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Gordofobia
Tribuna
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Anatomía de la gordofobia

Los desafortunados comentarios sobre la actriz Michelle Rodríguez muestran un debate atravesado por el género, el racismo y las muy problemáticas exigencias que el mercado exige a las actrices

La actriz Michelle Rodríguez durante una obra de teatro, en diciembre de 2021.
La actriz Michelle Rodríguez durante una obra de teatro, en diciembre de 2021.Edgar Negrete Lira (CUARTOSCURO)
Brenda Lozano

La actriz mexicana Michelle Rodríguez es portada de la más reciente edición de la revista de modas Marie Claire, con un mensaje de amor propio y una sesión de fotos espectacular. Mucha gente celebró y elogió a la actriz, sin embargo, en redes sociales una gran cantidad de gente comentó negativa y violentamente su físico. Ella publicó un video en respuesta en el que decía: “La gordofobia es algo que existe y que en nuestro país no tenemos ni mínimamente platicado. Aprovecho para hablar de esto porque así como hubo mucha gente tomándose el tiempo para hacer comentarios positivos, hubo mucha gente tomándose el tiempo de tener grandes discusiones en donde demeritan el trabajo de todo el equipo [de la revista] y se refieren a mi persona con adjetivos muy feos. Dicen que no me veo bien y que estoy gorda y que esto no debe pasar, que estamos romantizando la obesidad, que qué asco, que porque yo estoy en una revista así si me veo como me veo.” La desafortunada situación que le ha tocado experimentar a Michelle Rodríguez disecciona de cerca la anatomía de la gordofobia, cómo está cruzada por el género, el racismo y, en este caso en particular, con las muy problemáticas exigencias que el mercado exige a las actrices.

Empecemos por el plano general antes de ir a lo particular. La gordofobia es la discriminación, los comentarios negativos, las burlas, el bullying y la violencia que alguien recibe por tener un cuerpo grande. Un cuerpo gordo tendríamos que decir sin que sonara despectivo. Hay muchas formas de nombrarlo, como curvy, talla grande, XL, pero la palabra gorda es la más común. Y como la moneda de uso diario que revela el valor que tiene: una palabra cargada de connotaciones negativas, como cuando se dice coloquialmente “me cae gorda Fulana de Tal”. La sola palabra “gorda” es ya en sí un insulto. La gordofobia es también, desde luego, un fenómeno que mucho tiene que ver con el contexto social, patriarcal y económico que suscita el odio y la fobia en contra de los cuerpos que no forman parte de la norma ni los cánones de belleza. Hasta aquí, la gordofobia no se trata de un problema exclusivo de género, sin embargo, empeora cuando está cruzado por el género. Porque ¿quién recibe más comentarios de lo que debe hacer con su cuerpo en un territorio en el que las mujeres aún no somos capaces de decidir libremente sobre nuestros cuerpos? Donde el aborto no está despenalizado en todo el país. Una mujer recibirá necesariamente más comentarios en este contexto sobre lo que debe o no debe hacer con su cuerpo porque género y gordofobia se agudizan, son parte del mismo problema. Por ejemplo, de cada 10 casos de bulimia y anorexia, 9 los padecen mujeres, lo que muestra un ejemplo de cómo la gordofobia es peor cuando se cruza con el género. El caso de Michelle Rodríguez tiene todos estos pliegues, una mujer gorda, morena en un país racista que además es actriz y se atreve a posar en top en la portada de una revista. Cuidado con el internet porque anda roto.

