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Mëtëk. ¿La Conquista de México como mal necesario?

La violencia derivada del establecimiento del orden colonial no es un precio ineludible que debió pagarse para realizar intercambios culturales, no es una condición ‘sine qua non’

Danzantes participan en una ceremonia el 17 de mayo en el Zócalo de Ciudad de México.
Danzantes participan en una ceremonia el 17 de mayo en el Zócalo de Ciudad de México.Carlos Ramirez / EFE

En la Ciudad de México, en la Plaza de las Tres Culturas ubicada en Tlatelolco, una placa conmemorativa apunta lo siguiente sobre la caída de Tenochtitlán hace ya casi 500 años: “No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo, que es el México de hoy”. Resulta interesante la elección de las palabras y las conclusiones que se pueden derivar de lo plasmado en esas frases. El mestizaje sobre el que se basa el México actual, si bien implicó dolor, “no fue triunfo ni derrota”, nos recuerdan estas palabras, fue más bien un nacimiento, después de todo. ¿Qué nació entonces? Resulta interesante que se fije en ese momento, 300 años del surgimiento del Estado mexicano, el comienzo de algo que después se llamaría México, con una fronteras definidas que delimitan la silueta de su mapa.

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Narrar que el proceso de Conquista, si bien fue doloroso y violento, al final resultó un mal necesario para crear el México actual es uno de los artilugios narrativos más socorridos cuando se habla de los hechos que sucedieron hace 500 años. Dentro de este marco, el establecimiento del orden colonial se narra como un destino ineludible que, como sea que haya sido, se cristalizó con el tiempo en una cultura híbrida que tomó lo mejor de dos mundos y devino en el país actual. La Independencia de México puede exaltarse como un nuevo inicio glorioso pues su lugar en la historia oficial tiene sentido en medida que pone fin a la época colonial. A pesar de los efectos terribles que tuvo en la población nativa, el colonialismo europeo en estos territorios quedan justificados a la luz de la existencia actual del Estado mexicano y la nación mestiza que se ha proyectado para ella: sin la llegada de los españoles no se habría formado la apreciada mezcla que constituye el país actual.

Renegar entonces de esos hechos implica renegar también de elementos culturales que se han vuelto tan característicos y apreciados de la llamada cultura mexicana y que se exaltan continuamente: la mezcla de los elementos culinarios dio pie a platillos tan exquisitos y característicos como el chile en nogada, las mezclas de las tradiciones y elementos textiles han dado pie a la diversidad de los trajes tradicionales de muchos pueblos indígenas, las fiestas populares como el Día de Muertos toman elementos prehispánicos y europeos para mostrar su característico colorido y, desde este punto de vista, básicamente cualquier elemento cultural del que los mexicanos deben sentirse orgullosos, está potenciado por la mezcla de dos mundos. Algo semejante se argumenta también con las personas de este país que son narradas como apreciadas mezclas entre la mezcla de personas de origen europeo y personas nativas desde hace quinientos años. ¿Por qué habríamos de lamentarnos de lo ocurrido hace 500 años si la población mexicana es justo el resultado de la mezcla de europeos e indígenas?

Por más atractivas u obvias que estas ideas pueden parecer, un acercamiento nos muestra varios problemas. Por un lado, como tradicionalmente ha hecho el discurso que exalta el mestizaje, focaliza la existencia de dos elementos en la tan apreciada mezcla nacionalista: el componente europeo y el componente indígena. La importancia de la población afrodescendiente y todos los elementos culturales que han aportado a las tradiciones culturales de estos territorios quedan opacados en la creación del mestizaje mexicano. Algo similar sucede con la influencia de la población oriental que ha jugado un papel fundamental en distintas manifestaciones de lo que ahora se llama cultura mexicana. Como efecto paralelo, al focalizar solo dos elementos activas de la mezcla, la diversidad y los contrastes detrás de la categoría indígena quedan borrados. La oposición binaria no evidencia las diferencias de un lado y del otro, las difumina.

Las manifestaciones culturales en este país no se explican solo por la mezcla de las culturas de dos, y solo dos, poblaciones, hay más elementos y es necesario nombrarlos para tratar de construir una narración que haga un poco de justicia a otras poblaciones que forman parte fundamental de la diversidad cultural en estos territorios. Por otro lado, aunque parezca evidente, es necesario señalar que los intercambios de elementos culturales constituyen una característica que se encuentra a lo largo de la historia en muy diversas culturas sin la necesidad de ejercer violencia. La violencia derivada del establecimiento del orden colonial y de aquello que hoy llamamos la Conquista de México no es un precio ineludible que debió pagarse para realizar intercambios culturales, no es una condición sine qua non ni un requisito indispensable para disfrutar de influencias y mezclas culturales. Tan es así que las sociedades indoamericanas no tuvieron que conquistar Europa para que la población de este continente pudiera disfrutar de imbricaciones culturales e intercambios de tradiciones alimentarias o textiles, por mencionar algunos ejemplos.

En cuanto a la población categorizada como mestiza las cosas se complican un poco más. A estas alturas, la idea del mestizaje como una mezcla genética es insostenible pues genéticamente todas las personas del mundo somos productos de mezclas genéticas, incluyendo a la población indígena. Si “mestizo” fueron una categoría genética, no podría sostenerse la idea de México como pueblo mestizo pues mestiza sería toda la población mundial. Como lo explica Federico Navarrete en su libro México racista. Una denuncia, no es que la población europea y la población mestiza se hayan reproducido masivamente durante los 300 años de la Colonia. Pocas veces sucede que los segmentos de la población más privilegiados, los criollos blancos, deciden formar unidades familiares o reproducirse con personas que pertenecen a segmentos de la población oprimidos y discriminados, eso no es muy común ni siquiera en la actualidad. Después de la Independencia, tampoco podemos decir que se hayan masificado uniones de ese tipo; en el mismo libro Navarrete habla de cómo las estadísticas reportaban que al final del siglo XIX las uniones formales o informales de parejas entre personas criollas e indígenas era más bien escasa.

Si esto es así ¿a quiénes llamamos pueblo mestizo? ¿a quiénes hace referencia la placa conmemorativa en Tlatelolco? En realidad, la ahora gran mayoría mestiza es población desindigenizada, población indígena a la que se le ha arrebatado la lengua y la identificación con un pueblo nativo específico, por medio de múltiples mecanismos como el racismo sistémico o la escolarización que, con el paso del tiempo, los fue adscribiendo a una nueva identidad llamada “cultura mexicana”, una creación narrativa nacionalista. Con estas consideraciones, la justificación que narra lo sucedido hace 500 años como un mal necesario para el nacimiento del pueblo mestizo parece vaciarse: nada de lo que pasó entonces forma parte de un destino manifiesto, nada de lo que pasó entonces, ninguna de las violencias, alcanza para justificar la creación del Estado mexicano, que ha sido en muchos aspectos, la continuación del proyecto criollo que comenzó a germinar hace 500 años.

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