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Relaciones bilaterales
Columna
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Respeto: la gran enseñanza de Sheinbaum a Trump

La presión de la Casa Blanca a la presidenta mexicana se ha vuelto obscena en la última semana

A menos de dos semanas de la operación militar estadounidense que contraviniendo las leyes extrajo de Caracas a Nicolás Maduro para presentarlo en una Corte de Nueva York, la presión de la Casa Blanca en contra de la presidenta Claudia Sheinbaum se ha vuelto obscena.

Washington no ha defraudado los más sombríos pronósticos para la región luego de que el dictador Maduro fue raptado, junto con su esposa, por fuerzas estadounidenses. La mira de Donald Trump se ha fijado en el barrio latinoamericano sin remedio y sin pudor.

Desde ese operativo del 3 de enero había dudas sobre los tiempos y los modos, mas no de las intenciones de quien busca renovar la Doctrina Monroe. Por razones distintas, países como Cuba, Colombia y México, tenían en el norte nuevos motivos de preocupación.

Al correr de los días se han acumulado declaraciones y comunicados formales donde el Gobierno estadounidense descuenta que nada de lo logrado en 2025 entre Trump y Claudia Sheinbaum es suficiente, que la estrategia de “la cabeza fría” de la segunda estaría dando de sí.

La presidenta es exigida con algo no solo imposible sino insensato. La Casa Blanca pretende atacar a los cárteles en suelo mexicano para obtener productos telegénicos que reditúen a Trump bonos electorales en casa, sin calcular daños colaterales de pronóstico reservado.

Por décadas Estados Unidos ha sido incapaz de entender que el problema del narcotráfico es suyo, y no solo por ser un gigantesco mercado. Y que países como México ponen demasiados muertos por esa demanda en EE. UU. y por la fallida forma de enfrentar el problema.

Si eso era cierto antes de Trump, no lo es menos desde hace un año, cuando el 20 de enero regresó a la Casa Blanca en parte gracias al discurso de que el Tío Sam se haría cargo de los cárteles de la droga que envenenan a sus ciudadanos, particularmente con fentanilo.

En cada llamada telefónica entre Trump y la presidenta Sheinbaum, que ya van rumbo a la veintena, aquel le ha pedido que agentes y/o soldados de la Unión Americana operen en suelo mexicano en incursiones contra los narcotraficantes. No, se le responde siempre.

La petición violenta no solo el carácter nacionalista de la presidenta, sin obviar el marco legal en el que esas hipotéticas operaciones tendrían que ocurrir luego de que Morena ha hecho más restrictivo tal escenario, sino que desdeña el empeño y los resultados de Claudia.

Trump es mala paga. En un año, ha tenido muestras de sobra del pragmatismo de Sheinbaum para encontrar esquemas de cooperación en seguridad, en los que el input, por usar un término anglosajón, del gobierno de Trump ha sido creciente y hasta abiertamente bienvenido.

Por si hiciera falta recordarlo, además de abrir canales de cooperación en términos de inteligencia y de relanzar un diálogo con el embajador de Washington luego de que el anterior representante fue congelado, la presidenta entregó 55 detenidos mexicanos a agencias de EE. UU..

Todo esfuerzo luce insuficiente para contener a una Administración extasiada con el éxito de su operación en contra de Maduro. Pierden de vista —por ceguera de taller, desconocimiento o simple petulancia— que no hay paralelo posible entre México y Venezuela.

México tiene una presidenta popular que mes a mes desde octubre de 2024 ha dado muestras de poseer clara conciencia del reto que supone el poderío que alcanzaron distintos grupos delincuenciales a lo largo y ancho del país, y de la urgencia de atacarlos eficazmente.

Maduro era parte de la inestabilidad; Sheinbaum es un gran activo de cara a que México recupere territorios y someta a criminales de distinta índole. Si no fuera por sí misma majadera la idea de querer invadir competencias, habría que denunciar su irracionalidad.

Estados Unidos presiona a quien podría ser su mejor aliada. A una que, hay que repetirlo, ha dado resultados al cooperar en temas migratorios y al no rehuir negociaciones y ajuste de pendientes en otros aspectos de la relación bilateral, desde agua hasta el TMEC.

