Ir al contenido
suscríbete

Cuando la sociedad tolera el mal

Los políticos autoritarios como Trump apuestan por la apatía de quienes han decidido cerrar los ojos y pensar que todo pasará

Sr. García

En la Praga comunista, a mi padre le detuvieron en repetidas ocasiones, le encarcelaron y le torturaron por su actividad disidente. Mi madre sufría y en sus intentos de detener aquella dinámica hacía pequeños gestos para apaciguar las autoridades. Sus concesiones consistían, por ejemplo, en que, como la mayoría de la gente, durante las fiestas comunistas —el aniversario de la Revolución de Octubre, el Día del Trabajo y otras—, en las ventanas de nuestro piso de Praga colocaba...

Suscríbete para seguir leyendo

Lee sin límites

En la Praga comunista, a mi padre le detuvieron en repetidas ocasiones, le encarcelaron y le torturaron por su actividad disidente. Mi madre sufría y en sus intentos de detener aquella dinámica hacía pequeños gestos para apaciguar las autoridades. Sus concesiones consistían, por ejemplo, en que, como la mayoría de la gente, durante las fiestas comunistas —el aniversario de la Revolución de Octubre, el Día del Trabajo y otras—, en las ventanas de nuestro piso de Praga colocaba pequeñas banderas checoslovacas y soviéticas para que ondeasen juntas, aunque hacerlo no era estrictamente obligatorio, pero sí bien visto por el régimen.

Mis padres son un ejemplo de las dos actitudes que muestran los ciudadanos cuyo país se convierte en autoritario, dictatorial o totalitario: un pequeño grupo de personas se rebela y mantiene su postura contraria al régimen a pesar de las circunstancias (pueden ser frecuentes interrogatorios, amenazas, la cárcel y la tortura, como en caso de mi padre). La vasta mayoría de los ciudadanos opta por hacer concesiones al régimen (como mi madre), o por una colaboración en toda regla.

En mis años de estudiante en Estados Unidos, adonde mis padres acabaron huyendo con sus hijos adolescentes gracias sobre todo a la valentía de mi madre, pasé unos meses en Argentina que en aquel momento estaba bajo el régimen militar. Allí también pude observar un comportamiento similar al del totalitarismo de mi infancia. Vi una sociedad resignada, porque los disidentes estaban en la cárcel o en el exilio. En Buenos Aires se salía poco, los cafés estaban casi vacíos. La gente tenía poco dinero y mucho miedo. Sin embargo, algunas personas provenientes de distintos ámbitos profesionales me contaban que en un principio habían dado la bienvenida a los militares porque tras años de lucha guerrillera deseaban paz y seguridad. Y yo les preguntaba si era posible disfrutar de la paz en un régimen que controlaba y maltrataba a la sociedad. Cuando la junta argentina acabó echándome del país por haber puesto en duda la afirmación de un militar en una reunión de intérpretes del Mundial de fútbol, donde yo tenía que trabajar, me alegré porque como toda sociedad en tiempos de dictadura, la argentina era una comunidad ciega y ensimismada que cerraba los ojos ante una realidad de vidas violadas y martirizadas.

Años después entrevisté en Moscú a varias mujeres que en los tiempos de Stalin estuvieron condenadas al gulag. Me contaron que también en los campos de trabajo, en aquel microcosmos de una sociedad bajo la tiranía, existían aquellas dos actitudes esenciales: la de rebelarse y la de complacer. Algunas mujeres plantaban cara a los guardas y a los caudillos del campo a pesar de las consecuencias que podía traer su rebeldía: si no la muerte instantánea, al menos otro duro castigo. La mayoría de las mujeres, en su búsqueda de reposo, se mostraron obedientes. Curiosamente, sobrevivieron al gulag un mayor porcentaje de mujeres atrevidas que de presas pusilánimes. Y es que los guardas se reían del miedo grabado en un rostro, disfrutaban del pánico y castigaban a las pavorosas con un sadismo especial.

