Roberto Velasco a escena: moverse lo justo
Al nuevo canciller se le enjuicia por ser joven. El coloquialismo mexicano lo denomina jovenear. Altanería sencilla que lo tacha de inexperto. Cuesta trabajo reconocer que merezca semejante desmerecimiento


Desde que Claudia Sheinbaum llegó al poder, nada ha cambiado más que el mundo de allá afuera. Las guerras se han transformado. Las cadenas de suministro estirado. Las alianzas reordenado y los vecinos—otrora amigos—ya no lo son tanto. Se han vuelto inciertos. Distantes. Nada permanece del 2024. Nada es igual a lo que existió un año después. Con ese telón de fondo, lo raro era que nada se moviera en México. En ese nuevo contexto, ciertos perfiles expiraron. Dejaron de alcanzar. Figuras que en otro momento fueron idóneas terminaron cortas para la amenaza actual.
En su momento —diciembre 2023—, Juan Ramón de la Fuente ayudó a Claudia Sheinbaum a proyectar una buena imagen en campaña. Dirigió los Diálogos por la Transformación y encauzó una transición ordenada. Sin embargo, sus límites eran claros y conocidos por cualquiera que siguiera de cerca los rumores, tensiones y desencuentros en el piso 22 de la Secretaría de Relaciones Exteriores.
No me malinterpreten. Su dolor de espalda es real. Tan real como que De la Fuente nunca asumió el control del aparato diplomático desde Cancillería. Sabrá él —y otros cuantos— si aquello fue volitivo o competencial. No pudo o no quiso.
El médico psiquiatra, diplomático, investigador mexicano pertenecía a otra época. Un periodo que ya no existe y que se tomaba la cortesía de ir despacio. A quien fuera representante permanente de México ante la ONU le sobraba discurso y le faltaba pulso. Se excedía en símbolos y cojeaba en la operación.
Nadie extrañará al exrector en el Edificio Juárez. Tampoco la presidenta.
Que se recupere pronto mientras permite al país avanzar. La historia —con hache pequeña— ya le guarda un lugar.
El reemplazo de De la Fuente estaba cantado. El nombramiento no levantó una sola ceja: Roberto Velasco Álvarez entró de relevo. Treinta y ocho años.
A Velasco se le enjuicia por ser joven. El coloquialismo mexicano lo denomina jovenear. Altanería sencilla que lo tacha de inexperto. Cuesta trabajo reconocer que Velasco merezca semejante desmerecimiento.
El caso de Velasco encuentra precedentes. Bernardo Sepúlveda Amor llegó con apenas 41 años a la Secretaría de Relaciones Exteriores; más cerca de nuestro tiempo, Claudia Ruiz Massieu lo hizo con 42 y José Antonio Meade con 43. Aun así, es cierto que la norma ha sido otra: la mayoría de quienes han ocupado la Cancillería han oscilado entre los 45 y los 60 años. Velasco es, en ese sentido, el canciller más joven en la historia de México.
Sin embargo, más que anomalía, la de Velasco apunta a una señal: hay un ajuste en la marcha.
Velasco es la cara de una generación que ya no espera paciente su turno y comienza a ocupar posiciones centrales en los gobiernos de la Cuarta Transformación. Mire usted a Luisa María Alcalde, que en el sexenio anterior asumió la Secretaría de Gobernación con 35 años. Recuerde usted a Marath Bolaños, que hizo lo propio en la Secretaría del Trabajo con 36 y que permanece en el cargo. A esa misma lógica responde el ascenso de perfiles como Citlalli Hernández, formados políticamente en el propio movimiento.
Perfiles todos forjados al calor del obradorismo: trayectorias más breves, sí, pero con una ventaja decisiva —cercanía política, lealtad, sintonía fina con el proyecto.
Velasco, a decir verdad, no encaja del todo en ese molde. No es un cuadro formado dentro del circuito político de la Cuarta Transformación. Su trayectoria ha sido distinta. Comenzó su marcha inicial de la mano de Convergencia —hoy Movimiento Ciudadano— y desde ahí dio el salto a la Cancillería de Marcelo Ebrard, durante años su sostén político más firme.
Ahí fue en donde Velasco terminó de cuajar. No en la plaza ni en la militancia: en la cocina de la relación con Estados Unidos. En el lugar donde suceden las cosas. Roberto Velasco es producto vivo del aparato. Un hombre de oficio forjado al calor de las llamadas a deshoras y la más refinada negociación.
Quienes lo conocen repiten lo mismo: disciplina, negociación sin estridencias, aptitud para destrabar. Entendió pronto cómo sí y cómo no.
En los seis años que lleva ascendiendo en los recovecos de la Cancillería, Velasco edificó algo que no puede leerse en su currículo. Construyó interlocución. En Washington, pero también —y, sobre todo— en México. Dejó de ser un cuadro cercano a Ebrard para convertirse en un operador con canales propios. Ganó confianza —primero del presidente López Obrador, luego de Sheinbaum— y se volvió una pieza constante en un tablero donde pocas lo son. En ese solitario diagrama de Venn no hay muchos como él.
Por eso su nombramiento tiene algo de meritorio y algo de inevitable. En muchas de las fotografías clave de los últimos años —reuniones, llamadas, negociaciones— Velasco ya merodeaba. Échenle un vistazo a la hemeroteca. Velasco era, de facto, un canciller en funciones.
Hay, además —y para ir terminando—, un elemento que no conviene subestimar: la concentración de poder. Con Velasco, la Cancillería y la interlocución directa con Washington se alinearán en una misma figura. Dos espacios que tradicionalmente operaban con cierta autonomía ahora convergerán. Sheinbaum no quiere disonancias en la relación más importante del país.
Acaso por eso el nombramiento ha tranquilizado a todos los sectores. Velasco es visto como un perfil predecible, disciplinado y pragmático. En un entorno marcado por la incertidumbre, esa previsibilidad cuenta.
La llegada de Velasco deja claro que la política exterior no será un espacio de experimentación. Será contención y control fino en una relación cada vez más volátil.
Velasco llega para eso. Más que para redefinir el rumbo, para garantizar que no se desvíe.
Afuera, mientras el mundo sigue cambiando de forma, la apuesta de Sheinbaum es moverse apenas lo justo.
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