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Reportaje:LECTURAS COMPARTIDAS

Un trozo de cielo muy pequeño

Rosa Montero

No sé si me gusta por igual todo el libro que Cristina Cerezales ha escrito sobre su madre, Carmen Laforet. Pero las partes que prefiero, que son la mayoría, me parecen buenísimas. Música blanca es una obra delicada y original, una penetrante indagación en el misterio de una vida. De una vida, además, especialmente secreta, porque estamos hablando de Carmen Laforet, esa autora mítica que, con 23 años, escribió una novela asombrosa llamada Nada (1944), y que luego, pocos libros después, dejó la escritura para siempre. ¿Qué fue de Carmen Laforet?, nos preguntábamos los narradores jóvenes en los ochenta. Y nos lo seguíamos preguntando en los noventa. Luego, más tarde, llegaron noticias del Alzheimer que acabaría con ella en 2004. Pero, antes de la enfermedad, ¿qué sucedió? El misterio la envolvía como una sombra. Era un enigma acrecentado por la formidable dimensión de su novela, que, además de ganar el primer Premio Nadal y obtener un gran éxito en el momento de su publicación, sigue siendo en la actualidad una obra moderna y poderosa.

Laforet escribió Nada en tan sólo seis meses. Sin duda se encontraba tocada por la gracia, o más bien por la desgracia, porque hace falta haber sufrido mucho para poder construir un mundo narrativo tan feroz. Como muchas novelas juveniles, Nada estaba muy cerca de lo autobiográfico, pero el enorme talento de Laforet le hizo superar las limitaciones de lo testimonial. El libro cuenta la historia de Andrea, una chica de dieciocho años que, en 1939, llega a Barcelona para estudiar en la universidad y se aloja en el piso de unos parientes. Es un mundo claustrofóbico y febril, una cotidianidad envenenada; por detrás late el fantasma enloquecedor de la cercana guerra, por delante la tóxica realidad de la posguerra. Pero la novela va mucho más allá de la coyuntura histórica y habla de esa negrura que nos acecha a todos, de la sordidez y la sequedad del alma, de lo mala que puede ser la vida cuando es mala. Andrea es como una niña que cae dentro de un cuento de hadas cruel; los adultos son seres mezquinos y violentos lastrados por secretos inconfesables, o bien lastimosas y pasivas víctimas. Aún peor: todos llevan dentro los cadáveres de sus esperanzas, y de la bondad que un día tuvieron, y de su antiguo deseo de ser felices. Ellos mismos están muertos y no lo saben. Todo esto lo cuenta Laforet con una prosa exacta, limpia y hermosísima. Hablando de las amigas de la tía de Andrea, que antaño fueron unas jóvenes dichosas y ahora son mujeres atormentadas y marchitas, Laforet escribe: "Eran como pájaros envejecidos y oscuros, con las pechugas palpitantes de haber volado mucho en un trozo de cielo muy pequeño". No es posible expresarlo mejor. Nada es la historia de lo que sucede cuando el cielo se vuelve así de pequeño, así de angustioso.

Ahora, 65 años después, su hija Cristina nos asoma a otro espacio asfixiante: a la vejez de la escritora, a la enfermedad y el deterioro. Durante sus tres últimos años de existencia, Carmen Laforet apenas pronunció palabra. La vida, con perverso tino, dispuso para Laforet un final acorde con su biografía, un estremecedor destino de tragedia griega: ella, que llevaba décadas sin poder escribir, acabó muda y devorada por el gran silencio; y, tras haber contado tan bien el horror de los mundos demasiado estrechos, terminó atrapada dentro de su cuerpo. Primer gran acierto de Cristina Cerezales: la estructura caleidoscópica del libro (hay textos de Laforet, fragmentos de cartas, anotaciones de los diarios de las nietas), que refleja a la perfección la abigarrada confusión que es una vida. Segundo gran logro: el retroceso temporal. Al principio del libro, Cerezales enseña a su madre, ingresada en una residencia, un álbum de fotos familiares que empiezan a hojear de atrás hacia delante. Los días pasan, los retratos y los recuerdos son cada vez más juveniles y, mientras tanto, la anciana escritora se va acercando a la muerte, que es como volver a los orígenes, al huevo, a la oscuridad última y primera. A la nada. "Mi niña", le dice Cristina a su madre cuando la mujer ya está a punto de culminar ese viaje esencial. Hay algo tremendamente conmovedor en este libro, una veracidad que te atraviesa.

Música blanca va dibujando poco a poco la semblanza de Laforet. Sus angustias ante el peso de la fama; la zozobra de su condición femenina en una sociedad tan machista como la que vivía ("la posibilidad de ser escritora es algo muy vacío y sin sentido, y la posibilidad de ser plenamente mujer algo no solamente magnífico, sino obligatorio en el desarrollo de mí misma", llegó a decir); su difícil vida matrimonial; sus cinco hijos; el extraño y fulminante arrebato místico que experimentó en 1951; el divorcio; el bloqueo literario; la enfermedad; el silencio. En 2002, cuando ya hacía un año que no hablaba y casi cuarenta que no publicaba una novela, le contaron que habían propuesto su nombre para el Príncipe de Asturias. Entonces Laforet emergió por un momento de la sima de su deterioro y de su ausencia. "¿A mí?", dijo audiblemente, y la expresión se le avivó, y durante algunas horas pareció contenta. Una anécdota tremenda que deja entrever hasta qué punto la escritura (incluso la escritura silenciada) formaba parte de su nuez más íntima, más irreductible y persistente.

Pero lo mejor de Música blanca es todo aquello que va más allá de la estricta biografía de Laforet. Es decir, aquello que nos atañe a todos. Los jardines primordiales de la infancia, el fuego de la juventud, la melancólica mordedura del tiempo, el dolor y el temblor de la existencia. Y también la aceptación, la comprensión, el cariño. Porque el libro termina dejando una clara sensación de serenidad. La vida es un trozo de cielo muy pequeño, pero, de una manera sutil y casi mágica, Cristina Cerezales se las arregla para encontrar alivio en ese encierro.

Música blanca. Cristina Cerezales. Destino. Barcelona, 2009. 256 páginas. 19 euros. Nada. Carmen Laforet. Destino. Barcelona, 2009. 304 páginas. 18 euros.

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