Algo parecido ocurría también en los campos de concentración nazi. La periodista checa Milena Jesenská, una mujer firme, intrépida e interiormente libre incluso como presa, solía rebelarse por medio de actos de desobediencia: llegaba tarde a los recuentos del campo de Ravensbrück, introducía flores silvestres en la oficina donde trabajaba, mandaba notas clandestinas a otras presas y escribía apuntes para el libro en que proyectaba dejar testimonio del horror. Sorprende que las guardias rara vez le llamaran la atención sobre ello. La explicación es sencilla: porque sabían que la prisionera checa no las temía. Las demás presas de su barracón de Ravensbrück adoraban a Milena por su actitud, pero en su mayoría no eran capaces de imitarla: el miedo a las consecuencias las paralizaba. Una de las pocas mujeres que paulatinamente fue aprendiendo la intrepidez de Milena fue su mejor amiga Margarete Buber-Neumann que sobrevivió al encarcelamiento en el gulag de Stalin y en el Ravensbrück nazi y pudo contar a la posteridad cómo la actitud que tolera la tiranía da alas al opresor.

Pero volvamos a Rusia, esta vez a la contemporánea, la que tiene a Putin por presidente y a Stalin por divinidad. Hace tres décadas, en Siberia existían planes para fundar museos dedicados al gulag. Recientemente la periodista ruso-estadounidense Masha Gessen viajó allí para investigar ese tema. Su guía fue Inna Gribánova, una antigua defensora de la memoria histórica. “Sin embargo,” me contó Gessen, “durante estas últimas décadas Inna se ha transformado: no fundó ningún museo, al contrario, ahora afirma que los testimonios del gulag exageraron los horrores vividos. Y para colmo, se ha convertido en una votante de Putin”. “¿Cómo se explica?” pregunté asombrada. “Se cansó de pertenecer a la minoría,” contestó Masha.

En Estados Unidos, adonde en las últimas tres décadas yo solía viajar por trabajo varias veces al año y adonde dejé de ir desde que empezó el segundo mandato de Trump, parte de la sociedad no quiere darse cuenta de lo que pasa. Cuando pregunto a mis amigos americanos por qué, aparte de las manifestaciones No More Kings, hay pocas reacciones a la paulatina destrucción de la democracia, contestan: “No actuamos porque estamos paralizados.” ¿Paralizados? “Sí, de tanto cambio brusco.” Los profesores de Ciencias Políticas de las universidades americanas me dicen: “Esto no puede durar.” Me quedo estupefacta: de modo que mientras las tropas armadas controlan las calles y los aeropuertos, mientras se producen redadas en las casas de los inmigrantes y de los opositores políticos y crece el número de grupos paramilitares leales a un solo hombre, gran parte de la sociedad estadounidense repite con resignación: “Esto pasará, esto no puede durar”.

Cuando en 1990 el disidente del totalitarismo comunista Václav Havel fue elegido presidente de la Checoslovaquia (y más tarde Chequia) democrática, en sus discursos alabó los actos de resistencia al régimen que llevaron a cabo individuos “sin poder” y culpó a la sociedad checa que con su pasividad y complacencia había permitido cuarenta años de tiranía. Una inacción parecida a la que se refirió Havel se ha apoderado de Estados Unidos. Pero cuando una sociedad se acostumbra a la violación de las leyes y se dedica a sus tareas cotidianas sin reflexionar, como si todo fuera normal, entontes se acerca el principio del fin.

La semana pasada me sobrecogieron las palabras que leí en un artículo del escritor Colm Tóibin, que vive en Nueva York: “Lo que le resulta extraño a uno que se encuentra en Estados Unidos en la era de Trump es lo corriente, lo normal que resulta todo, y cómo lo que era inimaginable hace apenas un año, de repente y de forma escandalosa ya no sorprende a nadie.”

Los políticos autoritarios apuestan por la apatía de la sociedad. Apoyados por los magnates de la tecnología, animan a la gente a dedicar largas horas al scrolling en redes sociales y a escuchar música estridente en los auriculares. Aspiran a que los ciudadanos se vuelvan sordos, ciegos y mansos mientras ellos, los autócratas, se apoderan del mundo.

Por eso, en vez de cerrar los ojos y dejarse ensordecer, las sociedades que están en peligro de caer bajo la autocracia deberían imaginarse cómo sería la vida dentro de cinco o diez años si permitieran el autoritarismo. El horror que verían debería obligar a cada individuo a desplegar todos los esfuerzos posibles para impedir que lo imaginado se haga realidad.

Archivado En