Para Estados Unidos hay algo peor que un vecino con problemas para contener y extinguir la capacidad de los criminales de hacer daño en casa y en otras naciones, y eso peor es socavar la autoridad de la mandataria que ya está en esa tarea y que es reconocida por ello.

El mero hecho de pretender orillar a Sheinbaum a lo inaceptable para todo mandatario mexicano, máxime para una que encabeza un Gobierno de discurso patriótico y antiintervencionista no visto en décadas, es un bazucazo al supuesto objetivo de combatir el fentanilo.

Si para obtener una nueva demostración de su desbordado poderío actúan unilateralmente, los trumpistas pondrán a la presidenta en una situación insostenible para la cooperación: en México no hay Delcy Rodríguez ni nada parecido.

La presidenta Sheinbaum no precisa de informes foráneos ni consejos extranjeros para calibrar que la delincuencia antes de octubre de 2024 había llegado a niveles insostenibles para la paz y la tranquilidad de las familias mexicanas. Tampoco necesita narcolistas de políticos.

Y si bien es aceptable que la presidenta acusaba falta de contundencia al atender legítimos reclamos de investigar y proceder en contra de las autoridades y los factores de poder que hayan colaborado para, o sido omisos con, el desbordamiento criminal, no puede ser eso un pretexto intervencionista de quienes, como bien dice la propia mandataria mexicana, tienen sus propios pendientes, y no menores, en casa.

Claudia ha hecho este viernes, luego de que en la víspera la Casa Blanca manifestase una teatral impaciencia con el ritmo de los avances en asegurar la frontera, que demanda a EE. UU. una relación bilateral de “respeto mutuo y responsabilidad compartida”.

La jefa del Estado mexicano ha sido contundente. La presión no le ha llevado a perder el tono pero tampoco a cortarse de decirle verdades a Washington: “Allá también hay distribución de drogas, allá también hay lavado de dinero”, recetó Sheinbaum ayer en el Estado de México.

Imposible predecir ningún escenario sobre el siguiente paso de la Administración Trump con respecto a los cárteles de las drogas asentados en México. Seguro es, en cambio, apuntar que la presidenta no va a claudicar en el rechazo al intervencionismo.

Respeto no es un término que parezca enlistarse en el argot del trumpismo. Su voracidad con respecto a los recursos de Venezuela es una muestra más. Tampoco ha dado prendas de que busca contribuir a la democracia o a la autodeterminación de los pueblos.

Y de proseguir la Casa Blanca su intentona de forzar un envío de agentes a México demostrará que la seguridad es algo que tampoco no les motiva. Desde 2006 la nación mexicana sabe que al desatar nuevas pugnas, pegarle al avispero es garantía de todo menos de paz.

Porque a final de cuentas, y como se demostró en la no del todo aclarada extracción de Ismael Mayo Zambada en el verano de 2024, entregado por otro cartel a EE. UU., un golpe a un grupo no se traduce en mayor seguridad: Sinaloa lleva en baño de sangre desde entonces.

La sociedad mexicana debe hacer fuerte a la presidenta que se ha ganado el derecho a que se confíe en que quiere combatir a los criminales. Ella ha de actuar más rápido en contra de quienes les permitieron actuar. Pero todo ha de ser entre y por los mexicanos.

Si ocurre lo impensable, si los peores traumas de la nación que tiene a flor de piel la impunidad de ataques de un vecino con poder asimétrico, el robo de cuantiosos territorios y la insidia de EE. UU. que motivó y premió a traidores, Claudia no será reclamada.

Ella ha sido digna en la defensa de los principios soberanos y estratégica en las negociaciones. No va a descender a lo indigno. Ello incluye exigir en todo momento respeto y fin a la hipocresía de quienes, allende el Bravo, no reconocen sus responsabilidades.

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Sobre la firma

Salvador Camarena
Periodista y analista político. Ha sido editor, corresponsal y director de periodistas de investigación. Conduce programas de radio y es guionista de podcasts. Columnista hace más de quince años en EL PAÍS y en medios mexicanos.
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