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Reportaje:IDA Y VUELTA

Cosas sin contar

Antonio Muñoz Molina

Cuántas cosas se quedarán sin contar: cuántas historias que merecían ser sabidas y recordadas se perderán sin rastro. Con lo que sabemos construimos un relato completo del mundo sin que nos inquiete la conciencia, la magnitud de todo lo que se ha quedado fuera, las ciudades de las que no ha sobrevivido ni el nombre, los tesoros que permanecerán sepultados para siempre, debajo de la tierra o en el fondo del mar. Tal vez por ese motivo algunas personas viven dominadas por la pasión de dejar constancia de todo, escribiendo memorias o coleccionando periódicos o fotografías o recogiendo por los desvanes y los muladares de las ciudades lo que nadie quiere o lo que parece que no tiene ningún valor.

En un mercadillo que se instala todos los domingos en el patio de una escuela en el Upper West Side de Nueva York hay siempre un tenderete regentado por un hombre barbudo y jovial que viste chalecos ajustados como de tabernero del siglo XIX y lleva un sombrero hongo de color marrón que acentúa su aspecto anacrónico. Se llama Scott Jordan y según su tarjeta de presentación es "arqueólogo urbano". Va por toda la ciudad conduciendo una furgoneta vieja, y en cuanto ve una zanja abierta o un derribo o el gran cráter de los cimientos de un nuevo edificio pide permiso para llevar a cabo sus excavaciones. No hay nada que no encuentre que no sea un tesoro para su curiosidad sin fatiga, para su empeño de rescatar cualquier huella de vidas pasadas. Sobre el tenderete ofrece algunos de sus hallazgos una vez limpiados: llaves grandes de hace dos o tres siglos, botellas de color caramelo que contuvieron remedios infalibles y embusteros contra todas las enfermedades, cabezas trágicas de muñecos de cartón, candados que cerraron cofres de los que no quedó ni rastro, clavos de varios palmos que atravesaron puertas o vigas o cerraron ataúdes, soldaditos de plomo con los que jugaron niños que llevan muertos más de un siglo, medallones oxidados que conservan en el interior un mechón de pelo, hebillas e insignias de latón de uniformes de la guerra civil americana o la Primera Guerra Mundial. Con algunos de sus hallazgos Scott Jordan elabora composiciones que son como collages de las ruinas del pasado o como las cajas poéticas de Joseph Cornell. La última vez que hablé con él estaba entusiasmado con su yacimiento más reciente: nada menos que un viejo edificio en proceso de demolición en Staten Island que había sido un tenebroso orfanato hasta las primeras décadas del siglo XX. Había encontrado juguetes toscamente tallados y pintados, listas de nombres, fotos de huérfanos, platos y vasos de latón, toda la arqueología precaria de la desdicha y pobreza, de las que no suele quedar huella, porque quienes las sufren no escriben y muchas veces no cuentan y aunque quisieran hacerlo no encontrarán quien los escuche, quien coleccione sus testimonios tangibles, que además suelen estar hechos con materiales poco duraderos.

Escribo sobre la injusticia de la desaparición y de la pérdida porque acabo de saber que ha muerto Javier Pradera. Cuántas cosas se quedarán sin saber ahora que él no puede recordarlas o contarlas. Cada vez que nos veíamos yo le decía lo que le he dicho siempre a las personas que han tenido vidas como las suyas: escribe tus memorias. Cuenta lo que has vivido y lo que se perderá si tú no lo atestiguas. Cada vida un hilo frágil que podría conectarnos con un yacimiento de recuerdos. Se lo decía siempre a mi querido Claudio Guillén. Se lo dije el último jueves que estuvimos juntos, el día antes del viernes en que murió de un infarto mientras veía en la TV una película que le gustaba mucho. Se lo digo siempre que nos vemos a Emilio Lledó, gallardo y lúcido a sus ochenta y tantos años, con su sonrisa cordial, sus ojos vivísimos, sus corbatas impecables. Hay que contar las cosas. Hay que agregar una parcela mínima de territorio al continente inseguro del conocimiento humano, como han agregado durante siglos los holandeses fragmentos de paisaje a las fronteras marítimas de su país.

Javier Pradera contaba algo y uno comprendía que estaba mostrando solo una parte reducida y valiosa del patrimonio que guardaba en sí mismo, como un joyero que trae de la caja fuerte una pieza única y la muestra a la luz antes de devolverla a su cofre secreto. Pradera escribía en el periódico columnas políticas de una concisión conceptista, pero en el sosiego gustoso de la conversación, en la sobremesa de un restaurante, era un narrador demorado e irónico, que completaba la agudeza de una observación con la melancolía general por el paso del tiempo. Lo había visto todo. Lo recordaba todo. La primera vez que yo estuve con él fue en los primeros años noventa, en un almuerzo que compartíamos con otro gran depositario de recuerdos de la España convulsa, Manuel Azcárate. Manuel Azcárate había escrito unas memorias de su adolescencia como hijo de diplomático de la República española y su juventud de militancia comunista, y Pradera me pidió que los acompañara a los dos para presentarlas.

Verlos juntos era una oportunidad extraordinaria. Azcárate el heredero de la burguesía republicana española encaminado luego hacia el comunismo, testigo del exilio en Moscú y en París y luego de la expulsión del Partido y del compromiso con la democracia recobrada; Pradera el hijo y nieto de integristas españoles que en los años cincuenta renegó de todo lo que había aprendido y heredado para militar en la resistencia contra la dictadura. Los dos tenían en común la experiencia de primera mano del heroísmo de los luchadores comunistas y el alejamiento consciente y doloroso de un aparato político tan sofocante como la ideología que lo sustentaba.

No es justo que desaparezcan estas cosas: que se borre el dolor de Javier Pradera por el asesinato de su padre al que no podía recordar y su coraje para rebelarse a cuerpo limpio contra el régimen para el cual su padre era un mártir. Fui testigo de una breve conversación entre Pradera y cierta insensata con credenciales de izquierdas que se tomaba a la ligera la tragedia de los asesinatos en la zona republicana durante el verano de 1936.

-A mi padre lo mataron -le recordó Pradera, educadamente.

-Pero es que tu padre era un fascista -dijo esta señora, como para dar por zanjado rápidamente el asunto.

-Pero era mi padre -dijo Pradera.

Tenía una figura de longitudes góticas, que se prolongaba en los gestos ojivales de las manos velludas. Hablaba bajo y deleitándose tanto en lo que contaba que era evidente que nunca se decidiría a escribir unas memorias, porque disfrutaba demasiado con su talento de narrador oral, que por otra parte era más bien pudoroso y oblicuo, porque tendía a borrar su propia figura de las historias que contaba. Mucho antes de llegar a conocerlo me eduqué gracias a él en aquella colección de bolsillo de Alianza Editorial en la que sin darse uno mucha cuenta descubría a Marx, a Kafka, a Faulkner, a Freud, a Chaves Nogales, a Proust, a Borges, a Clarín. Ya no podremos leer sus memorias, pero al menos que no se quede sin contar quién fue Javier Pradera, cuánto le debemos.

antoniomuñozmolina.es

Javier Pradera (en el centro), fotografiado en el año 2000 con los historiadores Javier Tusell (izquierda) y Antonio Cazorla.
Javier Pradera (en el centro), fotografiado en el año 2000 con los historiadores Javier Tusell (izquierda) y Antonio Cazorla.RAÚL CANCIO

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