 toneladas del poderoso tóxico. Algunos grupos ecologistas elevan al doble esa cantidad. Plomo que queda distribuido en unos 30.000 millones de bolitas que quedan al alcance de muchos seres vivos. La media arroja nada menos que 60 gramos de plomo por hectárea y año. Pero en ciertos aguazales, como el Delta del Ebro o la Albufera de Valencia, se llegan a contar nada menos que dos millones y medio de perdigones por hectárea. Y hasta 300 perdigones por metro cuadrado. Por disolución, lenta porque su persistencia oscila entre los 50 y los 300 años, el plomo puede ir a parar al cuerpo de casi cualquier especie, nosotros incluidos. Pero el plumbismo se hace patente sobre todo en las aves que las confunden con esas piedrecitas que tan a menudo ingieren para usarlas como piezas de molino con las que triturar el alimento en el interior de la molleja. Entre 20 y 30.000 aves mueren en los mencionados aguazales mediterráneos. Nada de baladí tiene la cuestión desde el momento en que los científicos han descubierto una estrecha correlación entre esos lugares y la cantidad de plomo en sangre de sus lugareños y usuarios.

Con todo cabe una solución que ante todo beneficiará a los propios cazadores y que ya se perfila como plausible tras la celebración, hace pocas jornadas, de un congreso sobre este tema. La sustitución del plomo por acero, cinc, tungsteno, bismuto o molibdeno es una sensata urgencia.

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