Vamos al tema de las actrices. Todo lo que se les exige: deben ser guapas, deben ser siempre jóvenes porque si pasan de los 35-40 años ¿qué papeles les esperan? Si quieren ser protagonistas lo más común es que sean jóvenes, bellas siguiendo los estándares patriarcales que parecieran las especificaciones de un café de Starbucks cada vez más imposibles, cada vez más alejadas de lo que es un cafecito por la mañana, como ese que se puede tomar aquí, allá o en todas partes. ¿Qué papeles puede aspirar una actriz que tiene entre 40 y 50 años? ¿Ser la mamá de la joven protagonista? Y en tiempos en los que se le exige a la ficción que sea lo más parecida a la realidad para ser válida, peor. Porque entonces una actriz tiene que ser lo más parecido al papel que interpreta, no hay lugar para que actúe de algo que no es. En otras palabras, hay menos espacio para la ficción, para el arte que supone actuar, y tiene más avidez de realidad. El mercado y las plataformas exigen lo mismo que el patriarcado: actrices guapas, flacas, blancas, y que no sean lesbianas, ni lo mande Dios. El caso de Michelle Rodríguez muestra las capas del asunto con toda su complejidad: una persona que –ah, caray, a quién se le ocurre nacer– es mujer; seguido de una mujer que es gorda –¿qué? ¿no será que está romantizando la obesidad por tener el cuerpo que tiene? Oye, ¿y no estará enferma?–; que además de ser una mujer es gorda y es morena –¿pero cómo llegó hasta ahí a los escenarios, a las pantallas con ese apellido tan común? Bueno, ya ni modo, ¿y qué papeles puede hacer teniendo la edad que tiene, siendo gorda y morena?—; y como cereza en un pastel de demasiadas calorías, esa tragedia de las tragedias para las mujeres, es comediante– ¡no, bueno, cómo nos quiere hacer reír!–. Y para empeorarlo todo aparece en ropa interior en una revista de modas. Agárrense para seguir.

El problema de la gordofobia cruzado con el género es muy grande porque está en todas partes. En las tiendas de ropa, por ejemplo. En las llamadas tallas plus en las tiendas de ropa de gran producción y costo accesible como Zara y H&M (en las de alta costura ni se diga, no suelen figurar en pasarelas ni en sus líneas). La ropa plus suele ser una réplica de las tallas estándar y muchas veces esas versiones ampliadas quizás no lucen bien, no se ven igual de sexies o parecieran telas sobradas más que un modelo pensado para los cuerpos que no son parte de esa norma. En Instagram, por ejemplo, lo vemos todo el tiempo. Hace unos años, Facebook, dueña de la app, se deshizo de algunos filtros que dañaban la salud mental. Simulaban cirugías o tratamientos estéticos, como los filtros que desaparecen arrugas, ensanchan los labios, refinan la nariz, blanquean la piel, etcétera. Con filtros y sin filtros, los posteos más comunes son las selfies. Y ya desde 2017, un estudio de la Royal Society, señalaba que Instagram es una de las redes sociales que peor impacto tiene en la salud mental. Ese lugar virtual –por suerte no utópico– en el que todos y todas son felices, guapos, flacas, fuertes y todos están haciendo algo que quisiéramos estar haciendo. Ahí estamos mirándolos con la pantalla iluminándonos la cara, likeando todo lo que no somos cuando se nos resbala el teléfono en la cara. Estos factores en el contexto hacen más delicada la gordofobia porque agudizan las repercusiones en la salud mental de los cuerpos no normados. Michelle Rodríguez menciona en su respuesta a los ataques que provocan que muchas personas pierdan la vida por una situación como la que le tocó a ella. No le falta razón, la tercera causa de muerte entre menores y jóvenes (de entre 10 y 24 años, de acuerdo al Inegi), es el suicidio. Los ataques en redes sociales tienen un papel muy importante en este sentido.

Como mujeres crecemos escuchando comentarios sobre nuestros cuerpos. Todo el tiempo. Que si estás demasiado gorda, que si estás demasiado flaca, que si estás demasiado chaparra, que si estás demasiado mayor para hacer esto o aquello. Demasiado algo siempre. Para la edad de seis años, una niña ya sabe que debe ser flaca y sabe que está mal ser diferente a la norma. Una portada como la de Michelle Rodríguez para la revista Marie Claire no solo es un ejemplo para las niñas que ojalá la vean en la fila del supermercado, en los puestos de revistas o en casa y puedan soñar que sus cuerpos, sean como sean, son capaces de ser amados, admirados y deseados.

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