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La crisis de la deuda

Grecia pone a Europa al límite

El euroescepticismo de Alemania choca con el rechazo griego por la dureza del ajuste - Berlín insiste en una participación "sustancial" del sector privado

Claudi Pérez

Cuanto más honda se hace la interminable crisis que azota la UE, más artificial parece el paraíso perdido de los 10 años previos al incendio fiscal que se extiende por la periferia de la eurozona. Grecia pone a Europa cada vez más cerca de sus límites. Alemania rectificó en el último momento tras unas semanas de enorme tensión y Francia arrancó con fórceps el pasado viernes en Berlín un acuerdo tibio para liberar más fondos y poner las bases de un segundo plan de rescate más completo para Grecia.

Se gana así tiempo, pero todo sigue igual. Grecia tiene dinero para sus compromisos inmediatos; tal vez ese segundo plan aporte tranquilidad durante un par de años más, pero sus números siguen sin cuadrar, con una profunda crisis política por cerrar y una tremenda, temible tensión en la calle. Y no hay gobernanza europea -con el Gobierno alemán enfrascado en las encuestas y en su calendario electoral- capaz de articular una respuesta más ambiciosa.

El 60% de los alemanes no quiere oír hablar de nuevos rescates
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La Unión sufre por el interior y por las costuras: los países rescatados están descontentos con los resultados del plan de socorro, con las oleadas de austeridad que complican la salida de la crisis, con dolorosos recortes que se superponen unos a otros. En el núcleo duro de Europa -Alemania, Holanda, Finlandia y Austria-, el euroescepticismo alcanza cotas nunca vistas desde la llegada del euro. Europa en el diván, en la encrucijada: al límite.

Bruselas es un hervidero de eurócratas, lobistas y think tanks que llevan meses con una diagnosis clara del problema: hace falta algo más que una unión monetaria, un banco central y una moneda para que esto funcione. Palabras: si esa es la solución, no parece que haya nadie capaz de ponerla en marcha. "Una unión política requiere mucho tiempo, complicados acuerdos, equilibrios inestables; pero Grecia y la crisis fiscal de la periferia exigen inmediatez. Los mercados actúan en el cortísimo plazo y provocarán nuevas crisis que precipitarán la necesidad ineludible de afrontar la realidad: Grecia no puede pagar; es posible que algún otro país tampoco", apunta Guntram Wolff, de Bruegel.

Drama es una palabra griega y Europa también lo es; Alemania no. El desencanto ha hecho mella en Berlín, en los países del Norte, por una combinación de clichés -los pecadores del Sur, ese tipo de cosas- con la fatiga derivada por la interminable crisis y la sucesión de salvamentos en los que los contribuyentes de esos países se ven como pagadores cuando siempre creyeron que la Unión llevaba de fábrica una cláusula de no rescate. Ante ese choque casi cultural, en las últimas elecciones en Holanda y Finlandia el desaliento se ha traducido en peligrosas vías a la derecha de la derecha; en Alemania, el 60% de la gente rechaza nuevos rescates, y soluciones más ambiciosas como una unión política y fiscal o la emisión de eurobonos ponen los pelos de punta.

"Mañana habrá 12.000 millones más para Grecia. En unos meses las cifras de ayuda se ampliarán con el segundo rescate. El resto es puro teatro: no va a haber impago porque eso no parece digno de una potencia mundial, lo único que habrá es esa reestructuración suave que supone más y más dinero hasta que Alemania, Holanda y Finlandia digan basta y no quieran rascarse más el bolsillo. En ese momento, cualquier cosa puede suceder", advierte Daniel Gros, del Center for European Policy Research.

Lo que hay ahora es una batalla entre los países rescatados, los rescatadores y el sistema financiero por ver cómo se reparten la factura. Berlín y París dieron luz verde el viernes al quinto tramo de la ayuda a Grecia: 12.000 millones (y quizá otros 6.000 adicionales) que permitirán salvar el verano. Y mostraron las líneas maestras del segundo plan de rescate que se empezará a discutir hoy en un Eurogrupo extraordinario y que, después de un rifirrafe de semanas, supone más dinero para Grecia pero también la participación voluntaria de la banca en la reestructuración, de forma que nadie pueda achacar a Europa que Atenas suspende pagos para no inaugurar un nuevo episodio de pánico financiero al estilo de Lehman Brothers. "En la negociación debe haber un aporte sustancial de los acreedores privados, pero eso es algo que no se puede discutir en público", dijo ayer Merkel.

Alemania ha dado un paso en la dirección del BCE y del resto de países europeos, encabezados por Francia, "pero está llegando al límite: la opinión pública está basculando hacia posiciones que dificultan dar nuevos pasos", afirman fuentes europeas. Los próximos acontecimientos son esenciales para reducir la tensión. Es fundamental escenificar un acuerdo hoy en Luxemburgo, pero la clave de bóveda es dar carpetazo a la crisis política griega y aprobar el nuevo paquete de austeridad, algo nada fácil a la vista de las algaradas sociales en Atenas. Al mirar hacia atrás se ve el peor de los mundos posibles: Alemania tiene que crear de la nada una crisis cada vez que hay que avanzar; al final se aprueba una solución de compromiso aceptable para su ciudadanía, pero nunca definitiva. En Atenas, el primer ministro ya ni siquiera controla su partido y está abocado a convocar elecciones en unos meses.

"En algún momento Grecia dirá basta, o Alemania dirá basta, y entonces veremos una crisis de consecuencias imprevisibles, después de tanto ganar tiempo", explica el economista Andrew Watt. "Lo paradójico es que poco más se puede hacer: hace falta tiempo para lograr que España se desacople, para que la banca esté lista y para que Grecia corrija su agujero. Queda rezar para que las agencias de calificación traguen con esa contradicción en sus términos que es la "reestructuración voluntaria". Y tenerlo todo listo para cuando llegue la auténtica suspensión de pagos", cierran fuentes próximas al FMI.

Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, en la conferencia de prensa conjunta del pasado 17 de junio.
Nicolas Sarkozy y Angela Merkel, en la conferencia de prensa conjunta del pasado 17 de junio.F. BENSCH (REUTERS)

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Sobre la firma

Claudi Pérez
Director adjunto de EL PAÍS. Excorresponsal político y económico, exredactor jefe de política nacional, excorresponsal en Bruselas durante toda la crisis del euro y anteriormente especialista en asuntos económicos internacionales. Premio Salvador de Madariaga. Madrid, y antes Bruselas, y aún antes Barcelona.

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