Trump y la doctrina del ultimátum
La ley del más fuerte sigue vigente a pesar de siglos de ilustración y esfuerzos por crear un orden internacional que todos deberían respetar, empezando por el país que se llama a sí mismo símbolo de la democracia

En el mundo de Trump las amenazas funcionan. Al menos así lo demuestra el precipitado y caótico cese al fuego en la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán y sus aliados de Hezbolá en el Líbano. La más reciente retumbó en todo el mundo cuando Trump prometió borrar a Irán de un plumazo si no abría el estrecho de Ormuz –cerrado desde el 28 de febrero– antes de las 8 de la noche del martes 7 de abril. Sus palabras: “Toda una civilización morirá esta noche para nunca más volver”. Antes había dicho que enviaría al país a la prehistoria. No es que la oscurantista y sanguinaria dictadura iraní merezca continuar. Al contrario, pero los métodos importan.
El método de Trump es una combinación de extorsión y fuerza. Demuestra que la ley del más fuerte sigue vigente, pese a siglos de ilustración y esfuerzos por crear un orden internacional que todos deberían respetar, empezando por el país que se llama a sí mismo símbolo de la democracia. En el actual orden depredador, Trump está en la cima de la cadena trófica.
Pero lo que no dice su amenaza apocalíptica puede que sea lo más importante. Estados Unidos está actuando de un modo no muy distinto al de países que acosan a sus vecinos, como lo ha hecho Irán por mucho tiempo y también Israel, con la coartada de la defensa propia. Ambos actúan como estados forajidos. No otra cosa implican las amenazas de anexión de Trump contra Canadá o contra Groenlandia.
Con una diferencia: Estados Unidos no es vecino de Irán, no ha sido directamente agredido por la nación persa y el cierre del estrecho no afecta su suministro de petróleo. Lo innegable es que, por su alineación con Rusia y China y su hostilidad hacia Israel, el detestable y cruel régimen de Teherán es un adversario ideológico y geopolítico de Estados Unidos. En un momento de encarnizada competencia por nuevas esferas de influencia, Washington no permitirá que alcance el poderío nuclear ni que controle el estrecho.
La retórica bravucona de Trump importa porque enseña que la diplomacia pierde toda relevancia cuando la capacidad militar de un país es tan enorme que puede literalmente borrar del mapa a otro. A raíz de las protestas de enero, los ayatolas habían buscado un arreglo con Estados Unidos. En plena escalada militar, el ministro de Exteriores de Omán reveló que Irán había aceptado, en conversaciones indirectas con Washington, renunciar al acopio de uranio que pudiera servir para fabricar un arma nuclear y reconvertir sus reservas en combustible, una concesión que se aproximaba a las exigencias máximas de Estados Unidos. La guerra no solo era evitable, sino que carecía de justificación. Pero azuzado por Netanyahu e inspirado por la cinematográfica captura de Maduro, Trump decidió atacar pensando que los haría claudicar en cuestión de horas.
Estamos viendo el despliegue de un poder imperial sin riendas. Las guerras de Afganistán e Irak tras el 11 de septiembre fueron absurdas: se invadió Irak con la excusa de unas armas de destrucción masiva que no existían y se destruyó Afganistán para erradicar a Al-Qaeda, lo cual tampoco se logró. Pero incluso entonces Estados Unidos activó sus canales institucionales y diplomáticos. No por respetar las normas, sino por entender que era el principal beneficiario del sistema global. Esta vez no hay nada de eso. Es Trump quien decide sin pasar por su propio Congreso, ignorando a sus asesores y a sus ciudadanos, que en su mayoría no aprueban sus aventuras militares.
Detrás de todo hay un plan para mantener y ampliar la hegemonía estadounidense en el Medio Oriente junto a Israel y las monarquías del golfo Pérsico. Irán encaja a la perfección en la Estrategia de Seguridad Nacional 2025: es aliada de Rusia y China, representa “intereses vitales” y controla del estrecho, la arteria por la que fluye buena parte del gas y el petróleo del mundo. Un Irán debilitado le permitiría a Trump ganarle terreno a sus adversarios, más todavía si los ayatolas caen y el país se abre a sus amigos, los inversores occidentales. Aunque eso no sea hoy nada seguro.
Pero hay un detalle que no es solo procedimental: ninguna resolución del Consejo de Seguridad de la ONU ha avalado los ataques, y Trump actuó sin autorización de su propio Congreso. Desde Nuremberg, la guerra de agresión es el crimen supremo del derecho internacional, del que se derivan todos los demás. Trump colocó a Estados Unidos fuera del orden que, en teoría, encabeza. Ese es el fundamento jurídico de una eventual acusación por crímenes de guerra. En el mundo de hoy, el mundo de Trump, Xi y Putin, ese fundamento parece ser letra muerta. Pero los archivos no se borran y los hechos de esta categoría no se olvidan.
Las estrategias hegemónicas de Estados Unidos son de vieja data: desde la guerra contra México a mediados del siglo XIX y la Enmienda Platt de 1901 hasta Vietnam, Centroamérica en los 60 y 80, además de todo lo visto en el Medio Oriente en este cuarto del XXI. Pese a lo desquiciado que pueda parecer, Trump actúa dentro del patrón histórico imperial.
Dado ese patrón, es difícil que el conflicto se resuelva de manera satisfactoria en las negociaciones en Paquistán. Pero no es imposible. Casi seis semanas de bombardeos han diezmado las líneas de mando del régimen y destruido infraestructura crítica. En ese escenario, el apoyo popular es más crucial que nunca para la teocracia, como explicó la corresponsal Catalina Gómez Ángel en una entrevista con Carlos Fernando Chamorro. Para no perderlo, el nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtaba Jamenei, podría hacer concesiones importantes, incluido el abandono del programa nuclear.
El gobierno estadounidense puede haberse apresurado a cantar victoria, como lo ha hecho Trump mismo y a través del secretario de guerra Pete Hegseth y la vocera Karoline Leavitt, quienes han ensalzado la efectividad de la campaña aérea y la agudeza preclara de su presidente. Pero no es descabellado que al final, Trump se autoproclame una vez más vencedor de una guerra que él mismo inició sin autorización y cuyo punto culminante fue un mensaje en TruthSocial conminando con improperios al régimen de Teherán a reabrir el maldito estrecho.
De modo paradójico, esas actuaciones de matón de barrio y caracterizadas por el lenguaje pendenciero podrían costarle más de lo calculado. Como notó el ex gobernador de Nueva Jersey, Chris Christie, un antiguo aliado de Trump y hoy acérrimo adversario, los republicanos se han actuado como borregos al negarse a ponerle riendas. En buena medida porque desde 2024 la Corte Suprema le garantiza inmunidad al presidente por sus “actos oficiales”. Pero esa impunidad podría tener fecha de vencimiento electoral. Si en noviembre pierde la mayoría en la cámara baja, el impeachment dejará de ser fantasía opositora, aunque solo pueda producirse una condena y la destitución del presidente con dos tercios del Senado. Y si hay impeachment, la inmunidad enfrentará su prueba más difícil: ¿es una guerra de agresión no autorizada por el Congreso, como se establece en la Constitución, un acto oficial protegido? Trump sabe que tendrá que responder. De ahí, quizás, la prisa por declararse ganador antes de que esta guerra encuentre su archivo y pase al olvido. No lo ha conseguido con los papeles de Epstein. Quién sabe si lo logre con Irán.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.







































