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PUNTO DE OBSERVACIÓN
Columna
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¿A quién llamar en España?

Soledad Gallego-Díaz

Está claro que la única forma que vamos a tener los ciudadanos de saber cuál es el programa de gobierno de Mariano Rajoy para los importantísimos 100 primeros días de su gobierno será esperar a su discurso de investidura, en el que necesariamente tendrá que precisar sus ambiguas propuestas. El problema es que, muy posiblemente, ese discurso no se pronuncie antes del 20 de diciembre. Demasiado tiempo, teniendo en cuenta la formidable velocidad a que se desarrollan los acontecimientos en Europa, donde está prevista otra cumbre para el 9 de diciembre y donde se pueden convocar reuniones extraordinarias en cualquier momento. Demasiado tiempo, no solo para los españoles, sino también para los otros dirigentes europeos que no tienen a estas alturas, en mitad de la peor crisis de la historia de la Unión, ningún interlocutor político en España.

Cierto que José Luis Rodríguez Zapatero será presidente del Gobierno hasta el último día que marque la ley, y que los dos partidos, PSOE y PP, cooperarán, como es tradicional en estos casos, con seriedad; pero cierto es también que, superado el 20-N, y con un resultado electoral que le va a desautorizar de la manera tan brutal que anuncian las encuestas, difícilmente nadie va a descolgar el teléfono en París, Berlín o Roma para consultar con el presidente en funciones.

Y de eso se trata ahora. Eso es lo que necesitamos urgentemente. Uno de los objetivos más inmediatos del nuevo presidente del Gobierno (sea quien sea finalmente) debe ser recuperar interlocución política en la Unión Europea. Recuperar cuanto antes representación y presencia, algo totalmente abandonado en los últimos tiempos. Como todos hemos podido apreciar, en los últimos meses el único interlocutor español en la Unión Europea ha sido Elena Salgado. Y por mucho trabajo y extraordinario esfuerzo que haya desplegado la vicepresidenta, no representa a su país como lo hacen Nicolas Sarkozy o Angela Merkel, ni tiene su peso político.

Ese papel le hubiera correspondido a Zapatero, pero, desafortunadamente, el actual presidente del Gobierno español ha tenido que hacer frente a la peor crisis europea sin haberse asegurado antes una interlocución fluida con Sarkozy, Merkel o Cameron, quizá por falta de interés propio o por falta de comprensión de la importancia que tiene para España conseguir que nadie descuelgue un teléfono en Europa para tratar temas importantes para la Unión sin saber con quién tiene que hablar en Madrid y sin estar seguro de que no puede dejar de hacer esa llamada.

Los precedentes con Rajoy no son muy alentadores. La mayoría de sus viajes a Bruselas no han sido para entrevistarse con altos funcionarios, sino para visitar a su cuñado, el diplomático y eurodiputado Francisco Millán Mon. Rajoy no frecuenta las reuniones previas a las cumbres europeas que celebran los integrantes del Partido Popular Europeo, al que pertenecen también los partidos de Nicolas Sarkozy y de Angela Merkel. Esas reuniones garantizan no solo conocimientos técnicos, sino también personales, que pueden resultar útiles en medio de las peores batallas. (La próxima reunión será el 7 y 8 de diciembre, en Marsella, y no se sabe si Rajoy tiene previsto asistir). De su colega el expresidente Aznar, que frecuentaba todos los foros posibles, se decía que el canciller alemán Gerhard Schröeder ofrecía cortarse una mano para no tener que llamarle, pero que nunca dejó de hacerlo.

Lo cierto es que, por un conjunto de causas, España se encuentra hoy dentro de la UE es una posición de gran debilidad, como nunca ha tenido, ni en los años inmediatos a su adhesión, en los que el empuje y la vocación europeísta de Felipe González suplieron con gran éxito otras carencias. Si Rajoy gana las elecciones con el enorme respaldo que algunos anuncian, recuperar esa presencia y dejar claro que hay alguien al otro lado del teléfono al que hay que llamar y consultar debería ser una tarea primordial. Antes incluso de tomar posesión.

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