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EUROCOPA 2008 | Semifinales: España-Rusia
Columna
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Entre Hiddink y Aragonés

Enrique Vila-Matas

Un amigo de Nueva York vio cómo corría peligro su vida cuando ganó España a los penaltis y él fue el único que aplaudió, rodeado de las caras más hostiles, en un bar de Little Italy. El dueño del establecimiento, en una curiosa reacción, se negó a cobrarle la cuenta, tal vez porque buscaba una elegante forma de dejarlo todo en un empate.

Pero no hay forma posible de que seamos elegantes en este tema. Todos sabemos que la selección española no empató y que, además, no nos conviene hacer concesiones. Ganamos. Podemos. Camacho. Etcétera. No vaya a ser que, por bonachones, vuelvan a darnos el codazo de Luis Enrique.

"Dios existe", rubricó el locutor de Cuatro al terminar el partido. Estaba el Rey todavía en el palco. Y, durante los días anteriores, la propaganda patriótica había retumbado hasta el último rincón del mundo, hasta la última esquina de Little Italy. Al nombrar a Dios, el locutor no hizo más que cerrar coherentemente el triángulo, dar un golpe sobre la mesa tradicional de la trinidad más nuestra. Dios, Patria, Rey. ¿Con Manolo, el del bombo, de ayudante de cámara?

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Buena España y buena Eurocopa

Pero dejemos a la sagrada trinidad y bajemos al terreno de juego. Sigo con atención extrema esta Eurocopa. Hasta el punto de haber descendido en Dublín a toda prisa por las endiabladas escaleras de caracol de la Torre Martello para no perderme un partido de Turquía. Me ha resultado difícil saber a favor de qué equipos iba en esta Eurocopa. Primero, fascinación por Holanda, a la que imaginé campeona y ahora está eliminada después de decepcionar ampliamente ante Rusia. Después, mi admiración por Modric hizo que fuera a favor de Croacia. Ahora soy ruso. Rusia es la selección que me gusta, pero, como ha de enfrentarse en las semifinales a España, me crea más dudas morales que las que pudo tener el holandés Hiddink cuando, como entrenador de Rusia, jugó contra Holanda.

Ante tanta indecisión y trasiego de identidades nacionales, he decidido, a modo de protección de mi ánimo, pensar en otra cosa, concentrarme en los entrenadores, ir a favor de algunos de ellos antes de ir a favor de países y de enseñas nacionales que luego caen eliminadas y le dejan a uno perdidamente trastornado. ¿Qué entrenadores? Hiddink y Luis Aragonés son los que más virtudes han exhibido. Van Basten apunta alto, pero aún le falta. Scolari, por muchos padrinos que tenga, siempre me ha parecido una patata. Donadoni no escapa de la soberbia y la mediocridad. Hiddink es el más solvente de todos. Crea equipos triunfadores, siempre idénticos el uno al otro; formaciones físicas y disciplinadas que estudian hasta el último detalle al rival. Hiddink tiene talento, capacidad de invención y veteranía. Luis Aragonés tiene talento y veteranía, lo que tampoco es poco. El entrenador español ha sido criticado hasta por su aspecto de enajenado y, sin embargo, es el rey del sentido común, y la prueba la tenemos en que prescindiera de Raúl. Aragonés es un buen técnico, al que ya sólo le falta que en el próximo partido explote Fernando Torres.

Como el Rusia-España va a ser la auténtica final del campeonato, creo que ahora mismo, ya sin más vacilaciones, me tengo que decidir entre Sevilla y Triana, entre Hiddink y Aragonés. Porque aquí de lo que se trata es de entrenadores. En la otra semifinal, el turco Terim parece sólo un preparador discreto, aunque, eso sí, un iluminado del gol en el último minuto. Y en cuanto al alemán Löw, está bien verde, aunque sus planteamientos, mezcla interesante de modernidad y tradición, pueden acabar llevándole lejos. Llegados a este punto, ya sólo me queda añadir que jamás vi peor entrenador que el francés Domenech, supremo gandul que no debe de haber espiado a sus jugadores en todo el último año: sólo eso explicaría que haya alineado a Thuram, Abidal y Henry, en profunda mala forma -como bien saben en Barcelona- desde la noche de los tiempos.

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