Contra los pomposos
A Europa le falta un punto de inmadurez, a la manera de Gombrowicz, para pelear contra la grandilocuencia de Trump
Witold Gombrowicz ha regresado hace un par de meses a las librerías españolas de la mano de Mercedes Halfon, quien recrea los días argentinos del escritor polaco ...
Witold Gombrowicz ha regresado hace un par de meses a las librerías españolas de la mano de Mercedes Halfon, quien recrea los días argentinos del escritor polaco en Extranjero en todas partes (Anagrama). Witoldo, como lo llamaban allí, llegó a Buenos Aires a bordo del Chokry, un crucero de lujo que había zarpado de Polonia y que llevó, invitados por la compañía, a diplomáticos, empresarios, políticos y algunos escritores a realizar su primer trayecto. En Europa se estaban entonces poniendo las cosas feas y Gombrowicz decidió no volver; a los pocos días empezó la Segunda Guerra Mundial. El escritor había publicado ya cuentos, alguna obra de teatro y una novela, Ferdydurke. Es una suerte de sátira heterodoxa, con “el tono altisonante y cómico del teatro de marionetas” —dice Halfon—, en la que pone de valor la inmadurez (lo que está por hacerse, y fluye) frente a la madurez (lo que ha alcanzado ya una fijeza). Y de eso trata siempre su literatura, de lo que escapa a la Forma, de lo que se cuela por los intersticios del sistema y se niega a ser clasificado.
Gombrowicz se quedó en Argentina 24 años, no regresó a Europa hasta 1963. A su llegada no tenía un duro y era un don nadie. “Vida bohemia, pobreza, enfermedad”, así define Halfon sus primeros años. No tiene donde caerse muerto, y aún así se muestra altivo y desafiante. Sobrevive con algunas ayudas, escribiendo notas para distintas publicaciones, dando charlas a un grupo de amigas por un poco de dinero. Tenía poco más 30 años y empieza a frecuentar a jóvenes que conoce en las plazas, en los bares, en las calles; su vida erótica es intensa. De vez en cuando termina en una comisaría. Hace amigos, juega al ajedrez en un local al que acude cada día. En 1943 pasa una temporada durmiendo sobre papeles de periódicos en una casucha de Morón, en la provincia de Buenos Aires.
Le arreglan una cena con Silvina Ocampo, Bioy Casares y Borges, quienes marcaban los derroteros de la cultura argentina de aquellos años a través de la revista Sur. No conecta con ellos. A Witoldo le gustaba la oscuridad con sus muchachos de Retiro; a ellos, las luces de París. Se embarca en una traducción colectiva al español de Ferdydurke, en la que participaron hasta 10 escritores y que no llega a mucha gente cuando se publica. Tiene que ponerse a trabajar en 1948 en una oficina del Banco Polaco, donde está hasta 1955. Unos años antes ha empezado a publicar su Diario en una revista europea, es el camino hacia el reconocimiento; un tiempo después su nombre está ya en la listas para el premio Nobel.
Escribe mucho en Argentina, y no deja nunca de ser un provocador. Abomina de lo pomposo, ese punto en el que caen quienes están demasiado convencidos de lo suyo, de su superioridad moral, y se adornan con una retórica grandilocuente: los monárquicos, los nacionalistas, los católicos, los comunistas, etcétera. Su Diario está lleno de humor, de una inteligencia feroz, de ganas de distraerse en cualquier rincón y de azotar todas las convenciones y los mitos. El libro de Mercedes Halfon es una maravillosa herramienta para conectar de nuevo a través de Gombrowicz a la vieja Europa con la joven Latinoamérica. Y puede ser un eficaz antídoto contra la recurrente tentación que tiene la Unión Europea por ser también pomposa y emborracharse con sus valores. Todos estos solo van a servir si no se encapsulan en una Forma y pelean para frenar las dinámicas que hoy quiere imponer el pomposo mayor, Donald Trump.